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Edición Nº 1835 | ||||||||||
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Portada |
Por JAIME BEDOYA
HOY no atiendo a provincias. El típico taxi neoyorquino, con el asiento trasero casi a ras del suelo, proporciona grandeza e insignificancia simultáneas. Deben ser lo mismo. Es domingo por la mañana y la llegada a Manhattan es a través de la petrificada y grácil telaraña metálica del puente Queensboro. La visión de su estructura a través de la ventana es una repetición de simetrías aleccionadoras. La lectura es personal. Rapidez, exactitud, multiplicidad1, por ejemplo. Si quieres oírlos, los puentes hablan. En el Gran Gatsby los opulentos habitantes de Long Island anticipaban martinis en sus hierros mientras cruzaban el río. Simon & Garfunkel le dedicaron una canción2, básicamente el monólogo entre un quemadito y el metal. En lo que se llama la búsqueda personal de la felicidad algo debería de valer cruzar un puente. El taxímetro, en todo caso, sigue avanzando. Perfecta sincronía celeste: un niño vomita3 en el auditorio circular del planetario Hayden al momento que efectos especiales multisensoriales explican el Big Bang. La materia se expande y crea vida. Parecen quedar a salvo de salpicaduras, gracias a breve bolsa de papel, un selecto muestreo del perdido arte del souvenir. Llaveros hechos en 1981, cortaúñas de obligatoria e inútil cadenita, pisapapeles con rascacielos flotando en un ambiguo líquido viscoso, otrora señas confirmatorias de haber visitado un lugar, ahora transformadas en baratijas según la falaz sofisticación del gusto medio4. La bolsa con souvenirs señaliza el punto focal de un picnic vespertino en Central Park. La verde explanada del Sheep Meadow alberga lo que está a punto de convertirse en una siesta masiva en el corazón de una ciudad en alerta naranja5. La unánime lasitud es debidamente acompasada por los suaves movimientos de un grupo que practica el tai chu, novísimo arte marcial que combina la serenidad del taichi con el potencial letal del kung fu. Sus maestros llegaron a tal fusión luego de darse por vencidos al cabo de miles de años de serenidad: algunas personas solo entienden por las malas. Restos de Big Bang asoman al borde de la bolsa de papel, despertando el apetito de invertebrados. Antes de sacarle la mierda a alguien el tai chu obliga a mirar al adversario con una mirada penetrante, que suele ser confundida con compasión. Así mira la instructora. No es fácil deshacerse de vómito en silencio. Es verano y llueve a ratos. Las mujeres blancas muestran con cierta urgencia la perentoria promesa de su piel. Las demás no tienen de qué preocuparse. La sensación de agobio que produce la humedad se amplifica y distribuye gracias al continuo flujo de turistas que deglute el estómago de cobre de Times Square. La carnada es de neón. A la altura del octavo piso de la esquina de la calle 49 y la 7ma avenida una gigantesca ola digital revienta sin cesar. Su intención es convencer al espectador de la libertad que supone invertir en Lehman Brothers6. Estaba cantado: Dinero, mar y espíritu. Refrescante amparo para un hot dog posteatro y sus consecuencias. Sweeney Todd, el barbero demoníaco de Fleet Street, fue una curiosa introducción a Broadway cuando niño. Resumiendo: un barbero asesino mata a sus clientes para hacer comida con ellos. Uno se debe a sus padres. La obra de esta noche fue más amable, una historia de amor al son de Abba, escenario idóneo para el amplio despliegue del virtuosismo pop de Benny Anderson y Bjorn Ulvaeus, mozarts del grupo7. Abba, sodio pentotal auditivo, invade la pantalla digital de los agentes de bolsa y transmite escenas dispersas: La casaca de jean forrada con piel de oveja sintética, la preparación del Resaca Sour a la vera del zanjón, jovencitas del Villa María oliendo a agua de colonia bailando perfectamente alineadas, como planetas. Es una fiesta. Es el recuerdo como amenaza. Es el hot dog. Hay motivos de fiesta. Takeru El Tsunami Kobayashi acaba de defender su título por cuarto año consecutivo en la vecina Coney Island. Kobayashi ha impuesto un nuevo record de ingesta de hot dogs: 53 salchichas y media en doce minutos. El ambiciado Cinturón Mostaza es solo suyo. El hot dog local tiene particularidades únicas. La pálida mostaza amarilla y el displicente encebollado al vapor -combinados en una sola experiencia de vitalidad peatonal aprobada por la FDA- activa neurotransmisores. El Tambo Dog, en los 70, producto de un entrañable pero fallido intento de hacer comida chatarra peruana, el Mac Tambo. Una década despues, la proliferación del Chefer, hospitalario carrito sanguchero que estandarizó las papitas al hilo como acompañante del embutido por antonomasia8. La ola de Lehman Brothers ha reventado aproximadamente unas quince veces, distrayendo del ojo público el exacto momento de la llegada de vendedores de mercancía falsificada. Junto con ellos ha aparecido la instructora de tai chu de Central Park, en busca de la iluminación que pueda dar una cartera Louis Vuitton de veinte dólares. No le sonrío, una vulgaridad según oriente. Casi me mata, eso nos une. La instructora mira y no habla. No hay de qué asustarse, la vida está contigo dice el tango. Con toda justicia New York reclama dos paternidades, una de ellas es el hot dog. La otra es el fuck you. ___________ 2 "The 59th Street Bridge Song/Feeling Groovy" (1966) 3 ¿Llegará el día en que la Real Academia acepte el vocablo gomitar como sinónimo? 4 Chibolín usa Versace. 5 Sistema Norteamericano de Seguridad Codificado por Colores: verde (bajo), azul (alerta), amarillo (elevado), naranja (alto) y rojo (severo). 6 Where vision gets built (r) 7 Sus ex esposas, Agneta y Anni Frid, aportaban una mágica mezcla de carne, misterio y voz escandinavos. 8 Mis respetos a La Casita, sobreviviente de los gloriosos días de las salchipapas, la salsa golf y el acné.
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