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MAL MENOR
26 de agosto de 2004

Por JAIME BEDOYA
Queridos Monstruos

n

QUE vuelvan los monstruos. El fantasma de sábana, el escalofrío sin grito y la correteada en pijama. Flor de espantos nocturnos de cuando el mundo era suficientemente amable como para dividirse entre buenos y malos, tú al medio.

Retorne el pavor imaginario debajo de las camas infantiles, amable tiniebla de polvo y arañas desentendidas. (Castañeteo de dientes por la rama en la ventana.) Porque preferible el macabro hirsutismo de utilería, el temblor bajo control frente al colmillo plástico que derrama química roja que el degradado temor a la realidad pedestre que nadie controla. El hijo de puta con pistola en cualquier esquina y las deudas que caminan solas hasta la puerta de tu casa. Eso es terror.

Fácil era asustarse antes. Los monstruos estaban en su sitio. Limalandia Park1 era uno de ellos. Los espectros esperaban en el Castillo del Terror, oscuro laberinto de latón y bulla pintado al duco. Los niños salían con los ojos cerrados. Las señoras con la callada y agradecida impronta de una firme palma ajena calibrando la terca firmeza de sus nalgas.

Otras de sus guaridas era el Centro Comercial Todos. Este lugar, como la vida, era alegría y dolor, juntos y vecinos. Fuente de la fresca e imprescindible dotación de pijamas de franela en los inagotables estantes de Oeschle. O manantial de delicias en la curvilínea barra de su snack bar homónimo, otro refugio perdido por la cultura del escarbadiente2. Pero al fondo, en la aparentemente inocua y angloparlante librería ABC, entre muy respetables libros de previsible incorporación personal como parte de la así llamada buena educación, convivía el miedo voluntario y a colores. Era una publicación descartable y pueril, pero placenteramente intimidatoria. La revista Famous Monsters.

Llevaba monstruos en la carátula. Monstruos en la última página. Y más monstruos entre ambos extremos. Fundada en 1958 bajo la batuta de su irremplazable editor Forrest J. Ackerman, Famous Monsters cultivaba el interés desmedido por la monstruosidad, afán de niños con alto potencial de desadaptación social futura. Aquellos incómodos bajo la impostada luz de la norma, fría como la fluorescencia, hallábanse cobijados por la calidez de lo sinceramente deforme.

Como no podía ser de otra manera el propio Ackerman era un nerd añejo, que lejos de traicionar su naturaleza escudándose bajo el expediente adulto de ganar dinero como venganza, había decidido dedicar su madurez a fortalecer una comunidad imaginaria. Los monstruos y sus seguidores eran hermanos, que tenían por común adversario al resto del mundo, el normal.

Famous Monsters3 glorificaba, con justicia, la época de oro de la Universal Pictures, cuando el género de horror clásico dominaba las pantallas mundiales. Su prédica se sostenía en una divina y perfecta trinidad vista con envidia desde las esferas parroquiales: el padre, Boris Karloff. El hijo, Lon Chaney Jr. Y el espíritu santo, Bela Lugosi.

Karloff, discreto y parco inglés, le había dado el más humano momento a un engendro no vivo: En Frankestein (1931), el monstruo está sentado al borde de una laguna junto con una niña. Ambos tienen una flor en la mano. Van cortando sus pétalos uno por uno, lanzándolos al agua. Los pétalos se alejan flotando grácilmente, como una promesa. Cuando la flor de Frankestein queda sin pétalos, éste coge a la niña y la lanza al agua, para que flote. La niña se hunde. El no entiende, gruñe. Luego el pueblo enardecido lo busca y quema.

Lon Chaney Jr, natural de Oklahoma, tuvo que aprender a hablar con la cara para comunicarse con unos abuelos sordomudos. La casualidad no existe: el fue el único de los tres que interpretó a los cuatro espantos mayores: Frankestein, Drácula, la Momia, y el Hombre Lobo4.

Lugosi, nacido en Transilvania e hijo menor de un banquero, dormía con la capa y el anillo de Drácula, completamente intoxicado en morfina, su verdadera sangre.

Forry Ackerman sigue vivo. Tiene casi noventa años y en su pobre pero feliz vejez ha visto su casa museo -quien toca el timbre entra- sujeta a toda clase de robos por nerds desconsiderados, que los hay. Lo único que no podrán quitarle en vida son dos anillos. Aquel usado por Lugosi en Drácula en la mano izquierda, el de la momia Kharis interpretado por Karloff en la derecha. Cabe la posibilidad que Ackerman no muera.

Estos monstruos ya no existen. Lo que queda de ellos lo venden en cajas, por amazon.com5. El susto ha dejado de ser gentil, y resulta razonable comprar un poco de miedo digno y seguro. Es necesario pensar un rato antes de poder responder qué asusta ahora.

El cáncer, los imbéciles, los accidentes de tránsito, por ejemplo. Todos aparecen sin gracia y de improviso.

________
1 Parque de Diversiones permanente en la Salaverry, al lado del Lawn Tennis. ¿Dónde se fue?

2 Muerte a las maquinitas tragamonedas.

3 Sucedáneo asequible era el chiste chileno El Siniestro Doctor Mortis. Su protagonista, escudado en multiplicidad de anagramas (Tiss Morgan, Ros Timor, etc), era un ser maligno e inmortal que no ocultaba la claridad de una misión hasta cierto punto atendible: la total destrucción del género humano.

4 Frase memorable: "Anoche tuve otra de mis horrible experiencias" (Lon Chaney Jr. como Lawrence Talbot, el licántropo)

5 "The Monster Legacy Collection" (seis DVDS, $ 75.48)

 

 


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