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26 de agosto de 2004

Frustración Rural y Urbana

Por RICHARD WEBB

Para reducir la pobreza, es necesario enriquecer el diálogo sobre el tema: tanto el diagnóstico como el tratamiento requieren de una mirada más de cerca. Un primer paso sería mirar por separado a los pobres rurales y a los urbanos.

LA POBREZA RURA

La mitad de los pobres del país vive en el campo y su situación económica depende principalmente de la agricultura. La mayoría tiene pequeñas parcelas, aunque algunos carecen de tierras y trabajan como peones para otros. Otras actividades, como el comercio, el transporte, la artesanía y el trabajo eventual en la construcción constituyen fuentes adicionales de ingreso; y además, la población rural recibe ahora donaciones de familiares y del gobierno que suman un impresionante 17 por ciento de su ingreso total.

No obstante la variedad de actividades y recursos que sustentan la economía rural, la agricultura es sin duda la base determinante. El aumento o la reducción de la pobreza dependen esencialmente de lo que produce el agro. Pero no sólo de cuántos kilos se cosecha: también de los precios que reciben esos cultivos en el mercado. Antes, mucho de lo que producía la tierra se quedaba en manos de los hacendados, pero después de la reforma agraria, lo que rinde el campo contribuye mayormente a la economía familiar de los pequeños agricultores.

Durante la última década, ¿ha crecido la producción del campo? Los datos revelan una realidad frustrante. Primero, la producción sí creció, en 31 por ciento entre 1994 y 2003, pero cada año el aumento productivo se vio anulado por la caída de los precios agrícolas. Si se considera el costo de vida, los precios agrícolas han perdido el 32 por ciento de su valor de hace diez años. Además, la población ha seguido aumentando. El resultado es que el valor real del producto del campo, por persona, ha caído en 23 por ciento desde 1994.

Al final, la base económica que sustenta al 50 por ciento de los pobres del país se ha achicado.

 
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LA POBREZA URBANA

La economía de los pobres que viven en áreas urbanas depende sobre todo de su mano de obra y del minúsculo capital de sus microempresas. Con esos recursos comercian, reparan y proveen servicios. Los más pobres no tienen más que su trabajo manual para ofrecer al mercado. De allí que un indicador significante de si la pobreza urbana aumenta o disminuye sea el salario del trabajador del menor nivel, como los que prestan servicio doméstico o los que proveen los servicios más elementales. Sería de esperar que exista una correlación estrecha entre ese salario y el nivel de pobreza urbana.

¿Cuál ha sido la tendencia de ese salario urbano? Podemos recurrir a una estadística poco utilizada que puede servirnos de indicador. Se trata de datos que se recogen y se publican como parte de la medición del costo de vida, incluyendo el salario del trabajador doméstico y lo que se cobra por los oficios más típicos como los del sastre, el zapatero, el carpintero y los que reparan aparatos.

El dato más dramático, quizás, es el salario del trabajador doméstico, que aumentó en 15.6 por ciento durante la última década, indicando una recuperación de la demanda de mano de obra y una probable reducción de la pobreza urbana. Sin embargo, se descubre que la mejora se concentra totalmente en el periodo 1994 a 1997, cuando el salario sube 27 por ciento. A partir de 1998, más bien, se reduce en 9 por ciento.

En el caso de otros servicios, la tendencia ha sido menos favorable. Lo que reciben el sastre, el carpintero y el zapatero en el 2004, en cada caso, es menos de lo que recibía hace diez años. El único oficio que ha visto una mejora en ese periodo es el del reparador de aparatos, resultado que no debe sorprender en vista de la extraordinaria expansión en el uso de televisores, de equipos de música y otos electrónicos.

Al mismo tiempo, se repite el ciclo que se evidencia en el caso de los trabajadores domésticos: los sastres, los carpinteros y los zapateros mejoran sus ingresos entre 1994 y 1997, pero desde 1998 empiezan a ganar menos.

Ni en el campo ni en la ciudad se descubre una dinámica favorable a los pobres durante los últimos diez años. Para los pobres rurales, el exitoso esfuerzo productivo se ha visto cancelado por el mecanismo negativo de los precios. Y para los urbanos, se evidencia poco crecimiento en la demanda de la mano de obra más barata, o sea, la de los pobres.


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