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Edición Nº 1833 |
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Por Sobre Todo, el Perú CADA 28 de julio se impone un repaso puntual de la obra realizada por el gobierno de turno y la presentación de los planes de acción del año venidero. Es, pues, una expresión del orden y la disciplina que exhibe una nación en forma, en plenitud de sus aptitudes republicanas y democráticas, confiada en sus objetivos comunitarios. Esta imagen, casi la de una devota estampita, se corresponde con el lema que preside nuestras primeras monedas, al lado de la mujer altiva que representa a la patria: "firme y feliz por la unión". Estamos ante la decimonónica visión de una utopía que -por omisión de nosotros mismos, los peruanos- no se cumplió, no obstante la sobrevivencia de sus rayos promisorios. Parece igualmente una ironía que cada año tengamos que recordar, mediante esfuerzo que simula ejercicio retórico y ritual, la pregunta de Jorge Basadre: ¿Para qué se fundó la República? Momentos de decaimiento y desmayo los hemos tenido muchos y la incertidumbre sobre nuestro curso republicano y nuestro modo de ser nacional, nos ha conducido a frases dolidas y dolientes. Hay una particularmente acerba, debida a un hombre controvertido y vitriólico, Fernando Casós: "En el Perú, lo único admirable es lo que no sucede". Y pocos como Bartolomé Herrera para lamentar el haber abandonado el claustro hispánico y la raíz conservadora en nombre de una ilusión de libertad, dicho sea de paso difícil de descubrir en la corte de anarquía, sangre y desunión que dominó las primeras décadas de vida republicana. Los antecedentes de los 28 patrios no son muy alentadores, e incluso puede decirse que la sucesión de los recientes aniversarios, suele ser una invitación al escepticismo y la decepción. Hay, sin embargo, una fuerza interior que nos lleva a los peruanos a insistir en que, pese a los infortunios, nuestra patria subsiste, es una opción y una continuidad de la que debemos estar orgullosos. ¿Se puede estar contento con este 28? Hay una primera certeza sobre la que tenemos que insistir. Un gobierno deplorable, que en otras circunstancias ya hubiera caído clamorosamente, llega a su tercer año y, por lo mismo, casi ha franqueado la barrera de la continuación. Del pavo que no pasaba de diciembre al Toledo de este 28 hay un gran paso, pese a las conmociones de muchos puntos de las regiones, los escándalos políticos y de corrupción en las altas esferas, los paros y las huelgas. Este régimen ha logrado una relativa estabilidad económica y una relativa disciplina fiscal y en el sector privado han continuado las cosechas del liberalismo implantado en la década pasada, y se han abierto opciones importantes en materia de comercio exterior con el ATPDEA y las negociaciones del TLC, que han dado vigor a la industria, la agricultura y el flujo turístico. El empuje de la empresa privada, no obstante los costos, las trabas y el ruido político, ha resultado más provechoso que la esfera pública entrampada en la autodefensa política y en asentar razonablemente la mezcolanza de indisciplina, incompetencia e inmoralidad de los otros. Nadie puede dudar tampoco de la capacidad para el error y la autodestrucción, pero sin embargo tiene mecanismos que podrían potenciar esta última etapa reforzando políticas sociales, dando más trabajo, reduciendo gastos clientelistas y burocráticos y apoyándose en un equipo ministerial aún más plural que el actual, donde el desempeño de algunas carteras es impecable, como es el caso de Salud, Energía y Minas, Vivienda y Comercio y Turismo. Es verdad que la gente desearía todavía una exhibición descarnada del pedido de perdón y la mea culpa -lo cual en términos prácticos serviría muy poco-. También vociferantes anuncios de cambios de conducta -menos etiqueta azul y más pisco, para ponerlo en términos pedestres- y una disposición a decir la verdad en cada caso de dudas ante acusaciones de corrupción o simple mentira, proclividad que ya nadie duda domina al mandatario. Son los hechos, no las palabras, las promesas y las frases hechas (mi gobierno ha decidido, caiga quien caiga, error estadístico, pescaditos...), lo que se exige. Que alguna vez Alejandro Toledo sea él mismo, no el producto de la camarilla, la mendacidad palaciega, el consejo aleve y la proclividad al yerro.
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