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9 de setiembre de 2004

Por LORENA TUDELA LOVEDAY

Ya Gordo Bruce, Párala

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HIJA, todo empezó con la demolición de la casa de las Díaz Ufano, que si bien era medio huachafona, qué quieres que te diga, tiraba su gatazo. Bueno, hace un mes amaneció demolida y quince días más tarde se levantaba un edificio de diez pisos en su lugar, de modo que mi área de servicio da ahora al himeneo de un par de jubilados que parecen los padrastros de cualquier Marcial Ayaipoma, tanto que mis helechos babilónicos ya no quieren que los saque por las noches a tomar aire, me lo han dicho y yo los entiendo, hija, los entiendo, porque entre conversar con mis plantas y dialogar con la sociedad civil nacional, ejem, cómo te explico.

Bueno, cuando hace diez años me mudé a este pent house con vista al Golf, pucha, apechugué con que tenía que aceptar que mientras me duchaba tenía que ver a los Dammert (¿te has fijado que en Lima siempre hay un Dammert en todas partes?) sacar y meter sus autos a las cocheras y bueno, tan grave no era, además que en París precisamente no estamos. Hasta que zuácate, hace dos semanas como quien no quiere la cosa, se tiraron abajo el tortón estilo retortijón renacentista y en siete días los diligentes maestritos levantaron una pila de ratoneras de cuarenta metros cuadrados, hija, donde para vivir tienes que elegir entre la abuela o el refrigerador, porque los dos no entran, con razón comen tan mal, ¿no te parece?

Hasta dónde estaremos llegando con el envilecimiento del espacio público, chola, que el otro día viene la Jessikah's Jesseniah's haciendo sonar un llavero en las manos y me dice, "señorita China, vamos a estar al mismo nivel". Pucha, o sea, yo que creía que me estaba hablando de feminismo, que lo adoooooro y le contesté, "regio, me encanta que tengamos los mismos derechos". "No señorita China, me he comprado un dúplex bien chénguere en el edificio Las Brisas del Golf". "¿En cuál?, salté hasta la lámpara. "Acá, venga señorita China, ese bien paja que se ve desde su escritorio". Bueno, y ahora me tienes que los domingos cuando madame Jessy se va de salida, me la tengo que soplar a metro y medio de mi ventana bailando a Dina Páucar abrazada a un peluche color rosado chicle, allí donde antes solo veía el grass del Lima Golf y eventualmente a un Hohagen seguido por su caddy como máxima perturbación.

En resumen, si antes mi edificio era una torrecilla imperceptible que se recortaba contra el gris de nuestro cielo conmigo asomada al balcón como una imagen dibujada por algún pintor del grupo de Blomsbury, ahora lo que tienes es un peine desdentado con mamarrachos en color pastel de todas las alturas y al medio yo sumergida entre las ventosidades de los Ayaipoma, las fiestas de los sábados de los del edificio verde aguamarina y la Jessikah's Jesseniah's estando donde nunca debería de estar, no sé si me entiendes. Y si te menciono a los del edificio verde aguamarina es porque son de los que sacan al balcón los parlantes, el cajón de cerveza, la parrilla, se visten con camisetas de la selección y se amanecen cantando yoquieroqueescucheslaimagendemialmaquecantaymurmuracomoal maquenuncahagozadotunombrequedaragrabadoparaserdichosaconmisantoamor, y a mí me pueden sacar en camilla y con camisa de fuerza.

Bueno, chola, creo que entonces ya llegó el momento de organizarnos. ¿Quiénes? ¡Nosotros, pues idiota, tú nunca entiendes nada, nosotros!, y no parar hasta ir en piquete a la puerta del ministerio del gordo Bruce a decirle que ya estuvo bueno. Mira, o sea, no es que yo tenga nada contra las mejoras en la calidad de vida de ellos, ¿ya?, pucha, si vieras todos los pacientes que yo atiendo sin cobrarles porque la economía está que ya no puede más. Pero, hija, entiende, si antes me despertaba con el canto de un cernícalo que se paraba en el cable de la electricidad y hoy me despierta una gorda que le pregunta a su hija Dayana si prefiere llevar en la lonchera pechuga o pata, estoy segura que me vas a entender, ¿si? Chau, chau. (Rafo León).

 


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