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ARTICULO

9 de setiembre de 2004

Mención Honrosa

El Despido
El baile de las apariencias se torna tragedia cuando el patriarca de una familia bien pierde el trabajo. En este nuevo contexto de crisis, el lenguaje, el tiempo interno y la estructura se erigen como personajes que determinan la naturaleza de un divertido relato donde la esposa, los hijos y hasta la empleada tienen mucho que decir al vivir una experiencia tan común para la mayoría de peruanos.

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Por JOE MILLER

LA sala era un mar de llantos. Don Carlo no podía consolar a su esposa. Bella, ella lloraba llena de llanto. Triste. Qué dirán. Avergonzada. ¡Pobres, no! Fabiola, la menor. Todavía en casa. Todavía pequeña. La miraba enrojecida por el sol y la mala noticia. ¿Y la casa de playa? Te odio, papi. Mejor subo a mi cuarto a escuchar Cristina. ¡Fabiolita! A dormirse de nuevo. La doña lloraba. Llena de llanto. No es posible, gordo. Qué va a ser de mi. Agüita de azahar. Una fuerte punzada le producía mareos al don. Espérate un ratito, amor, que te traigo algo para que tomes. ¡María! Ya no tardo. Lloraba. Desparramada en el sofá de la sala. ¡Carlitos! ¿Dónde está Carlitos? Lloraba. El maquillaje corrido. La cara marchita. Húmeda. Los ojos como rojos cristales. Lloraba.

Al salir de la oficina Don Carlo, más que dolido por la mala noticia, pensaba en cómo hacerle frente a su familia. Cómo decirles que había perdido todo. Que ya no tenía el gran trabajo de toda la vida. Que estaba en la calle, cerca a la ruina. Autómata, condujo el carro desde la oficina en Rivera Navarrete hasta La Molina. Las calles vacías. Era casi la medianoche. Los semáforos en rojo estaban para nada. Javier Prado de frente. De allí por La Fontana. El control remoto activaba el portón mecánico. El Nissan de la doña ya estaba en su sitio. ¿Cómo le digo?

María lloraba al lado de la doña. Cada una con su vasito de agua. Tómatelo todo. Todo, amor. Así. No puede ser, Carlo. No nos puede pasar esto. Los chicos. La universidad. Mi madre. Don Carlo acompañaba al agüita de su esposa con un whisky puro. A tanganazo puro. Uno atrás de otro. Hasta que me tumbe, caracho. Porque a mí solo me tumba el whisky, amor, porque trabajos sobran, ya vas a ver. Sentado en otro sofá miraba como María miraba a la doña tratando de tranquilizarla. El vaso en el aire, temblando. El agua en la mar brava. En vaivenes y remolinos nerviosos que derramaban gotitas por la alfombra. Piense en sus hijos, doña. Ellos no la pueden ver así. El joven Carlos va a entender. La niña también. Piense en ellos, doña. Escuche a don Carlo. No va a pasar nada.

La televisión encendida en la sala acompañaba a la doña en su primer sueño. Amable, ella, había estado esperando hasta tarde a su gordo para ordenar a María que le sirviera la comida. La repetición de un programa del mediodía. Mi novio se fue con mi mejor amiga. Ay, estaba esperándote gordo. ¡María, la comida del señor! Sí, doña. Mejor vamos al cuarto. Sabes que no me gusta que comas en la habitación, gordo. Yo te acompaño. Se sirvió un whisky. Es el único que me tumba, pensaba. Y después del primer trago le entró valor. Como lo hacía cuando en reuniones de trabajo. Un traguito y se me descorcha la lengua. Hay problemas en el trabajo, amor.

 
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Cuando Carlitos llegó, su madre miraba la alfombra sin ver nada. Con el vaso en la mano. Firme. Sosteniéndola para no terminar rodada por el suelo. Don Carlo lo miró y no le dijo nada. Desconcertado vio que María se levantaba de su sitio y se metía en la cocina con su agüita de azahar. Nos jodimos, Carlitos. Nos jodimos. No entendía nada. Su mamá seguía perdida en sus pensamientos. Dejando caer, flojas, gotas negras del maquillaje. ¡Nos jodimos, qué! ¿De qué hablas? La doña soltaba gemidos de congoja. Y otra vez lloriqueaba. Qué va a ser de mí. Mi casa. Mis amigas. ¿Dónde está Carlitos? ¡Carlitos! Aquí estoy, mamá. ¡Habla con tu padre, hijo! Habla con él. Me quedé sin trabajo, flaco. Nos jodimos, bien, caracho.

Cómo que problemas, gordo. Qué quiere decir eso. Don Carlo hacía un ligero esfuerzo para pasar la saliva. Un trago. Uno atrás de otro. Primero tranquilízate, amor. El vaso se está acabando. Se para. Lo llena. Perdí el trabajo, amor. El conchesumadre de Antonio se limpió las manos conmigo y me echó como un perro, caracho. ¡Qué! Tranquilízate, vieja, Fabiolita ya debe estar durmiendo. ¡Cómo que sin trabajo! Qué significa eso. Eso es eso, vieja, amor, me botaron. Sin trabajo. Lloraba. Sin trabajo. Tomaba. María miraba desde el fondo. A la entrada de la cocina. ¿Sin trabajo? Se secaba las manos secas con el mantel. Por hacer algo. Lloraba, desesperada.

¿Y mi hermana? En su cuarto. Nos jodimos, flaco. Nada de nos jodimos, viejo. A ti nada te tumba. Pensaba: solo el trago. Su camisa mojada y sucia de rimel. La doña sollozaba en sus brazos. Ya, mamá. Ya, mamá. ¿Quieres un trago, flaco? Con hielo, pá. Vamos para que descanses. Ya mañana conversamos tranquilos, mami. Avergonzada. Qué va a decir la familia. Mi mamá. ¿Y el padre Huguito? Búscame al padre Huguito, hijo. Ya es muy tarde. Mañana lo traigo a primera hora. Toma, flaco. Seco y volteao, como tu viejo. Ya, papi, ahorita. Los tres sentados. La sala muda. Cargada. Sombría. Habla con tu hermana, gordo. Llámala a Italia, gordo. El vaso a la boca. Fogosa. Faltaba un cigarro.

Fabiola se saltaba las escaleras. Qué pasa con mi mami. ¡Qué le has hecho papá! Lloraba de verla llorar. Gritaba de verla gritar. El vaso de whisky a la mitad. Tranquila, Fabiolita, no pasa nada. Que haces despierta, hija. No pasa nada. Vuelve a la cama. El baño de visitas. Papel higiénico. ¡María, trae agua! Por qué lloras así, mami. Qué te ha hecho. La doña no respondía. Lloraba. Que alguien me diga algo. Es que perdí mi trabajo, hija. María llegaba con el agua. ¡Cómo! O sea que ya no vamos a comprar casa en la playa. No llores, Fabiolita. Tranquila. Ese Antonio a mí no me tumba. Vamos a tener casa en todas partes. Vieja, tranquila. Ya vas a ver. A mí nada me tumba, caracho. María, lléname este vaso a mí de la botella que está en la mesa. ¿Y su comida, don?

¡Ahora! ¡Quiero al padre Huguito ahora, Carlitos! Ya, ya, mamá. Le acaricia la cara. Le limpia las lágrimas. Toma. Le tiembla la mano. Él también está nervioso. Remolinos en el trago. Llévala a dormir, flaco. En susurro trata de no alargar más el sufrimiento. Ya es bien tarde. Ya todos a descansar. ¡Yo no me voy a dormir a ninguna nada! Tráeme al padre Huguito, hijo. Le ruega. Lo coge de la camisa. La arruga. Ya mojada. Ya sucia. Dile a tu papá que hable con tu tía Agustina. Qué van a decir todos. ¿Se mudarán de La Molina? Que hable, hijo. Carlitos logra desprender la mano adormecida de su camisa. Ya, mami. Despacio que Fabiola está durmiendo. Otra vez lloraba.

Es que cómo es posible, papi. ¡Cómo! Veía a las tres mujeres en su sala. María parada sin decir nada. La doña llorando desconsolada. Fabiola incrédula con la noticia. Y él había perdido el trabajo. Sentado en el sofá tomando lo único que lo tumbaba. ¿Dónde esta Carlitos? Mi hijo. No quería agua. Sécate, mami. ¿Dónde está mi hijo? Abrazaba a Fabiola. Y si hablas con tu hermana, gordo. Ella puede hacer que te devuelvan tu trabajo. Ella conoce a Antonio desde cuando estudiaban en Italia, ¿no? Por qué no le hablas. Ya, vieja, amor, tranquila. Ahora no podemos hablar de nada. Mejor mañana. ¡Mañana, nada! ¡Llama a tu hermana, caricho! ¡Tú nunca haces nada! Don Carlo tomaba.

¡Ya vieja, carajo! Déjate de llorar que quien ha perdido el trabajo soy yo y no tú, que nunca has trabajado. ¡Ay, hijo! ¡Ves! Tranquilo, papi. La vieja está descompuesta. ¡Ya pues, pero ya le dije que no se preocupe! Acaso les ha faltado algo a ustedes alguna vez. Ves, es porque yo cumplo. Porque a mí no me tumba nada, caracho. Seco y volteao, como tu hijo. ¡Es que eres un cojudo, Carlo! Por dejarte quitar el trabajo por el calzonudo de Antonio. ¡Si tu hermana supiera! La doña solo miraba al hijo. Carlitos no decía nada. Miraba al viejo. Don Carlo lloraba. Por primera vez. ¿Acaso no era honesto?, pensaba. ¿Acaso no se rompía el lomo trabajando para que a su familia no le falte nada? Se sentía mareado. Miraba el vaso. Vacío.

Vieja, amor, no puedes llorar así delante de Fabiolita. Tranquila, pues. Eso lo soluciono mañana. Hoy vamos a dormir. María desaparece como iniciando el camino del fin de la noche. Por la cocina. Todos a descansar. Fabio mira el reloj en la pared. Iba a ser la una. Vamos, mami, que mañana tengo que ir a estudiar. La doña no decía nada. Miraba nada. Los ojos corridos hasta los pómulos. Las lágrimas mezclándose con las gotas de whisky en la alfombra. Se termina el vaso. El último, pensaba. Se pone de pie. Fabiola lo imita. La doña los miraba. Miraba a don Carlo. Recordaba. Lloraba.

Se para lentamente. Mareado. Miraba a su esposa. Trata de dar un paso. Lo logra. El otro. Tumba un cenicero de la mesa de centro. ¡Caracho! Ya, flaco, a la cama. ¡Tú nunca piensas en tu familia! ¡Te importas solamente tú! Siempre ha sido así, Carlo. No solo me engañas sino que también me dejas abandonada con tus hijos. La miraba. Mareado. Mami tranquila. No grites así. ¡Yo nunca los he abandonado! ¡Ya te he dicho que es mentira! Yo te amo, vieja, amor. María vuelve. Oye los gritos. Fabiola no. Dormía. Carlitos se pone en medio de los dos. El don tambalea. La doña chilla. María con el mantel en las manos secas. La sala se convierte en un loquerío. ¡Ya basta!

Fabiola vuelve a ver a su mami llorar. Trata de levantarla. No puede. La doña no ayuda. Se cansa. Enrojecida por el sol y la mala noticia, daba un último intento. Papi, dame una mano. Ve la suya. Un vaso lleno de nuevo. Remolinos, marea picada. Fabiolita, hija, no entiendes. Tu papi tiene que llamar a tu tía ahora mismo para que solucione el problema. Y él no quiere hacerlo. Es un papanatas sinvergüenza y me odia. Mami no digas eso. Ya vieja, baja la voz que estás diciendo cosas feas. Lloraba. Qué vergüenza. Tú no sabes lo que van a decir en la calle si no llamas a tu hermana y recuperas el trabajo. Fabiola, roja, triste, cansada. Me voy a dormir. A escuchar música, pensaba. ¡Agüita de azahar, María! Tranquila, amor. No llores.

¡Me largo! ¡Yo necesito su apoyo, no que me ataquen! Carlitos coge a su mami. Don Carlo avanza como puede. Llora por segunda vez. Papi tranquilo, anda a descansar. ¡No, flaco! ¡Me voy! ¡Vete pues, calzonudo! ¡Mujeriego! Lloraba el flaco. María. La doña. Don Carlo. Fabiola ¿durmiendo? Ya vieja, déjalo tranquilo. Discutan en otro momento. María, no dejes que se vaya mi papá. ¿Cómo joven? Ven mami, ven a descansar. Yo me voy, flaco. Párate en la puerta, María. No dejes que salga. No puedo, joven. Ya no llores mamá. Su papi se ha caído, joven. Se ha quedado dormido en el suelo, joven. ¡Levántalo! Carlitos regresa a la sala. Ve a María que ve a su papá. Llévale a mi mamá más agüita de azahar, María, que no deja de llorar. Yo me encargo de mi papá. Arriba. En el cuarto la doña lloraba. Tirada en la cama. El viejo tumbado al lado. Ya amor, vieja, hablamos mañana. Se abrazaban. Lloraban. Ya hablamos mañana. Mañana.


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