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Edición Nº 1839 |
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Portada |
VOY en tren de Barcelona a Beziers, en Francia. Al otro lado del pasillo un viajero como yo, pero con aspecto mucho más sudamericano que el mío (ustedes me entienden), habla en italiano con sus vecinas de asiento. Más tarde saca de su maletín una revista en alemán y se pone a leer. ¡Esa es la globalización, señores: que un sudamericano viaje a Francia en el mismo tren español que yo hablando en italiano y leyendo en alemán! Un rumor de voces provenientes de la hasta ayer vacía terraza del bar que queda enfrente de casa, me anuncia que terminó el verano. No sé si en el almanaque consta, pero ya los habitantes de Madrid han vuelto a habitar su ciudad luego de casi dos meses de haberla abandonado en busca del mar o la montaña. De regreso de las vacaciones casi todos retornan a sus inveteradas costumbres de sentarse ante una mesa, o ante la barra del bar, a contarse cosas y conversar. Bueno, y a trabajar también. Madrid hasta ayer nomás solitaria y abandonada -como ya he contado-, ha vuelto a poblarse del vocerío habitual, del chin-chin de las copas, las risas o las carcajadas a la hora exacta, es decir a cualquier hora. Y yo, que también estoy de vuelta, escucho el rumor y sé así que acabó el verano. Para bien o para mal aquí estamos todos, propios y ajenos, dispuestos a disfrutar de la vida en esta ciudad que pareció morirse un día, cuando de ella fugaron todos. Y ahora estamos aquí de vuelta a la rutina mientras poco a poco se desvanece el bronceado que tanto trabajo costó. Nosotros, los de entonces, ya no seremos los mismos. El último día del mes ocurrió todo un suceso: una firma peruana (aunque produzca ahora en Ecuador) inauguró con toda pompa un regio local en la mejor zona comercial de Madrid. Ni Wong ni nada: nada menos que Yanbal (¿es que alguien no ha oído de Yanbal en el Perú?) abrió su estupendo local en una esquina del comienzo mismo de la elegante calle Velázquez, al frente casi del gran hotel Wellington -uno de los más afamados de la capital de España. Claro que en la reunión previa al paseo que hicimos los asistentes por las magníficas y modernísimas instalaciones con las que Yanbal se estrena en España y en Europa, no se cantó el himno nacional (cosa que agradecemos) sino el de la propia empresa, coreado con entusiasmo por su numeroso personal femenino, pero les aseguro que fue toda una experiencia. Esto, por si acaso, no es en absoluto un comercial, pero debo de saludar a los directivos de Yanbal, y a su presidente, Fernando Belmont, por su magnífico, verdaderamente magnífico, local madrileño. Como se repitió en la Copa América: ¡Los peruanos sí podemos! Parecería que los Juegos Olímpicos hubieran influido, aunque ustedes no lo crean, en la política peruana. Al menos esa carrera de postas de 4 x 400, en la que un corredor sale adelante para, al cabo de los primeros 100 metros, dejarle la posta, o el encargo, al corredor programado para relevarlo que viene detrás. Eso es lo que viene ocurriendo últimamente entre nosotros, porque apenas una denuncia contra alguien cercano al gobierno ha corrido sus primeros 100 metros (y luego o se ha desvanecido o ha quedado desvirtuada, o el denunciante ha desaparecido), inmediatamente le cede la posta a alguien que viene detrás con una nueva acusación. Y así sucesivamente hasta el infinito. Esa es la política peruana actual: una bien programada carrera de postas o relevos. El congresista Mauricio Mulder no es que esté en la Luna, pero parece. Porque lanzar al viento la especie de que existiría un conciliábulo entre el gobierno y el fujimorismo es bastante más atrevido que mirar la paja en el ojo ajeno y no la vigaza en el propio. ¿Es que antes de eructar ese dislate no se ha puesto a leer los furibundos ataques que todos los días le dedica al gobierno la rabiosa prensa fujimorista? ¿Si habla de conciliábulos, por qué más bien no se remonta a la elección de Fujimori en 1990 gracias a los votos apristas? ¿Y a la exoneración por el Poder Judicial fujimorista de don Alan García? Es verdaderamente lamentable que ese gran esfuerzo humano que fue el que llevó a cabo la Comisión de la Verdad y la Reconciliación se esté frustrando por falta de decisión de implementar sus recomendaciones. Es frustrante que habiendo llegado a conocer la verdad, la terrible verdad de un país asolado por la violencia, y sabiendo qué es lo que hay que hacer, no se haga. Es cierto que en un país en donde prima la carestía, dedicar fondos para curar heridas puede parecerle a alguien inapropiado o al menos imposible. Pero no hay que olvidar que es mejor que las heridas cicatricen para que el cuerpo no se siga desangrando. Me escribe un gran amigo peruano, no sin cierta desesperanza, diciéndome que pareciera que en el Perú actual se ha instalado "la cultura de la sospecha y la denuncia". Por mi parte creo que es así, y que culpa de ello la tiene un gran sector del periodismo.
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