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Edición Nº 1836 |
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Portada |
Por
JERONIMO PIMENTEL
AUNQUE la primacía del fútbol nunca estuvo en cuestión en el Perú, la oferta siempre estuvo matizada por uno que otro deporte que, debido a circunstancias coyunturales, logró que las páginas y noticieros de la prensa especializada luzcan más variados. Fue el caso del vóley en los 80s, que ilusionaba a los peruanos con la posibilidad de medallas olímpicas y campeonatos sudamericanos. Acaso esa incipiente pluralidad permitía no sólo hacer más manejable la asfixia futbolística informativa, sino que brindaba a las olimpiadas un cariz de emoción que un deporte colapsado como el peruano ya no tiene. En ese sentido, las últimas olimpiadas se caracterizaron tanto por su enorme espectacularidad, como por el nulo interés que el peatón corriente les brinda. En cierta medida es entendible: ¿de qué le sirve a un peruano inmerso en el tráfago del achichamiento y el achoramiento mundanos apreciar disciplinas cuyas reglas y puntuación desconoce, como la gimnasia, la esgrima o el judo, practicados por rumanas, italianos o japoneses? En apariencia de nada. Porque la mezquindad, la chatura y la ignorancia son por lo general un paquete completo, de carácter endémico. En ese contexto, no resulta en absoluto casual que la mayoría de los periodistas deportivos no tenga la menor idea de quiénes son las figuras en deportes ni siquiera exóticos como la natación o el básquetbol (a excepción, tal vez, de algunos jugadores de la NBA). No es el caso, sin embargo, del equipo liderado por Eddie Fleischman y cía., quienes han tenido para esta transmisión la delicadeza de prepararse adecuadamente. Con sorpresa, el televidente casual puede recibir en poco tiempo ciertas reglas básicas de deportes tan ajenos como el ping pong ("en el saque, la pelota debe estar suspendida y no debe ir hacia la raqueta"), cuya espectacularidad ojalá pueda calar en el inconsciente de algún televidente con la finalidad de romper la primacía del monolítico balompié. Sin embargo, existen problemas en el formato de las transmisiones: no es posible apreciar en ellas el desarrollo de las competencias, perdiéndose emoción. Es cierto que la culpa de que estos programas no cuenten con algún eje más definido va en directa relación con la participación de la minúscula delegación peruana de doce personas (algunos de ellos, invitados), pero una selección más ordenada y desarrollada acaso pueda compensar la anemia deportiva en la que vive el país. (Jerónimo Pimentel)
El Circo de Fito
Para todos los amantes del
cine y la música, la única piedra en la carrera de la actriz
argentina Cecilia Roth es haber estado casada con Fito Páez. El
con mucho buen tecladista gaucho ha hecho de la afectación un estilo
de vida, y del sonsonete y la melcocha sus principales armas para capturar
adeptos en los escenarios latinoamericanos, usufructuando, eso sí,
la admiración sudaca a todo lo que provenga del país del
bife, cuando más estiradas la "elles" y quebradas las muñecas
mejor. La legitimidad de la canción de radio ("Mariposa Technicolor")
no está en cuestión. Que cante y cobre. Lo que sí
fastidia es ese deseo esnob, ambición suscrita por algunos periodistas
cómplices, por disfrazar de artístico el cascarón
o de conceptual la canción de discoteca. De letras ensortijadas
como sus peinados, sus poses de artista desenfadado ("Circo Beat") o telúrico
("Rey Sol") responden apenas a la moda o al mercado, tendencias todas
oportunistas que baraja tras su próximo golpe. La nueva placa de
Páez se titula "Naturaleza Sangre" -la anterior fue "Abre (o pequeña
teoría sobre el fin de la razón)"-, y ambas son la mayor
prueba de su falsa graduación como "artista consciente" para incautos
y neófitos. Puede haber tocado con GIT, Spinetta o Charly García.
Muchos jugadores mediocres campeonaron con el Napoli de Maradona. Sin
embargo, a Páez sí le está reservado un lugar en
la historia (no por sus disfuerzos con Sabina, ni por su mediocridad como
director de cine). Es un triste puesto en la historia del cameo
como anónimo aplaudidor del famoso speech de Agrado en "Todo
sobre Mi Madre", de Almodóvar. Es la única escena odiosa
de la película. (JP)
Se estrenó "Fahrenheit 9/11". Michael Moore posee una
alta conciencia audiovisual, una higiénica actitud crítica
y su enemigo es George W. Bush. Aparentemente, no hay por qué alarmarse.
Sin embargo, no es su figuretismo exacerbado sino su elevado grado de
manipulación y maniqueísmo (del tipo "todos los árabes
son malos") lo que intimida. Como agravante, Moore contó con imágenes
de presos iraquíes humillados en plena polémica y decidió
guardarlas para el estreno. Para ser un paladín de la justicia,
hay que estar más lejos de Maquiavelo.
Aquí
ES Días: 20 y 21 agosto
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