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ARTICULO

26 de agosto de 2004



3º Premio

Cosas Adentro
Una de las sorpresas para el jurado fue descubrir - luego de abrir los sobres con los datos de los participantes- que tras los detalles, pausas y reflexiones del narrador femenino se encontraba un escritor. Sorpresa fundada por la capacidad para captar esas pequeñas inflexiones del alma femenina y esa prístina maldad de los niños en una historia banal pero trascendental para los implicados. Que estos antónimos puedan aparecer juntos es quizá el mayor logro del relato.

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Por CESAR BEDON

ESTOY sentada, frente a la mesa, tomando un vaso de agua. Rodrigo está a mi costado. Ha encontrado la manera de abrir el táper de los pepinillos: la tapa ha caído sobre la mesa, Rodrigo introduce la mano y con los dedos coge una de esas cosas verdes en el fondo. La observa en el aire, sus dedos están chorreando. Se la lleva a la boca.

Los he comprado para él, a mí no me gustan. Cuando Rodrigo da la primera mordida al pepinillo el jugo inunda su boca, y de inmediato su expresión cambia: hace una mueca, como si estuvieran jalando del borde de su rostro o algo así. Termino de beber el agua, me siento mejor. Las bolsas del supermercado siguen en el piso.

Están buenos, le pregunto, y él asiente con la cabeza. Tiene los ojos cerrados.

Ha llevado el cuerpo hacia atrás, para apoyar su cabeza en el respaldo de la silla, ha dejado caer las manos. Es como si aquello dentro de su boca estuviera acariciándolo de un modo insoportable. No quiero que coma mucho antes del almuerzo pero me quedo callada. Rodrigo abre los ojos verdes, sonríe, como si eso fuera exactamente lo que se esperara de él.

A qué hora va a venir Katia, me pregunta, con la boca llena. Creo que es la segunda vez que come pepinillos en toda su vida. A las seis, le digo, y se queda conforme.

Katia es su amiga. La estamos esperando para que comience la fiesta.

La semana pasada por primera vez dejé que Rodrigo durmiera en casa de esa niña. Él estaba tan emocionado. Recuerdo a Rodrigo, a Katia y a su mamá haciéndome adiós desde la puerta, sonriendo. Es raro ese movimiento de la mano, el de hacer adiós. Yo pensaba, mientras iba manejando: creo que aprovecharé para ir al cine. Incluso podría ir por ahí, a tomar algo. Pero no hice nada de eso: vine directamente a la casa. En la noche anduve dando vueltas por los dormitorios, por la sala.

¿Sabes qué me va a regalar? pregunta él. Nada, le digo, por fastidiar. Rodrigo me saca la lengua: un pedazo de pepinillo cae desde su boca y se estrella contra la mesa y él lo recoge y vuelve a llevárselo a la boca abierta: está riendo, sus hombros se mueven. Escucho el sonido de su risa.

Cuando fui a recogerlo, al día siguiente, la mamá de Katia habló conmigo. Fue amable, pero la noté incómoda. Su hija y Rodrigo habían peleado porque no se ponían de acuerdo en quién tenía el primer turno para jugar en la computadora. Luego de discutir un rato Rodrigo salió del dormitorio, molesto. Cuando regresó traía un cuchillo de la cocina. Me imagino que uno grande. No sé qué cara habría puesto Katia, pero Rodrigo la llevó de la mano al baño y empezó a darle agua. Ya pasó, le decía. Ahí fue cuando los descubrieron.

Lo observo mientras coge otro pepinillo del táper. Es mi hijo y está comiendo de esas cosas, sin que yo tenga algo que ver. Me hace sentir extraña. Mueve sus dos manos, su cabeza, está arrodillado en el asiento que él ha escogido. Quieres que haga fideos, le pregunto, porque dentro de un momento deberé cocinar. Sí, dice.

 
n

Entonces la veo, avanzando sobre la mesa: mira, una hormiga, digo. Rodrigo sigue masticando. Nuevamente hace aquella mueca.

Lo he dicho sin pensar, pero luego se me ocurre que no hay razón para dejar de mencionarla. Es una hormiga que camina en zig-zag, probablemente hacia el táper. Rodrigo se mira las manos, están húmedas: seguro que va a regalarme un celular, murmura. Yo le he dicho que me regale un celular.

Quizás la hormiga esté percibiendo en el aire el olor agrio de los pepinillos: deberá bajar de la mesa y avisar a sus compañeras. Pero con el dedo índice Rodrigo la aplasta.

Se ríe. Por qué haces eso, le pregunto. Pero él no me dice nada. Observa la yema de su índice un instante, luego gira el dedo en el aire mientras lo hace descender, con lentitud, para arrastrarlo sobre la mesa. A mitad de su recorrido el cuerpo de la hormiga se desprende del dedo y queda ahí, sobre la mesa blanca. La maté, anuncia. Qué malo eres, respondo. Rodrigo vuelve a sonreírme y mira hacia donde está la hormiga: ha quedado doblada sobre la mesa, como un objeto diminuto que nunca antes se hubiera movido.

No hay que matar a las hormigas, le digo. No sé bien por qué.

Miro hacia abajo y me doy cuenta de que hay movimiento. La hormiga se desdobla apenas, parece que intentara volver a caminar pero no lo logra. Hace ondular algo. Es una pata, o quizás sean dos patas. También podrían ser antenas, o lo que sea que ella tenga por abdomen ahora. Cómo saberlo.

¿Está viva? pregunta. Reclina su cuerpo sobre la mesa, para ver mejor, y queda cerca de mí, tan cerca que puedo oler su cabello. Pienso en llevarme el vaso y limpiar la mesa, pero también pienso en quedarme ahí un momento más. Qué chistoso hace sus patas, me dice.

Está haciéndonos adiós, respondo. Se me ha ocurrido de pronto y tengo la impresión de que va a reír. Pero él está totalmente concentrado: sigue mirando el centro de la mesa, con su cabeza grande muy cerca de la mía. Entonces con mi dedo toco a la hormiga. Rápidamente ella se hace a un lado, avanza la distancia que para un insecto de su tamaño debe ser el equivalente de seis o siete pasos. Luego se detiene.

¿Se va a morir? me pregunta. Parece que sí, le digo.

En realidad su cuerpo no es negro, sino de color marrón. Puedo distinguir su cabeza. Me pregunto qué hay ahí adentro.

No puede morir, añado, y me doy cuenta de que acabo de decir algo estúpido. Él me observa desconcertado y repentinamente siento que puedo caer dentro de aquellos ojos redondos, en el centro negro de aquellos ojos que un instante después se mueven en otra dirección. Se quedan mirando el reloj, que está en la pared.

Tiene juegos el celular, murmura. En el recreo voy a jugar con el celular.

La hormiga ha dejado de moverse. No voy a permitir que tengas celular, contesto. Nadie en tu salón tiene uno.

Él vuelve a meter la mano en el táper. Sus dedos se cierran en torno a un pepinillo pero sin razón alguna lo sueltan. Suspira, como si de pronto hubiera recordado algo, y en ese momento sus pensamientos están muy lejos de la cocina. Hace un sonido con la boca al suspirar, el sonido de algo que se desinfla. Katia tiene un perro, me dice. Es bien grande.

No sabía que tenían un perro en su casa, le digo. Cómo se llama.

Se llama "Jirafa", me responde.

No añade más. Finalmente coge un pepinillo en el centro del táper, lo lleva hasta su boca y lo muerde, con cierta agresividad: hace esa mueca de nuevo, al sentir el sabor.

No puede morir, repito. Siento vergüenza, pero es lo único que se me ocurre. Miro hacia abajo: creo que la hormiga ya no se mueve. Entonces pienso en qué hubiera sucedido si nadie la aplastaba. La hormiga habría bajado hasta el piso inmenso de la cocina, luego habría recorrido el camino hacia el lugar oscuro donde otras hormigas idénticas estarían esperándola. La imagino también escalando la pared de plástico del táper, descendiendo para ir directamente a ahogarse en la salmuera.

Baja de la silla, con su cabeza ocupada aún en las cosas que está imaginando, apoya ambos pies en el piso y comienza a caminar hacia el refrigerador. Luego lo abre. Se queda mirando el interior, como si aguardara a que alguien lo hiciese pasar.

Vi un documental hace años, en la televisión. Era acerca de una expedición submarina, una expedición que descendía al fondo del océano. Realmente al fondo. Nueve mil metros, diez mil metros hacia abajo. Los robots enviados por los científicos tocaban abismos donde ni siquiera puede llegar la luz del sol. Flotando en las profundidades hay toda clase de criaturas deformes, monstruos de color blanco rodeados de oscuridad... Recuerdo que un robot iba moviéndose sobre el piso del océano, con sus faros encendidos. Nada se escuchaba. En cierto momento descubrió lo que parecía ser una elevación, una especie de montaña que fue iluminando palmo por palmo, a lo largo de varias horas. Era el cadáver de una ballena.

Saca la botella de gaseosa del refrigerador, ahí dentro está la torta que he comprado. Busca un vaso en el repostero. No entiendo bien cómo, pero de repente aquello que vi en el documental me parece importante. Muy importante. Siento que debo extraer algún conocimiento de eso. El cuerpo de la ballena había ido cayendo durante todo un día, hasta depositarse en el fondo mismo del océano donde los gusanos del agua se la comerían a lo largo de los años. Recuerdo haberme preguntado si acaso era un alma, o algo parecido, lo que mantenía flotando a esa ballena.

Está a mi lado, tomando la gaseosa amarilla. Muerde el vaso y me observa. Entonces noto que la hormiga se mueve. Sigue viva. Tiene cabeza, tiene cuerpo. Miro la ondulación de sus patas, una ondulación tan mínima que fijar los ojos en ella duele, y de pronto siento que se trata de una especie de gesto.

Si es que existe algún pensamiento diminuto ahí dentro, si es que existe cualquier cosa ínfima en un rincón, quedará encerrada y luego desaparecerá cuando la hormiga deje de moverse.

Entonces se lo pregunto. Alzo la mirada hacia él y veo sus brazos apoyados en la mesa, su boca entreabierta. Qué crees que nos quiere decir, le pregunto.

Al principio no me entiende. La hormiga ha empezado a moverse un poco más rápido y yo vuelvo a preguntárselo: qué crees que nos quiere decir.

No sé, me responde él: encoge los hombros, tuerce la boca y yo observo por un instante su cabeza llena de venas y de sangre, que habla y se mueve a mi costado. No la escucho, añade.

Yo tampoco, le digo. Veo cómo acerca su oreja al lugar donde está la hormiga: no puedo escucharla, grita. Yo tampoco, repito.

Y entonces me dice: en mi cuarto tengo un micrófono. No lo pronuncia bien: el micrófono de mi piano, grita. Sale corriendo de la cocina y yo escucho sus pasos alejándose. Me quedo sentada, mirando hacia abajo. En verdad estoy esperando que suceda algo.

 

 


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