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Edición Nº 1832 |
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Pachamanca
de Paro
SI algo puede decirse del paro nacional del 14 de julio, es que ha sido el que mayor cobertura mediática ha tenido. Semana a semana, a lo largo de dos meses, se sucedieron opiniones a favor y, principalmente, en contra, describiendo sus eventuales consecuencias. Mientras tanto, los promotores de la protesta fueron construyendo una plataforma política multipropósito en la que, a manera de una pachamanca sorpresa, los diversos participantes fueron trayendo sus ingredientes para la jornada, sin detenerse a pensar en nada más que su apetito. El resultado sirvió más de matahambre que de banquete, pero las consecuencias posteriores pueden ser más graves de lo pensado. UN PARO POLÍTICO CON El paro del 14 tuvo indudablemente una orientación política que no correspondía, para ponerlo en términos caros a los sindicalistas ex moscovitas, a las condiciones objetivas de la economía peruana ni al tratamiento dado por el gobierno de Toledo a la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Si bien los indicadores sociales del Perú están muy lejos de ser satisfactorios y existen quejas de los propios organismos internacionales sobre el manejo de las políticas sociales, la economía ha entrado a una fase de estabilidad sin precedentes en las últimas décadas que registra más de 33 meses de crecimiento sostenido del PBI, exportaciones que deben superar el 2004 los US$ 10,000 millones (cifra récord para el país) e inversión privada en su nivel más alto en los últimos seis años. Por otro lado, las remuneraciones reales de algunos de los gremios que se sumaron al paro han tenido también un crecimiento sostenido en los últimos años e impensable durante el fujimorismo. Los maestros, por ejemplo, a pesar del entusiasmo del Sutep por la paralización, han tenido un alza real de más del 35% en sus sueldos en los casi tres años de este gobierno. En el caso de los médicos, el incremento supera el 32% en el mismo período. Cifras modestas, podría decirse, si se atiende al enorme retraso que tienen las remuneraciones de los trabajadores peruanos, pero alentadoras si se repara en que se espera un crecimiento anual de alrededor del 4.5%. En suma, el paro se produjo en un contexto de recuperación económica, en el que precisamente los trabajadores más calificados de los sectores modernos, que suelen ser sindicalizados, son quienes menos problemas de empleo han tenido en el último tiempo, como recordaba el jefe del INEI, Farid Matuk, en CARETAS 1824. La inexistencia de una crisis económica que justificara el paro, llevó a los organizadores a proponer una demanda de "cambio del modelo económico", tan amplia que podía ser aplicable a casi cualquier país de la región. No obstante, debe precisarse que, salvo en puntuales jornadas de protesta en que fue comparsa de otras organizaciones, la CGTP no estuvo en estos tres años en una posición de confrontación abierta contra el gobierno de Toledo. En verdad, desde su estrecha vinculación con la dictadura militar de Velasco (1968-75), la central sindical no había tenido relaciones tan próximas con un gobierno ni había obtenido reivindicaciones tan claras sin arrancarlas a la fuerza. La CGTP ha participado sin restricciones en las reuniones del Acuerdo Nacional, ha recibido visitas protocolares del más alto nivel de funcionarios del gobierno, ha marchado a favor del ITF y, no menos importante, lograron la inusitada reposición de miles de trabajadores despedidos.
La mañana del 14 fue evidente la distinta forma en la que el Apra y la CGTP vivieron la protesta. García daba informes desde la Casa del Pueblo sobre la marcha de los acontecimientos, "quince millones de peruanos han parado hoy", anunciaba triunfante el líder aprista, mientras que Mario Huamán concluía muy temprano que si Toledo no entendía el mensaje, se propondría su vacancia en una próxima paralización. La apuesta aprista por el paro compromete la imagen de moderación y corrección política que había cultivado en los últimos años. En este terreno, el mismo Alan García insistió en los días previos en la necesidad de defender los cauces democráticos de la protesta, frente a las acusaciones de extremismo lanzadas por el gobierno, pero puso en entredicho la imagen de estadista maduro que ha buscado proyectar desde su vuelta al país el 2001. Para los adversarios del aprismo, hay abundante munición para enfrentar la candidatura presidencial aprista levantando los fantasmas de ingobernabilidad y violencia que permiten echar sombras sobre la viabilidad de un eventual gobierno de ese partido. Las imágenes de llantas ardiendo frente a La Casa del Pueblo o la detención de dirigentes locales involucrados en disturbios servirán, sin duda, para una efectiva propaganda contra García y su gente.
De la misma manera, el recurrir a la Fuerza Armada como medida preventiva de control interno, es un claro reconocimiento de que el Ejecutivo necesita de las FF.AA. cumpliendo tareas que no son potencialmente explosivas cuando se producen desbordes. En esas condiciones, es indispensable afirmar los límites de las responsabilidades políticas tras las acciones de los uniformados. Algo muy distinto ocurrió con la actuación de ministros a cargo de sectores directamente comprometidos con la paralización, como los de Educación y Salud, quienes en rápidas visitas dieron cuenta de la situación existente con sorprendente objetividad. Independientemente de las razones (o sinrazones) esgrimidas para el paro, es fácil imaginar que, a juzgar por las encuestas, en el país son mayoría los descontentos con la pobre conducción política del país que exhibe el Presidente y con las serias denuncias que lo comprometen. No obstante, la vacancia de Toledo no fue el ánimo predominante de las protestas, como querían algunos sectores, principalmente fujimoristas. La población parece haberse hartado irremediablemente de Toledo, pero no tanto para olvidarse de la democracia.
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