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Edición Nº 1832 |
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Cuartos
con Susto
Escribe
ORGANIZAR torneos como la Copa América es siempre un reto difícil de asumir. Del saque, saca a luz todas las contradicciones del país anfitrión, sus deficiencias, sus limitaciones, su idiosincrasia. En 1986, por ejemplo, la Copa del Mundo la iba a organizar Colombia, en ese toma y daca que era la alternancia europea y americana. Pero Colombia no pudo asumir el reto. En América los únicos países que se encuentran en capacidad de armar un torneo con todas las exigencias que impone el siglo XXI son Argentina, Brasil, México y Estados Unidos. Chile, el quinto en discordia, lo haría a su estilo y medida, así como lo organizó en 1962. La riqueza se ha dispersado hacia otras regiones. Asia, por ejemplo, hizo un excelente mundial a través de la dupla Japón-Corea. Incluso Corea del Sur organizó una Olimpiada de polendas. Si bien África es un continente explosivo, sus naciones animan la Copa del Mundo e, incluso, Sudáfrica tendrá la responsabilidad del mundial de 2010. Va a ser bien bravo que los sudamericanos podamos tener un mundial en nuestras tierras. La Copa América ya es un desafío para los políticos, para la economía, para su burocracia y sus gentes, que así nomás no se animan a estar en los estadios expectando encuentros entre países que no le dicen mucho. Organizar un torneo mundial parece, entonces, un imposible. El reto para los sudamericanos consiste
en hacer viable una organización de esta envergadura con la pobreza estructural
de sus sociedades. Una vez fue en Paraguay, otra en Bolivia, ahora en Perú
y la próxima será Venezuela. Estos cuatros países están
atravesados por la corrupción, el estallido social, la ineficiencia política,
la pindinga existencial. Y, en ese contexto, además, se ven ante el reto
de organizar un torneo de fútbol. Cierto que la CSF distribuye dinero,
otorga premios estímulo (de otro modo las federaciones respectivas no tendrían
mayor interés) y buscan auspiciador. Todos somos conscientes que sin la
Toyota y la Nissan no habría torneos continentales de clubes. Sin Master
Card, no habría Copa América.
Toda Copa América tiene su anécdota o su desgracia. La del Perú, sin duda, es la exclusión por golpe severo de Claudio Pizarro. Los 9 siempre están pedidos (Maestri se rompió una pierna en la Copa llevada a cabo en Chile), pero la mala suerte se agravó con Pizarro al haber ocurrido la acción cerca del mediocampo (zona híbrida) y contra un venezolano (un jugador del montón), en un partido que no tenía la importancia de los que se vienen a futuro. Brasil puede presentar dos o tres selecciones, pero el Perú no puede perder a un jugador de la talla de Pizarro. Otra anécdota sería la del mutismo de los jugadores peruanos con la prensa de su propio país. Su actitud es poco marketera, para nada moderna. Sin embargo, tal es la tenacidad del público por seguir a su selección, a esta selección, a veces tan poco griega, que logran salir siempre en las portadas y en sus pichanguitas de la Videna. "Cura de silencio", le dicen, como si supieran hablar. Pero, bueno, a partir de la fecha ingresamos a un tramo más exigente del torneo, al gana o pierde o lo definimos por penales. Los países grandotes sacaron a los chicos, la tradición todavía pesa y ahora empieza el verdadero baile de las estrellas. Lo que sí ha resultado interesante, es la alegría de los entrenadores. Pocos pensaban que Bielsa o Fossati se jugarían la vida en la Copa América del Perú. Este país enturbiado por la corrupción generalizada, el chantaje, la coima, el narcotráfico, la subversión, ha demostrado que fue capaz de una organización seria; que estuvo a la altura de los requerimientos de la CSF, (de la FIFA también), del siglo XXI, porque, como van las cosas, los países misios estaremos en las tribunas mediáticas en los grandes espectáculos de aquellas regiones ricas y desarrolladas.
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