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ARTES & ENSARTES 26 de agosto de 2004
Por LUIS E. LAMA

Caramelo de Vitriolo

ES muy difícil comprender la programación de Punctum. Ahora tiene dos exposiciones ubicadas en las antípodas, produciendo una sensación de esquizofrenia en su política de exhibiciones. Reunir una pintura tan... acaramelada (?) como la de Melissa Ragañaga con un video tan vitriólico como el de Patricia Bueno resulta por lo menos incoherente para una galería que se inició como una rigurosa alternativa al establishment comercial limeño.

La visita se justifica por el video de Bueno cuyo contenido pudiera considerarse críptico para los no iniciados, mientras que los que no han leído a Susan Sontag (Contra la interpretación) se empeñan en dar múltiples lecturas a una obra que puede ser un ejemplo de lo que la posmodernidad dejó entre nosotros al fusionar múltiples fuentes de disímiles procedencias, rompiendo las categorías entre erudito y popular, local y universal: Hitchcock, Stravinsky, Kentridge, los principios soviéticos del montaje, las sombras chinescas y los rituales andinos.

Con estos elementos Bueno crea una pesadilla personal donde se aprecian los conflictos personales, los choques de género, la violencia familiar y social al interior de una casa cazada por pájaros, que han invertido sus roles transformándose en victimarios. A estos elementos se suma una banda sonora particularmente distorsionada, pues los diálogos de los personajes tras las máscaras resultan ininteligibles. Tampoco interesa entenderlo. La simple entonación de las palabras resulta infinitamente más corrosiva al prestarse a múltiples lecturas del espectador.

El resultado es perturbador, particularmente en el fragmento de las sombras que sugieren aquello oculto que intuimos pero nunca llegaremos a precisar. En cambio las máscaras nos anclan en la realidad y las tomas con los personajes en el exterior brindan una apariencia de respiro al universo claustrofóbico al que nos había(mos) sometido.

Patricia Bueno ha hecho una obra valiente, sin concesiones. Que su lenguaje visual pudiera ocasionar rechazo por su erudición -para Lima- es un acto de audacia que merece absoluto respeto. Ella ha dado un salto al vacío, pero su aterrizaje ha sido espléndido.

LOS MUERTOS. Recibo con tardanza el número 69 de Parkett dedicado, entre otros, a Francis Alÿs. La revista -en realidad es más un libro de ensayos- dedica varias páginas a la faraónica acción realizada con 500 personas intentando mover una montaña en Ventanilla (ver foto) que en cierto modo simbolizaría la defunción de la antigua Bienal.

A propósito de Alÿs recuerdo a los 26 miembros del star system que participan en "Al final del eclipse" y compruebo que la mayoría no vive en América Latina y que su producción es un arte de periféricos que viven o trabajan en -o para- el centro, como ocurre con Camnitzer, quien residiendo al norte de Nueva York desde hace unos 30 años, sigue haciendo obras que pretende subversivas sobre una América Latina infinitamente más compleja que la existente en su imaginación. Otro ejemplo: Alfredo Jaar ejerce en Manhattan y tiene una obra tan chilena como el pisco sour.

¿Arte Latinoamericano? Nadie se atreve a precisar si éste existe y en qué consiste, pero basta pensar que en un continente en que la mayoría de los artistas son pintores, éstos -salvo algún blockbuster del marketing como Iturria- han sido satanizados por curadores (limeños incluidos) que ignoraban a Santayana. De haberlo leído sabrían la importancia de conocer el pasado y que, por ejemplo, en los años setenta se cometió el mismo error de hoy, hasta que un diluvio generacional terminó por imponer de nuevo a la pintura como una disciplina prioritaria. Y esa obsolescencia a la que tanto temían, terminó por apoderarse de ellos, volviéndolos rápidamente decrépitos.

El eclipse sigue firme para España. Recuerdo el virulento rechazo que ocasionara la obra de Bendayán en Madrid por ser el peruano que más se apartaba de las experiencias ya asimiladas. Con Alÿs sucede lo contrario. Va de Bélgica a México, se compenetra con lo que allí sucede y termina haciendo una obra altamente comprometida. Pero Alÿs -como Santiago Sierra- no figura en esta hoguera de las vanidades y finalmente está siendo reconocido al salir del DF hacia Nueva York y Europa. Admitamos, pues, que en el centro siguen creyendo que sin ellos, todos estamos muertos.

 

 


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