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ARTICULO

8 de julio de 2004

Arsenal Verbal
El poder de la palabra se instala con peligro en plena era cibernética.

Tajamar, Huatica, Colonial, México, Floral, Hotel San Pablo y Trocadero. Nombres de los burdeles que surgieron y se sucedieron en Lima en más de 100 años y que con deliberada intención dan nombre a las secciones de la última entrega del popular "Goyo": "Libro de los Espejos. 7 Ensayos a Filo de Catre", donde recrea y revisa con fruición verbal personajes y eventos universales y locales que -en suma- nos muestran una particular historia de la cultura, las ideas y la libido. Aquí un adelanto exclusivo: el texto "Palabra & Obra".

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Escribe GREGORIO MARTINEZ

DICEN que las palabras se las lleva el viento. Falso. Cada palabra que aflora de tus labios carnales, rellenos de colágeno, se queda, luego, vagando en el espacio etéreo. Jamás perecerá. Sólo falta el artificio similar al radio, al televisor o al teléfono celular para recapturarla viva. Muchos afirman que las palabras no matan. Sobre todo las palabras escritas porque son, a duras penas, tigres de papel. Mentira, sí matan. No sólo matan, también torturan y enloquecen.

¿Sabes lo que es el sistema de intercepción auditiva Echelon, controlado por la National Security Agency de los Estados Unidos? ¿Has oído hablar del artilugio electrónico Carnivore que el FBI ha infiltrado en Internet? Para recapturar la palabra volante, todo depende de un mecanismo que revienta si alguien activa la clave de su revelación. Eso sí, ni el emisor ni el receptor poseen el control de las consecuencias una vez que se abre la flor. En este aspecto impera un apretado y denso misterio que sólo Hermes Trismegistus pudo entrever. El insulto es apenas una leve muestra del potencial de la palabra. Todas las comunidades lingüísticas poseen insultos y diatribas, todo un arsenal. Dichos recursos de la lengua están conformados por un mecanismo perfecto para golpear la mente y en definitiva el cuerpo. El lexicógrafo Norman Lewis, autor de El poder de la palabra, incluye en su obra un capítulo titulado: "Cómo insultar a tus enemigos". Por otro lado, en la lengua de los quechuas los insultos constituyen verdaderos trabajos de orfebrería verbal y sus efectos pueden convertir a la víctima en un paria.

Antes de convertirse en estereotipo idiomático, el insulto fulminó a muchos. Luego, una vez gramaticalizado, civilizado, solamente mortifica, ofende, tortura. ¿Cuánta gente muere de súbito con eso que antes se llamaba colerina? La ciencia médica no lo niega, aunque diga que en verdad se trata de un derrame cerebral, una embolia, un paro cardíaco, la ruptura de la vesícula biliar, un aneurisma, pero provocados en cada caso por el golpe de un mecanismo verbal.

Cuando alguien recibe un golpe bajo, en las meras partes íntimas, lo primero que se le recomienda, para aliviar el dolor, es orinar. Esto en diferentes culturas. Exactamente lo mismo se receta, con premura, en algunos pueblos, frente a una agresión verbal: orinar. Esto porque en los casos límites de una fuerte impresión, el propio organismo ordena el desfogue, el alivio. ¿Qué mejor manera de hacerlo que a través del agua? Orines, sudor, moco, babas, lágrimas.

Otros, por ejemplo los peruanos de Trujillo o de Piura, herederos de mochicas y tallanes, logran hacerlo en seco. Quizás porque son gente de los médanos, habitantes del desierto que necesitan mantener los fluidos en el organismo. Ellos sacan el chucaque o bochorno, el malestar difuso, mediante el tronido de las vértebras cervicales, unas veces ladeando la quijada a izquierda y derecha, otras veces con un jalón preciso de un mechón en el punto de la coronilla. Trac. Este mismo saber de aldea, ahora revestido de ciencia cosmopolita, es la panacea del alivio que ofrecen en las metrópolis los autonombrados quiroprácticos.

Claro que un Nietzsche o un José María Arguedas, filósofo y novelista, ambos autores intensos, estaban en ventaja para construir mecanismos verbales de profundas consecuencias, pero cualquier persona común y corriente, sin cultivo literario o científico, también puede lograrlo. Esto porque todavía la parte instintiva del lenguaje es muy fuerte en el ser humano. Bien lo dice, aunque sospechosamente, The Language Instinct del psicolingüista Steven Pinker. (...)

 
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Sí, por lo mismo que torturan y enloquecen, las palabras también matan. Salvo que nadie sabe en qué consiste ese mecanismo. Sospechas, por supuesto, abundan. Se sabe que muchos sociolingüistas, psicolingüistas y sociobiólogos, embarcados en investigaciones sobre inteligencia artificial, han caminado sobre terreno minado, auspiciados de modo directo o indirecto por fondos cuantiosos del Pentágono. Fue el propio senador William Fulbright, el mismo de las prestigiosas becas, quien dio la voz de alerta en su obra The Pentagon Propaganda Machine.

Aún no sabemos qué verdad histórica oculta la cultura occidental detrás del extendido mito sobre los cantos de sirena. Desde Ulises, en la antigua Grecia, hasta los pescadores del puerto de Chimbote, creen en las visiones de una mujer con cuerpo de corvina. Pero realmente desconocemos el origen del mito. No lo sabemos pese a la vasta hermenéutica que se derramó durante el esplendor del estructuralismo de Claude Lévi-Strauss y Roland Barthes. Excepto si existe algún mensaje enterrado en las páginas de Tristes trópicos, uno de los pocos luceros de aquel período que aún titila, a veces con brillo sin par, o en las canciones andinas de la certera recopilación La sangre de los cerros de los hermanos Edwin, Luis y Rodrigo Montoya.

¿Inocencia o perversidad? Cierto círculo del Pentágono, nucleado en torno a Estudios III, centro de investigación sobre estrategia e inteligencia artificial, supone que si la palabra mata, entonces se la puede utilizar como arma de guerra. No piensan en un arma virtual para una guerra psicológica, a la manera de lo que hizo Paul Joseph Goebbels en los tiempos del nazismo, sino en un arma letal y exterminadora, peor que el gas nervioso sarín, el ántrax o la radioactividad; sin embargo limpia y sutil, tan sofisticada que su empleo mismo permanezca lejos de las manos del guerrero. Al asumir el cargo de secretario (especie de ministro) de la Marina de Guerra de Estados Unidos, Richard Danzig expuso ante una elite de oficiales de alta graduación que la siguiente superarma sería el pánico. "La sigla que yo propongo", dijo Danzig, "es NEW: Non Explosive Weapon", y señaló que bien podrían usarse los recursos de la novela, elevados a la máxima potencia por medios cibernéticos, para causar el pánico en millones de personas. La ventaja de la superarma no explosiva radica en que provocado el incidente, para el afectado le resulta difícil saber si se trata de un acto de guerra, de un atentado terrorista, del simple crimen de un psicópata o, acaso, sencillamente una desgracia natural, un castigo de Dios; entonces, la respuesta y el contraataque quedan embromados por el desconcierto. Aunque fue un ataque explosivo, la destrucción de las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York confirmó que, en un conflicto, la identificación del atacante es de vida o muerte. Mientras las armas explosivas convencionales son de destrucción masiva, las nuevas armas no explosivas serán sólo de transtorno masivo, pero más eficaces, anunció Richard Danzig, civil y teórico de la guerra, al asumir el puesto decisivo de secretario de la U.S. Navy.

En el cerco contra la secta del falso profeta David Koresh, en Waco, Texas, el FBI utilizó día y noche la palabra hostil, a través de amplificadores de sonido. Sin embargo, para el Pentágono, aquello constituía sólo una muestra de anacronismo bélico, policíaco, el empleo rudimentario de la palabra, verba volante, la vuelta al pleistoceno, flechas, piedras lanzadas con guaraca andina o la onda de David. Algo bueno, acaso, en un asalto policial, pero inútil en cualquier guerra liquidadora, heredera del arte, la ciencia y el pensamiento del estratega prusiano Carl von Clausewitz, cuya obra bélica, Vom Kriege (Sobre la Guerra), continúa siendo la biblia para el Pentágono y el catecismo en caliche para el obtuso ejército peruano que sólo lee versiones condensadas.

Pero la vigencia de Clausewitz ha quedado en pindinga. En junio de 1999, en el conflicto de Kosovo, por primera vez se ganó una guerra con sólo bombardeo aéreo, sin necesidad de infantería desplazada en el terreno (fuerzas de ocupación). Aunque ningún estratega militar lo haya establecido aún en libro, 2004: resulta factible alcanzar la victoria en una guerra, ya ni siquiera con aviones -el arma decisiva en la Segunda Guerra Mundial, los tanques lo fueron en la primera- sino con un despliegue cibernético, misiles o tal vez sólo mensajes devastadores.

Justamente al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con celo previsor, el Departamento de Defensa U.S. auspició y financió la construcción del gigantesco ENIAC (Electronical Numerical Integrator and Calculator) de John Mauchly y Presper Eckert, la primera computadora operativa, concluida en 1946, y años después, en 1969, desarrolló, a través de Defense Advanced Research Project Agency (DARPA), el proyecto de Internet, en aquel tiempo reservada sólo para uso militar. Entonces con dicha tecnología se puede producir un arma de palabras, tan poderosa como el pánico o la locura, ante la cual el sistema de misiles o el rayo de la muerte resultan obsoletos.

Cuando el Pentágono se refiere a la palabra como arma, en tal específica circunstancia está hablando de un asunto hermético, algo cuyo único y minúsculo punto de comparación podría ser, quizás, el virus electrónico. Acaso un virus elaborado y programado por la más alta tecnología cibernética. Virus que filtrado en secreto, antes que contaminar al artefacto, más bien deslumbre primero y transtorne después, hasta los abismos de la locura y la muerte, a los usuarios de los multimedia de entretenimiento en el territorio enemigo.

Por eso, la medida adoptada por el secretario de Defensa U.S. Donald Rumsfeld, durante la guerra contra el Talibán -mentir, mentir, mentir, exactamente como lo dictaba Goebbels- fue cancelada en febrero de 2002. Para difundir la mentira se había creado secretamente, en noviembre de 2001, la Office of Strategic Influence, cuya función era manipular la información sobre la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo. Pero tan perverso organismo fue eliminado, antes que por la presión periodística, debido a la opinión adversa del DARPA, creador de Internet, que lo consideraba un monstruoso anacronismo, salido de los cerebros crasos de Donald Rumsfeld, Dick (Richard) Cheney y George Bush, algo indigno de existir en el cibernético siglo XXI.

 


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