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Edición Nº 1842 |
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ME he guardado en el tintero, sin quererlo, la noticia del fallecimiento de Joaquín Roca Rey, sin duda uno de los más importantes escultores peruanos. Hombre humanísimo, como en verdad podría definírsele, quizá hasta renacentista del siglo XX, Joaquín esculpía en mármol con la creatividad de los más antiguos y, además, con la modernidad de los últimos creadores del siglo pasado, que es el más reciente. Sensible como pocos, supo conocer y trabajar la intimidad del mármol, tocar su entraña en Pietra Santa, su cantera, de la que extrajo el material para culminar tantas obras admirables. Su taller, en el barrio de Parioli, en Roma, fue una casa abierta para la creación. Con él se ha ido algo de lo mejor del arte peruano que, aún distante e indescifrable como podía parecer, fue siempre peruano sabe Dios por qué. Su escultura a Garcilaso de la Vega, que gobierna una de las colinas de la Villa Borghese, en Roma, es un monumento a la peruanidad y al mestizaje. Allí, Joaquín, tú estarás siempre presente. Otro artista que se ha ido en mi ausencia: Juan Manuel Ugarte Eléspuru, director egregio que fue de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, cuya pintura creó un neoindigenismo que rompió con las reglas neoclásicas de sus antecesores y que durante años encabezó todo un movimiento que miró hacia el centro mismo del Perú. Ugarte Eléspuru supo imponer su impronta, como lo hizo durante el resto de su vida, afrontando las olas de los nuevos creadores, que barrieron con todo, incluso con él. Conversador insigne, Ugarte Eléspuru participó de la vida artística peruana a plenitud, como pintor y como ser humano, casi hasta quedar exhausto y, para ser sincero, dejar exhaustos a sus oyentes, a quienes agotó de sapiencia y bonhomía. Ante un grupo de adultos mayores, a quienes presenté alguna vez, Juan Manuel fue un erudito incansable. A él lo saludo desde aquí con toda reverencia. Miro los diarios y los noticieros de televisión y me doy cuenta, una vez más, de que Bush invadiendo a Irak ha abierto las puertas del infierno. No lo dirá ni lo confesará jamás, pero qué arrepentido debe estar de haber iniciado una guerra que parece no tener otro fin que la retirada, es decir la derrota. Él es un fanático, pero más fanáticos son sus enemigos. Y en esta guerra de fanatismos, el más fanático gana. Hace unos meses, recién llegado a España creo, manifesté en esta misma página mi admiración total por el Real Madrid, equipo integrado por los propios dioses del Olimpo, es decir por grandes figuras como Zidane, Raúl, Ronaldo, Beckham, Roberto Carlos, Figo, Guti, ahora Owen, etc., ¡qué más!, la propia corte de Zeus. Y de pronto, hace poco, todo se vino guardabajo tras un, dos, tres partidos seguidos perdidos, uno de ellos por 3-0 (¡vergüenza!), y súbitamente el Real Madrid y sus estrellas de antes pasaron a ser comentados y discutidos en las mejores y más prestigiadas columnas de los comentaristas políticos, que se ocuparon al menos por un día de la debacle del club más famoso del mundo, la renuncia de su entrenador y otras cosas más. Rodríguez Zapatero y Aznar pasaron por un día a segundo plano en las noticias y el comentario. Cuando yo era estudiante de secundaria había que esperar turno para reemplazar las suelas gastadas de los zapatos, por medias suelas, claro. Este comentario viene a que hace poco, en una foto publicada en CARETAS Nº 1839, página 15, he podido apreciar casi con envidia los voluminosos y flamantes zapatos que unos huelguistas de hambre del Poder Judicial, tirados en colchones en el suelo, lucen con desparpajo. Son suelas de zapatos nuevos que, me pregunto, ¿si tan graves son los problemas del sector, de donde provienen? Zapatos de nuevos ricos los de esos huelguistas de hambre de hoy. ¡Qué buenos chuzos, compadres! Ahora que se habla de reformar la Constitución espero que los que se encarguen de ello no se olviden de algo muy importante: restituir la bicameralidad y retornar al sistema de Cámara de Senadores y Cámara de Diputados, porque los senadores, desde el imperio romano, le confieren seriedad a cualquier Parlamento. Los desaguisados que suelen cometer los que ahora son sólo congresistas, tendrían así un tamiz que los enrumbe por el camino de la sensatez.
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