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Edición Nº 1831 |
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Portada |
Retrofuturo
Víctor Rodríguez causa el mayor impacto por un trabajo con aerógrafo y pincel que tiene antecedentes notables, en momentos en los que casi todo resulta reciclable, por no decir apropiable. Su narración en cambio resulta absolutamente contemporánea, pues sus imágenes están altamente asimiladas a través de la moda, el cine, la tele y la mitología popular en torno al arte, como ocurre con su sardónico autorretrato (ver foto) al que sintomáticamente titula "Artista". Esta referencia críptica a Van Gogh no ha sido exhibida en Lima, pero constituye un espléndido ejemplo de un trabajo cáustico sobre el hombre y la mujer contemporáneos. Cierto que sus retratos de la neurosis bordan el mismo mantón que Almodóvar, pero también entre nosotros Sylvia Fernández tiene una posición similar. Ambos están anclados en nuestro cosmopolitismo y hacen gala de encomiable desparpajo, pero Rodríguez deslumbra con un recurso proveniente del Diseño Gráfico y la publicidad largamente desplazados por cada nueva versión de Photoshop. Esto es lo que precisamente le otorga mayor atractivo, al recurrir a un oficio que al aplicarse al arte contemporáneo trae al futuro (hoy) una técnica retro que podría ser recurso de anticuarios. O definirse retrofuturo. Mazal es formidable. Su abstracción casi monocromática revela los rastros del artista sobre grandes zonas matéricas, dejando libres espacios en los cuales desarrolla estructuras que le permiten completar una rigurosa composición. Es una pintura anclada en la tradición y simultáneamente nueva, en tiempos en lo que todo nos recuerda a todos y este trabajo constituye un magnífico ejemplo de revisión del pasado y su fusión con lo mejor de nuestros días. Hay casos en los que se le puede relacionar a Richter; sin embargo su dialéctica es absolutamente personal. Admito que prefiero los dibujos que no han sido traídos a Lima. En ellos la línea cobra inusual protagonismo en medio de un espacio que apenas sugiere aquello que los cuadros enfatizan. Fernanda Brunet pudiera desconcertar a los poco familiarizados con los nuevos artistas japoneses que se han extendido por todo el mundo al trasladar el lenguaje manga a un nivel de high cult, como ocurre con el superflat de Takashi Murakami. Es cierto que la experiencia japonesa estaba dedicada a figuraciones; en cambio Brunet se concentra en fragmentos de explosiones, convirtiendo la precisión del comic en planos redondeados cuyos fondos metálicos enfrentado a los opacos le permiten marcar la independencia de su territorio. Rubén Méndez no será el de mayor impacto pero es el que más seduce. Ciertamente es una apreciación subjetiva, pero mi atracción por sus pequeños formatos se inició hace un par de años en Guadalajara, cuando razones de trabajo me llevaron a permanecer allí. Desde entonces me resulta inolvidable. Cuadros de formatos mínimos como el de la Coca Cola tienen un contenido que excede ampliamente su escala, y de cierto extraño modo resulta muy difícil evadir la tentación de relacionarlo con Fernando Bryce. La visita es indispensable, particularmente para todo artista que quiera saber dónde está ubicado en un mundo en el que saludablemente se les obliga a competir sin fronteras. Excelente ejemplo mexicano.
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