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Edición Nº 1835 |
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Portada |
Beber Para
Contarla Luego
de una tensa espera motivada entre otras cosas por la Copa América,
el llamado ruido político al que nos tiene acostumbrado el Presidente
y sus familiares, el jurado integrado por Alberto Isola, Rodolfo Hinostroza,
Fernando Iwasaki -quien envió sus resultados desde Sevilla-, María
del Carmen Ghezzi, Andrés González y Jaime Bedoya se reunió
y determinó a los premiados de esta vigésima primera edición,
que como siempre premió a narradores nativos residentes en diferentes
partes del Perú y del mundo.
EL Sr. Cloud casi nunca contesta el teléfono. Porque vive buena parte de la semana en una casa rural en las afueras de Huánuco. Allí cría a sus animales, escribe y lee. Y es que le ha dedicado la mayor parte de sus 63 años a la literatura. El Sr. Cloud es un vicioso. Pero no tiene memoria de sus inicios. Sólo recuerda que desde que aprendió a leer en quechua y español en su querida escuelita de San Sebastián de Quera, fueron pocas las cosas que lo apartaron de los libros. Luego, artista adolescente, viajó a Lima para estudiar Literatura en San Marcos donde fue compañero de aula y bares de Gregorio Martínez, Hildebrando Pérez, Juan Cristóbal y el fenecido poeta Juan Ojeda -"tenía una memoria fabulosa, a los 17 años recitaba el Infierno de Dante en una hora", comenta-. Cuando acabó volvió a Huánuco y enseñó en la Universidad Hermilio Valdizán hasta el año '96, cuando se retiró y empezó a frecuentar la mencionada casa de campo. Las distinciones literarias, sin embargo, vienen de mucho antes pues su nombre figura en premiaciones de Caretas, de Copé y las librerías han acogido varios libros -cuentos y novela- con su firma. En Lima, en lo que las guías llaman "el Centro", sentado en el
Cordano, el Sr. Cloud habla: "El cuento ganador ha sido descrito por un
amigo como el monólogo de un ebrio consuetudinario". Sin embargo,
él prefiere presentarlo como la historia de un diletante, de un
tipo con pretensiones artísticas que con sazón criolla disfraza
su debacle citando a Kafka, Brecht, Kierkegaard, Schopenhauer, Chopin
y Ravel. Avanzado el diálogo, el Sr. Cloud (no está seguro
de la procedencia de sus antepasados, no conoció mucho a su padre,
dice) define su relación con la literatura: "Si García Márquez
escribe para tener más amigos y Vargas Llosa para exorcizar sus
demonios interiores, yo debo decir que escribo para evitar el suicidio.
Es una idea que me obsesiona. Me parece un acto hermoso y reconfortante".
SEGUNDO PUESTO La biografía de José Falconí (Lima, 1973) se encuentra en las antípodas del Sr. Cloud. Estudió en el colegio Newton, se dio una vuelta por la Universidad Católica y luego rápidamente se marchó. A los 20 años inició sus estudios de Literatura Inglesa en el College of William and Mary de Virginia y se graduó con una tesis sobre William Yeats. Luego se afianzó como fotógrafo profesional y en 1999 ingresó a la Universidad de Harvard donde realiza un doctorado en Literatura Latinoamericana del S. XX con énfasis en lengua portuguesa -puede hablar horas sobre ella en unos pocos minutos-. Por eso, ha vivido algunas temporadas en Sao Paulo, Brasil. Además, desde hace 4 años maneja un programa para artistas emergentes en el David Rockefeller Center for Latin American Studies. Sin embargo, la noticia de Caretas la recibió en Ayacucho. Resulta que el próximo año se realizará una exposición del fotógrafo ayacuchano Baldomero Alejos en dicho centro de estudios (debido a la calidad e importancia por primera vez se rompieron todos los esquemas porque fue elegido un señor muerto hace 25 años) y Falconí es el curador de la misma y por eso se pudo dar un salto a Lima para el acuático retrato y el posterior diálogo. Tiritando y protegido por un par de toallas alcanzó a decirnos lo siguiente: "Escribo desde que tenía trece años pero quizá debido a la timidez o a la pobreza de espíritu, este es el primer cuento que muestro. Además, no me considero sino un narrador a medias. Falso académico, poeta o fotógrafo, son mejores descripciones para mi trajín no del todo feliz. Por otro lado, y para que no queden dudas, más allá de un par de publicaciones en USA y en el Brasil, he sido renuente a publicar, o a tener que ser identificado como escritor o algún oficio de similar calaña. Además, gran parte de mi producción literaria, por ponerle un nombre a mis garabatos, está en inglés por lo que se hace más difícil que me conozcan por aquí". Sin embargo, le confesó a Caretas que el premio lo había animado a ordenar su dispersa obra inédita y amenazó con publicar en los próximos dos años. El lector está advertido. TERCER PUESTO Finalmente, hablando del cuadro de honor, César Bedón (Lima, 1980) se llevó el tercer premio con un cuento intimista titulado "Cosas adentro" donde con una anécdota mínima logra crear un ambiente pleno de sugerencias. Admirador de William Burroughs, Knut Hamsun y Lewis Carroll, Bedón dice, sin embargo, que su mayor influencia al momento de escribir es el diccionario de sinónimos de Word. Seguido nos relata la génesis de su relato: "Un domingo en la mañana mi prima Tania vino a la casa, y mientras ella tomaba yogurt de fresa con crujis apareció una hormiga en la mesa de la cocina. Nos quedamos admirándola un buen rato, mientras se paseaba, hasta que Tania la aplastó con el dedo. Fue algo muy extraño, porque luego de observar tanto a una hormiga uno siente inevitablemente cosas por ella. Yo quería escribir un cuento con un muchacho como protagonista, una niña, una hormiga y un pyrex con yogurt, pero las cosas fueron mutando y terminé con una mamá, su hijo, una hormiga y un táper de pepinillos". Bedón, quien el 2000 viajó a Singapur para aprender durante dos años kung fu Ta Sheng, prepara una novela que espera publicar el próximo año y que llevará como título "Mi primera novela" .
¡Eso!
El escenario de la U había cambiado en algo, es cierto, mas no así el tinglado, los actores y el libreto que eran los mismos de cuando estudié en ella un par de semanas obligado por las circunstancias. Claro que ahora todo era `revolución', `concientización', `cambio de estructuras sociales y económicas', `el patrón no comerá más de tu pobreza' y otras consignas novedosas. ¡Eso! Sin embargo era la misma huevada de siempre. A su debido turno fueron desfilando por la cátedra ante los ojos despistados del auditorio las anodinas y conocidas caras de otrora, sólo que ya un tanto más cansadas, arrugadas y mofletudas. ¡Eso! El flaco y bigotudo Geladio Astupiña y sus juicios malévolos contra los militares y el presidente de turno: Los gorilas uniformados que lo fiscalizan todo y están presentes hasta en la sopa; la reforma en todas sus formas, niveles y modalidades, incluyendo la libertad de prensa; la pintarrajeada Muñeca de Trapo Gallina de Granja y sus matemáticas superiores: La suma de los ángulos internos de un triángulo es igual a dos rectos. ¿Cuál ángulo, cuáles rectos, Rabadilla Resentida? ¡Eso! También el psicópata Bautista Laguna, Calambrito o Sexo Oral y sus discursos psicologistas a un principio soporíferos pero después contundentes y letales: y ni qué decir del Eunuco Rigoberto Fabián Alcandáriz de los Ríos ¡Eso! ¡Salud por ella, la botella! Mediopolvo. Jinete de Cuy el susodicho Rigoberto, pero puntual y ordenado como él solo. Sin haber dormido una sola noche fuera de su casa, conocía el planeta tierra de cabo a rabo incluyendo clima, latitud, límites, población, producción, índice de nacimiento y mortalidad de todos los países de los cinco continentes. ¡Eso! ¡Dale U y arriba Alianza! También el amolado Shebashtián Shifuentesh. ¿Juan Ruflo o Juan Rulfo, profe?, le pregunté un día concluida la clase. Juan Ruflo, contestó, y se jodió para siempre. ¡Eso! Juan Ruflo y Franz Fakfa. Peor todavía el cojo Urbina. ¡Eso! Piojo Rojo era su chapa. Filósofo, clasista, borracho y gobiernista. Todo junto. ¡Eso! Herr Puntila y su crlado Mati en persona. Como la filosofía no es para minusválidos mentales, el pobre nunca dio un paso más allá de los medios y fuerzas de producción. ¡Eso! Que la lucha, la conciencia, el sello, las contradicciones y otras huevadas de clase. El amor, profe, no es sólo condón, sexo, fornicación y papel higiénico. ¡Eso! Y como tal, la filosofía tampoco es sólo materialismo trasnochado, sino también Santo Tomás de Aquino, Nietzche, Malebranche, Kant, Leibnitz, Schopenhauer, Kierkegaard, Karl Jarpers ¡Eso! No de clase, con clase. ¿Okey o no okey? Además, díganme a ver en dónde encontrar un cojo bueno. ¡Eso! Pero mejor volvamos al presente, muchachos que fueron en otros tiempos ¡Eso! Por la amistad que nos une y el vicio que nos domina. ¡Salud! Que por qué antes había dejado de estudiar. Eso ya es otra cosa, compadre, pero ahí va, con puntos y comas. ¡Eso! El hogar era un caos, y caos no tiene plural. Nada ocurría en casa, nada grave, nada más grave. ¡Eso! Una noche el viejo se puso bravo y de malas maneras le quiso obligar a la vieja que me desaforara de la casa como a un inquilino precario, como a un perro. ¡Eso! ¿A quién te refieres con eso de que se largue?, preguntó ella sorprendida. ¿Cómo a quién? A José Luis, pues, y ahora mismo. Ante tamaña desfachatez del viejo, mi querido viejo, se produjo entre ellos un entredicho de palabras que para qué les cuento. Mi padre, erudito y académico de primer nivel, mirándome enfadado con sus ojos escrutadores de Iván el Terrible, increpándole a mi madre que el desayuno, el almuerzo y la comida deben estar sujetos a un horario determinado; que la cama se ha hecho para dormir en la noche y no en otro momento; que los libros no tienen por qué desaparecer de la biblioteca como si tuvieran alitas para salir volando por las ventanas; que todos los días no es fin de semana para llegar de madrugada; que qué buen ejemplo para los hermanos menores. Y ella, conciliadora: Pensé que te referías no a tu hijo sino a un enemigo. No sólo mío, nuestro. Y por mi culpa, por mi gravísima culpa, al final papá y mamá se trenzaron en un pugilato de un solo round al mejor estilo de Cassius Clay versus Marvin Hagler en el Madison Square Garden, disputando a puñetazos la corona mundial unificada de los pesos pesados. ¡Eso! Cuerpo a cuerpo, sin bajar la guardia ni dar un paso atrás, sin árbitro, a ollazos, sartenazos, patadas y vale todo en una esquina neutral de la cocina convertida primero en ring de boxeo, y luego en un centro asistencial comunitario. Y bueno pues, como consecuencias de la irreconciliable lucha de clases entre los poderes del estado, este pacharaco de pelo en pecho y de sangre preínca, inca, mestiza, chola y española, tuvo que dejar la segunda placenta, aprender a bailar con su propio pañuelo, migrar tierra adentro y, a Dios gracias, conocer caminos, amigos, placeres, aventuras y, sobre todo, mujeres. ¡Eso! Mujeres. ¡Salud! En mi primera salida hacia la desconocida tierra de Amarilis conocí a Pamela Santibáñez, una solterona de ascendencia andaluza como escapada de la Casa de Bernarda Alba, experta en hacer el amor sentada en una silla y cantando. Después del primer acto toda cariñosa me suplicó: Quédate por lo menos esta noche, dijo escondiendo el pudor de sus cuatro letras; y yo, obediente, me quedé seis meses en la casa hacienda de sus padres. ¿Saben qué haciendo? ¡Eso!, entreverando en cueros el calor de nuestras piernas unas tres o cuatro veces cada veinticuatro horas, sin importarnos que fuera de día, de noche o de madrugada, estuviera lloviendo o el techo de la casa estuviera por venirse abajo. ¡Eso! Es que Pamela tenía un brasero natural capaz de encender una vela apagada sin necesidad de fósforos o de soasar un camote pequeño en dos minutos, sólo que al final, cuando de veras las papas empezaron a quemarse, ella tuvo que resignarse a quedar llorando su desventura en su lar nativo, ¡eso!, mientras yo, solo, solito, solitario, sin despedirme de nadie y con una mano atrás y la otra adelante, tramonté los Andes de regreso mismo José de San Martín de Yapeyú a Paracas y me enrumbé hacia el sur chico. ¡Eso! A iniciativa de un pariente materno de mi misma edad nos fuimos a cortar caña madura en Paramonga, eviscerar y salar peces en Mala y Bujama, vender aceitunas verdes y de las otras en Yauca y Acarí, más otros pasatiempos así de simples al aire libre que para qué les cuento. ¡Salud! Así las cosas hasta que el día menos pensado anclé en la Marcona Mining Company, en prueba, como ayudante del almacenero de la Mercantil. Después de tanta jodienda durante las veinticuatro horas del día, por fin habíamos llegado a la sucursal del cielo en donde se comía en mesa y con cubiertos, se dormía en cama de cuatro patas y hasta se chapuceaba en inglés en las noches y en las horas libres. Pero como el viento y las aguas del mar nunca están quietos como el tren en su paradero, este caminante impenitente un buen día tuvo que regresar a la ratonera de sus progenitores, trayendo en su mochila vacía su incalculable riqueza en colores, notas musicales y sobre todo en palabras, palabras, palabras, al estilo del mismísimo Hámlet ¡eso!, antes de convertirse en el destacado english pupil del borrado Carita de Cielo Mister Arizola y demás yerbas del campo. ¿Y ahora, qué? Esa pregunta sí se pregunta porque hacia ella voy ¡Salud! Yo siempre cruzo las esquinas con luz roja es una novela para el Príncipe de Asturias de España o para el Rómulo Gallegos de Venezuela, pero no para Casa de las Américas de Cuba que es sólo para desclasados y resentidos sociales. En ella, en la novela, ¡eso!, se superponen tres niveles narrativos en los que yo puede ser él; él, tú; tú, yo y otros enredos gramaticales así de simples o de complejos según el ángulo desde donde se lo mire. Pero lo cierto es que al narrador él-tú-yo se le mete en la cabeza la idea peregrina de retirar de las paredes todos los almanaques y calendarios, ¡eso!, desactivar las pilas de todos los relojes, ¡eso!, apagar todos los canales, emisoras y ruidos molestos, ¡eso!, y poner en rojo permanente todos los semáforos de la ciudad porque Pepe Lucho Trigos Pizarro está tomando uno y mil tragos sin tener un mísero cobre en el bolsillo, ni para el pasaje, consciente que nadie, ¡eso!, absolutamente nadie le está esperando en ninguna parte del mundo, mientras él se emborracha como una uva antes de empezar a cantar con la boca torcida por el alcohol tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz… ¡Eso! Feliz, feliz, feliz. O a recitar con los ojos cerrados Scriabin traía para mí un Cirio encendido que se le apagó en el trayecto…; a Vallejo se le quemó el pan en la puerta del horno, pero a mí se me quemó en los trigales… antes de quedarse dormido con la cabeza apoyada en el borde de la mesa, mientras sus amigotes de siempre se van alejando disimuladamente, uno tras otro. ¡Eso!
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