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Edición Nº 1831 |
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¿Podrá el Congreso Sacarnos del Apuro? CUANDO el lector vea estas líneas tal vez esté por definirse ya quién será el próximo presidente del Congreso y, sobre todo, se habrá cimentado o no la certeza de si tendremos una perspectiva parlamentaria que, eventualmente, nos saque del atolladero político. No deja de ser sintomático que cuando se anunciaba formalmente la candidatura de Antero Flores, una figura sobresaliente de una oposición temperada, a quien le atribuyen además virtudes como las de Valentín Paniagua en materia de trato con las demás fuerzas antagónicas o amigas, explotaba en Ayacucho una asonada mayúscula, reflejo del país de la intemperancia y la cólera. La distancia del Perú oficial y el Perú real saltaba a la vista, una vez más. La carrera por la presidencia del Congreso, que parece rica y políticamente cargada para los sectores capitalinos que juegan al poderío de las altas esferas, no reviste ninguna importancia en aquellos territorios y escalas sociales que están luchando por causas que no están claras ni son relevantes -salvo cuando se enciende la pradera- para las élites centralistas. Dos mundos, dos lenguajes, dos conductas que sólo en la forma conviven, bajo una denominación que se ha dado en llamar Estado peruano, pero que son antagónicas en el fondo y dramáticamente irreconciliables en un futuro amenazado. Con todo, la disputa trabada entre el oficialismo y la oposición para ocupar la presidencia del Parlamento, se presenta ahora plagada de promesas. Así ocurrió no bien asumió el mando el Presidente Toledo, y de hecho Carlos Ferrero jugó las cartas multipartidarias que dieron relativo fruto, aunque estableció ese raro código del toma y daca que condiciona el apoyo al cariño del trato del favorecido. Costumbres de corte en un país empobrecido y hastiado de los arreglos bajo mesa. Ahora ese mercadeo parece menos posible, aunque el haber impuesto la candidatura de Luis Solari identifica el supremo esfuerzo del régimen por evitar que se pierda el Congreso, y bajo la consigna de `ofrece todo lo que puedas y sal con toda la fuerza del mundo'. Incluso, las divergentes tendencias dentro de Perú Posible y del FIM que le reprochan a Solari altivez, supremacía y, en fin, los aires del despotismo ilustrado, han tenido que bajar la testa y aceptar su imperio ante el riesgo de ser avasallados por la oposición. Solari es una garantía de orden dentro de la sulfurosa bancada oficialista y de relativa eficiencia, en esa peculiar combinación que ha establecido entre la estadística, el fideísmo utópico y las ciencias sociales recién aprendidas. Solari es un vallado para cualquier intento de subvertir el statu quo y la vigencia del régimen del toledismo. Solari hará las veces de las salvaguardias locales para evitar la trafa textil china. Antero Flores Aráoz, aliado con un hombre que como Natale Amprimo ha cobrado peso en el Parlamento, postula en cambio que mantener el statu quo pasa por un Congreso en manos de la oposición -diligente, operativa, encarriladora de la voluntad desfalleciente o díscola del Presidente-, con lo cual mejoraría el talante democrático del país. El riesgo, según la oposición, no es que haya que echarlo a Toledo -extremo que ya no está en agenda- sino que, manteniéndolo, quienes cosechen sean las fuerzas antidemocráticas, dictatoriales o violentistas, como viene ocurriendo con los pukallacta, los Humala o los Fujimoris de diverso pelaje, incluyendo oportunistas de reciente data. Cualquiera que sea el resultado de la nueva elección de la Presidencia congresal, estamos claros que a partir de julio el gobierno está virtualmente en minoría, y tendrá que sujetar sus impulsos -las más de las veces con alta dosis de autocastigo-, reconociendo en la oposición a un interlocutor que no ha apelado en ningún caso a trapisonda golpista alguna, lo cual es señal de una vocación constructiva a tener en cuenta cuando se haga el balance comicial del 2006. Y, entretanto, que la clase política y los partidos formales emprendan una tarea pedagógica y de deslinde ideológico para evitar este desborde vitriólico que va por las provincias con la ferocidad y el rictus anárquico del verso vallejiano: "Que se lo coman todo, y acabemos".
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