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Edición Nº 1833 |
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¿El
Ultimo 28? DE todas las condecoraciones que ha repartido el presidente Toledo en el último tiempo hay una que se le ha escapado: la Orden del Sol para Manuel Torrado de DATUM por el 11 % de aprobación que registró en su último sondeo en Lima y Callao. Cuatro puntos más de popularidad lo pusieron de buen humor para sacarle lustre a lo que quedaba de la Copa América y disfrutar de algunos días primaverales en pleno invierno cuando los reflectores del escándalo se apartaron de Palacio. Alan García apareció vapuleado en los medios por el affaire de la patada del día del paro y tuvo que pedir disculpas, a la distancia. Fernando Olivera arremetió contra el canciller Rodríguez Cuadros por revelar su incomodidad ante tanta denuncia. Los congresistas Rafael Rey y Doris Sánchez se trenzaron en acusaciones mutuas, mientras los aspirantes a la presidencia del Congreso, Luis Solari y Antero Flores Aráoz, calentaban el ambiente con pullas diversas, al tiempo que buscaban asegurar votos. Hasta conato de guerra de religión hubo cuando el obispo Luis Bambarén criticó la sobredosis de política en una homilía del cardenal Cipriani, despertando las iras del primado, decidido a utilizar contra el gobierno actual todas las citas bíblicas que se ahorró en los noventas. FALTAN EXPLICACIONES La procesión de Toledo, sin embargo, va por dentro. La sucesión interminable de denuncias por corrupción puede crear una sensación de hartazgo en la población y diluir temporalmente las imputaciones más serias, pero no las resuelve quiéralo o no el mandatario. Hasta el momento, el control de daños de Palacio ha privilegiado una combinación de ataques al acusador y maniobras de distracción, confiando en la solidez de la economía, la buena imagen externa, la ausencia de alternativas y, sobre todo, la buena suerte. A lo largo del último año, el gobierno ha sobrevivido a diversos pronósticos de defunción anticipada (renuncias de Beatriz Merino y Fernando Rospigliosi, marcha de cocaleros y desborde de Ilave, rebrote senderista y paro nacional, etc.) lanzados por analistas apresurados, no siempre bien intencionados. El problema de los políticos sobrevivientes es que terminan creyéndose inmortales y eso ha afectado al círculo íntimo del Presidente. Ministros y altos funcionarios han revelado a CARETAS su desazón por la forma tan poco prolija con la que se enfrentan las crisis, o el desdén con que el Jefe de Estado ignora informes que podrían mejorar la imagen del gobierno. No es un secreto, tampoco, que el mayor peso político en la conducción del Ejecutivo lo ha llevado el primer ministro Carlos Ferrero quien, en gesto sin precedentes en el país, ha sostenido 119 conferencias de prensa en los siete meses que lleva en el cargo. Independientemente de sus éxitos o errores, ha dado la cara por el gobierno y, debe reconocerse, no siempre con la cobertura merecida. No obstante ello, y para su mala suerte, el Perú es un país profundamente presidencialista y si Carlos Ferrero es un bombero eximio, Alejandro Toledo es un consumado aspirante a bonzo. Las denuncias puntuales que alcanzan al Presidente no han tenido el descargo debido. La apresurada aparición televisiva del Primer Mandatario el sábado 17, poco antes del partido Perú-Argentina, negando su vinculación con el supuesto soborno de Bavaria y adelantando que su esposa ofrecería explicaciones sobre sus cuentas no llegó a ser satisfactoria. Más efectivo hubiese sido, si el suelo estaba realmente parejo, recurrir a un abogado para que hiciese una defensa pública documentada de la inocencia de ambos, como deseaban algunos miembros del Ejecutivo. El costo político es ahora mayor porque se espera que el Presidente enfrente el asunto en su mensaje del 28 de julio. Como se sabe, la Constitución lo obliga a dirigirse a la nación en esa fecha para dar cuenta de lo hecho en el año y de los planes para los doce meses entrantes. En condiciones normales, Toledo debería salir airoso del reto porque sus indicadores económicos están en azul y cuenta con temas calientes como el TLC y Camisea a su favor, pero ahora el expediente burocrático resulta insuficiente.
EL MENSAJE PATRIO Ahora, Palacio se inclina por un discurso más efectista, como siempre redactado por el consejero Juan de la Puente bajo el ojo crítico de Ferrero, con una autocrítica franca y una enumeración de metas puntuales y realizables enmarcadas dentro de un argumento que enfatice los logros de la gestión presidencial. El modelo, como es fácil advertir, es el de la resurrección de Clinton luego del escándalo Lewinski. El reto de los hombres de Toledo es, obviamente, cómo lograr que funcione la estrategia comunicacional de uno de los presidentes norteamericanos de mejor manejo de medios con el Presidente peruano de peor aceptación mediática que se recuerde. Lamentablemente, Toledo enfrenta acusaciones mucho más serias que las de Clinton y no ha dado todavía señales de ser consciente de la gravedad del momento que vive. Es muy diferente tener una alta desaprobación por errores políticos y personales que ser implicado en acusaciones directas de corrupción. No se puede culpar de ello a la mafia ni menos intentar soluciones que, lindando con el encubrimiento, complican aún más la situación del gobierno. En este rubro, ha habido muy malas señales desde el oficialismo. La reacción frente al escándalo de falsificación de firmas del partido de gobierno es casi una admisión de culpa. Testigos que se retractan antes de desaparecer con ayuda de altos dirigentes y hasta parlamentarios oficialistas, es algo que resulta inaceptable en gobiernos democráticos. De la misma manera, no parece acertada la designación de procuradores peruposibilistas, y ha sido tomado casi como una provocación el que un abogado vinculado al FIM, como el doctor Carlos Gamarra, independientemente de sus méritos personales, haya asumido la cartera de Justicia en reemplazo del renunciante Baldo Kresalja. El recuerdo del fantasma de Fernando Olivera penando sobre los procesos anticorrupción es lo que menos necesita el país en este momento. En lo que compete directamente al presidente Toledo, y por qué no al matrimonio Toledo-Karp, es inaceptable que, hasta el momento, el primer mandatario no haya respondido con claridad a las graves imputaciones de sobornos millonarios y de cuentas no declaradas. La salida es muy fácil si, como dicen algunos miembros del Ejecutivo, se trata de infundios para derribar al gobierno. Basta con abrir el secreto bancario, no de cualquier funcionario sino de la pareja presidencial, de algunos amigos cercanos y de la panaca Toledo, con sobrinos incluidos. Un pronto anuncio en esta línea sería una buena señal de Fiestas Patrias al desencantado pueblo peruano. Ocultar el tema de fondo el 28 de julio, tras un mea culpa de opereta, puede tener consecuencias funestas para una Presidencia tan devaluada.
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