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Náyade
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Por JOSE
FALCONI
Este es
un relato donde las acciones son casi dejadas de lado por un narrador
que prefiere conscientemente construir texturas y ambientes que
sugieren un conflicto donde el agua - como elemento narrativo- es
signo y significante. Así, la monotonía de la relación
de pareja, cierto ímpetu tanático y la reflexión
monologante marcan un texto que sin embargo no se debería
definir por estas características. Si no por algo inasible
que sólo se desmadeja con una lectura atenta.
"Any and all water is the color of drowning".
Emil Cioran.
LAS ráfagas del agua contra los vidrios la habían
terminado por despertar esa mañana. Llovía fuerte
desde temprano y desde la ventana del departamento podía
ver cómo el agua comenzaba a empozarse en algunos de los
techos aledaños.
No duró mucho en esa posición. Le gustaba sentir
la lluvia en el cuerpo, no mirarla a lo lejos, y menos desde ese
lado del vidrio en donde la ciudad aparecía siempre como
un aletargado pantano gris.
Un día más de lluvia.
Salió de la habitación y se dirigió al baño.
El estudio apenas consistía de dos habitaciones contiguas,
separadas por una pared endeble y un baño demasiado grande
en relación a ellas. Por ello, la bañera, aún
perfectamente esmaltada, terminaba siempre pareciéndole el
espacio más amplio del estudio -el único en el cual
podía estar completamente sola, sin que él se apareciera
de repente y no dejara casi espacio, tal como en ese momento en
que salía del cuarto para entrar en la especie de cocina-comedor
contigua y él estaba allí, en la mesa junto a la puerta,
leyendo el periódico del día. No se dijeron nada.
Después de todo, no había mucho que decir. El día
recién empezaba y una vez más, a pesar de que no se
había articulado palabra alguna, podía percibirse
la sensación de que se había hablado demasiado la
noche anterior. El silencio persistía esa mañana.
Pasó a su lado, rozándolo levemente con los dedos.
Se había acostumbrado a casi no hablar durante las mañanas,
por lo que algunas de sus acciones más frecuentes -como el
rozarlo levemente mientras pasaba a su lado-se habían hecho
mecánicas, hasta convertirse en un vocabulario mudo y previsible.
Él también conocía la rutina de memoria: ella
iría directamente al refrigerador, sacaría la jarra
con agua y se serviría un vaso lleno antes de dirigirse al
baño y quedarse por unos segundos mirando por la ventana
del tragaluz hasta seguramente recordar que estaba desnuda, que
debía ir al baño, que la vecina de abajo, y que había
que apartarse de la ventana, pues la lluvia salpicaba de vez en
cuando en el piso.
- ¿Me podrías servir un poco de agua? Acabo de regresar
de correr.
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Ella volteó a verlo: estaba leyendo, estaba empapado
además, pero por más que quiso no pudo distinguir
en él el sudor de la lluvia. No tenía importancia
intentar diferenciar líquidos, las texturas de agua.
Regresó al refrigerador y comenzó a llenar
el vaso que ya tenía en la mano. Abrió la congeladora,
sacó algo de hielo y lo puso en el vaso que enseguida
dejó sobre la mesa, mientras volvía levemente
a rozarlo y él le agradecía el favor con la
palma de la mano abierta, viéndola entrar al baño
y cerrar la puerta.
"Más agua", pensó al mover la llaves de la
bañera y ver el pequeño chorro caer estrepitosamente
sobre la brillosa superficie del esmalte. Por un rato se quedó
mirando cómo ésta se iba empozando, haciendo
cada vez más sordo su sonido. Recordó que desde
niña siempre había creído que el agua
tenía un sonido opaco, casi hueco que delataba, según
ella, la aspereza oculta del líquido, la húmeda
y fría fricción del agua sobre el agua. Ese
recuerdo trajo consigo otros: mientras dejaba en el lavadero
el par de aretes con los que había dormido, volvía
a recordar que incluso hasta ya entrada en la adolescencia
gustaba de suspender callada y levemente su mano izquierda
sobre la empozada y verduzca agua de la pileta detrás
de casa para, de repente, y haciendo lo posible para que ni
ella misma lo supiera, dejarla caer bruscamente.
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Una vez cortada la prolijidad de la superficie, habiendo despertado
al líquido de su acuática tranquilidad, su leve satisfacción
consistía en constatar que, invariablemente, después
de unos segundos aparecería un tenue remolino en el cual
se podía sentir cómo se desintegraban los oscuros
restos de lo que podía haber sido una planta -un manojo de
hojas apelmazado deshilachándose contra la corriente.
Al poner un pie en la bañera sintió la densidad
del liquido alrededor de la pantorrilla primero, de los muslos,
las caderas y la espalda después.
Con su cuerpo dentro, el agua subió casi hasta rebalsar
la bañera, por lo que tuvo que buscar a tientas, casi debajo
suyo, el tapón del agua, abrirlo levemente y comenzar a sentir
un ligero remolino entre sus dedos. Una vez que el nivel bajó,
pudo moverse con más tranquilidad y cerrar los ojos mientras
acostumbraba su cuerpo a la ligera tibieza del agua: sus caderas
encontraron un lugar, sus brazos se abrieron dejándose caer
y sus piernas se extendieron hasta que sus pies pusieron de relieve
el nuevo margen del agua en la bañera.
No debía quedarse dormida; se lo iba repitiendo mientras
dejaba deslizar su nuca por la hendidura entre la pared y el pulido
filo de la bañera. Envuelta en esa tibieza era tan sencillo
revisitar las siempre pendientes y vagas pretensiones de un ahogamiento
postergado. Podría parecer hasta natural dejar reposar el
rostro en la superficie del agua, intentar quedarse dormida esperando
despertarse siendo un objeto hinchado flotando a la deriva.
La especulación casi siempre terminaba en lo mismo: imaginar
cómo él descubriría su inerte cuerpo, tratar
de imaginar su rostro de muerta en el agua. ¿Cuál
sería su reacción? ¿Acaso se sentiría
culpable y aliviado al mismo tiempo, tal como ella intuía
se sentiría de encontrarlo a él, de pronto, tirado
en la cocina, aún sudado y en medio de los pedazos del vidrio
del vaso?
Sin embargo, lo que más le sorprendía de todo este
flujo de imágenes sobrepuestas era la manera cómo
imaginaba todo aquello: como si lo viera por detrás de un
vidrio empañado de vaho y humedad, esos en los que la ciudad
se veía como aquellas imágenes difusas y encendidas
en el fondo de un pozo. Comparando sus pies del otro lado de la
bañera y el recuerdo de la calle detrás del vidrio
esta mañana, llegó a la conclusión de que ambas
imágenes asemejaban la diluída y lejana silueta de
los peces en el estanque del acuario. Ambas tenían esa película
uniforme que recubría todo de una distancia, de una irrealidad
imposible de vencer. Sospechaba con fastidio, además, que
si cerraba los ojos e intentara recordar sus pies debajo del agua,
no podría distinguir la distancia del agua de aquella que
impone la memoria. "Era imposible distinguir las aguas" pensó
mientras entrecerraba los ojos y sus manos buscaban sus pies hasta
encontrarlos: el agua de la lluvia era indistinguible de la del
sudor, la de la bañera de la de la memoria. Distintas causas,
para terminar en lo mismo, en el mismo líquido, la misma
sustancia que lo cubría todo, haciendo indistinguibles causas,
razones.
Con los ojos cerrados, y el jabón en la mano restregando
el cuerpo, comenzó a llenarse de preguntas -¿Acaso
no sería posible distinguir en el recuerdo el sudor del bañista
que se ahoga en el mar? ¿Podría distinguir la humedad
de la niebla de la humedad salina de las olas en los gastados cascos
de los barcos?-para luego sorprenderse de lo absurdo de las mismas.
Esbozó una vaga sonrisa al reconocerse, también, inundada
de preguntas; el agua, el efecto del agua, elucidó, lo cubría
todo, incluso los términos con los que intentaba calificar
su vaga asociación de ideas.
Al abrir los ojos su mirada quedó fija en una de sus manos
que mecánicamente se deslizaba a lo largo de la superficie
tambaleante y dudosa del agua. La palma de la mano extendida, la
punta de los dedos rozando la corrugada textura: una vez más
bastaba presionar tan sólo un poco para romper la membrana
del liquido empozado. Sin mirar, dejó que su pulgar penetrara
lentamente en la superficie, cavando un pequeño agujero hasta
sentir que podía rozar la superficie pero esta vez desde
el otro lado, desde dentro del agua.
Empezó a moverlo. Por los siguientes minutos su pulgar
cortó de manera uniforme el agua hasta que llegó al
borde la bañera en donde se detuvo a auscultar el borde del
agua, palpando la tenue marca de jabón y espuma que dejaba
el agua en las paredes de la bañera y que se le figuró
como una suerte de costa afilada, un acantilado empinado y definitivo:
aquí había agua y aquí, sólo una milésima
de centímetro más, ya no la había. A pesar
de su poca uniformidad, toda costa tenía algo de rotundo
que terminaba por sorprenderla siempre -era imposible no desconfiar
de la capacidad de ser un espacio de separación, de ser un
recordatorio de que a pesar de su cercanía extrema, la distancia
entre un milímetro y otro es definitiva, cortante.
Previsiblemente, esto la llevó a recordar la tarde en que
ambos caminaron por los acantilados de la ciudad costera. Con la
temporada baja, el pueblo parecía deshabitado. Las mansiones
a un lado solo mostraban sus costras de salitre, mientras que al
otro, debajo de las peñas y las rocas, las olas subrayaban
el rugiente vacío marino. Pero aquella vez, ambos contemplaron
la costa sin poner énfasis en las separaciones sino en el
conjunto. La costa se les planteó como una sorprendente conjunción
de elementos disímiles, un espacio tan propicio como sobredeterminado
para la ocasión, un estereotipo tan certero para las previsibles
frases que intercambiarían, inevitablemente, bajo la ligera
convicción del amor: "todo parece mar, todo parece tierra",
"la garúa es también una ola", "cierra los ojos, ¿sientes
el agua? Todo está cubierto de agua".
Era cierto. Al menos eso último lo era. El agua lo cubría
todo como aquella vez: una mujer con los ojos cerrados en su bañera
llena de agua y sobre ella el techo del edificio ajado, escamoso
y chorreando agua como un pez recién sacado a tierra.
Lo sintió entrar y sentarse en el excusado. Podía
sentir su mirada, aunque si se hacía la idea podía
sentirlo cerrando los ojos, echando para atrás la cabeza.
Daba lo mismo.
- Voy a salir. ¿Quieres algo? -preguntó.
Abrió los ojos y lo vio con el mismo vaso de agua.
- ¿Me dejas el agua? -respondió con una sonrisa.
Mecánicamente, él le entregó el vaso a medias
lleno. Sus miradas se cruzaron por un instante para llegar ambas
al agua enjabonada de la tina, donde terminaron perdiéndose.
No volvió a levantar la vista.
La puerta del baño se cerró, la puerta del estudio
repitió el mismo sonido
Miró el vaso, se lo acercó a los labios para luego
apartarlo y dejarlo lentamente escurrir de sus manos hasta sentir
el fondo de vidrio empujar al agua empozada.
El agua, el vaso cayeron sobre el agua de la tina. Los cubos de
hielo comenzaron a moverse y encallar como témpanos entre
sus pechos y brazos, empujando hasta deshacerse y ser sólo
un poco de agua indistinguible de la otra.
Tanteó y encontró el seguro del agua. Lo arrancó
de su sitio. Cerró los ojos e intentó volver a sintonizar
a la lluvia que de seguro seguiría cayendo allá afuera,
a la vez que comenzaba a sentirse, una vez más, como un eco
distante en el orificio de ese poco de agua que ya empezaba a arremolinarse,
a jalarla delicadamente hacia abajo.
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