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Edición Nº 1832 |
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No Estaba
Muerto... ..andaba de Parranda
Escribe JUAN CARLOS MENDEZ SON las 4:23 p.m. de un sábado particular. Hace minutos una banda acaba de tomar por asalto la primera cuadra de la Av. Manuel Vargas de Ciudad y Campo en el Rímac. Apostados con saxos, timbales, congas y trompetas una turba de amigos ha venido a decirle a Chocolate esas cosas que nunca se dicen. Choco, está en su cama, respirando un oxígeno que ya no puede atrapar. El año pasado le diagnosticaron cáncer a los pulmones y durante estos meses se ha sometido al tratamiento correspondiente y en estos momentos se encuentra estable. Haciendo equilibrio con ayuda de amigos y familiares. Sobre su cama, hay una bruja con escoba y una risa macabra que roza el techo con su vuelo inmóvil. A su lado, un cocodrilo verde limón enseña sus colmillos. Más allá, la Virgen de Guadalupe vela el reposo del músico. Afuera, Carlos Espinoza, Andrés Dulude, Jean Pierre Magnet, Pochi Marambio y otros compañeros cuentan 1, 2, 3, gritan ¡Chocolate! y arrancan con la irrefrenable rumba del Mambo Nº 5 del maestro Dámaso Pérez Prado. La calle, las ventanas, las puertas se llenan de curiosos vecinos que sorprendidos primero y luego seducidos por el ritmo malevo cambian los ojos de asombro por sonrisas cómplices. Algendones se ha puesto de pie y abriendo las ventanas escucha la percusión y grita moviendo las manos: "¡Juega, juega, juega!". En eso tose. Mira el cenicero repleto de cigarrillos a medio fumar y vuelve a su frazada verde, a la cama de una plaza sobre un rojo piso de cemento. La música sigue y su hija le pregunta: -Papi, ¿vas a bajar? -¡Que suban! Los músicos no lo dudan y se instalan en el cuarto luego de pasar por una puerta de madera que luce un rótulo en inglés: "My room". -¿Por qué eres tan escandaloso? -le dice Chocolate a Magnet. -¿Qué tal compadre? -Acá, pues. -Venimos a saludarte. -Cuánta gente... seguro vienen a picarme. La risa estalla. El humor de Algendones es tradición entre sus amigos. Nadie se ofende porque todos detectan la secreta lucidez de sus frases. Su esposa sirve unos piqueos y algo que parece jugo de naranja: -¿Y esto que trae? -pregunta alguien. -Tiene su lisura, pues- responde Choco. -¿De qué año es? -pregunta Magnet.
De allí, como no podía ser de otra manera, se fugó con una bailarina a Haití. En Centroamérica, aprendió los misterios de la santería y, a su regreso, los fusionó con el festejo para procrear un estilo mixto, híbrido pero original. De esa experiencia, además, recogió esa misteriosa serenidad, el silencio como fuente de sonido y el entendimiento místico de la música. Como lo ha señalado Manongo Mujica, Chocolate no toca para entretener sino como un acto religioso. Por eso no cree en los ensayos y por eso también su concepto de la música no contempla el error. Y fue precisamente con Manongo, con Jean Pierre Magnet y con David Pinto con quienes en la década de los 80's fundaron el jazz made in Perú en diversas salas limeñas -como el ahora renovado Cinematógrafo de Barranco- y en la propia Europa donde temas como "Salón de baile", "Chincha saudita" y "El tren" dieron fama a Perújazz. Los años que siguieron fueron de giras, clases maestras, conciertos y nuevamente silencio. Algo de lo que Algendones disfruta mucho y que sólo es roto con los amigos. -Salud, compadre- dice Magnet. -Ya, ya, salud, salud. ¡Pero paga, pues! Nueva carcajada general. -Pero si tu ganas la plata que te de la gana. Solo tienes que hacer tucu- tucutú, tucu- tucutú y listo. -¡Cómo, cómo, cómo! -Tucu-tucutú, pe' compadre. Suena un celular, contestan y le pasan el teléfono a Chocolate. El cajonero asiente, sonríe y dice: -Si pues, acá me han venido a visitar todos los músicos mediocres del Perú. Una vez más, todos celebran. Y pronto se despiden, están yendo a un ensayo, cualquier día de estos nos damos una vueltita, no te pierdas hermanito. Afuera los vecinos siguen esperando la música de Dámaso Pérez Prado y alguien pregunta si el señor ya falleció. -No, señora. A este Chocolate no se lo come nadie.
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