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Edición Nº 1842 |
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Luces y Sombras "Ahora sí" suspira, cerrando los ojos para no ver cómo se va tiñendo el agua de la tina donde está metida. Tampoco quiere llevarse como última imagen nada de lo que la rodea en este momento, en el baño viejo y maloliente, de muros desconchados y perenne sarro sobre todos los sanitarios. Te habías prometido que no llegarías a los veintiún años así, Mariana Paredes. Y ahora, un día antes de ese plazo, estás cumpliendo la promesa, eligiendo la elegante salida de Petronio, tal como se narra en "Quo Vadis". Falta, claro, una copa de vino. Con un vaso de cerveza no se vería tan elegante, piensas, casi sonriente. Siempre con los ojos cerrados, se deja ir en una nube de confuso dolor, debilidad creciente y un vago sentimiento de orgullo por lo que es, al fin, un acto de libertad. Culpa, ninguna. Acaso, sí, una pizca de melancolía pensando en su madre, a la que, después de todo, puede ser que le haga falta. Por lo menos de cuando en cuando. Magro saldo de tu paso por el mundo, Mariana, le vuelve de pronto la amargura. Apenas una esporádica y difusa memoria para una vieja semidemente, y quizás para unos cuantos atorrantes que difícilmente recordarán tu nombre completo. Bueno, qué más da, se dice, encogiéndose de hombros, y pensando al mismo tiempo, con la lucidez que dan los límites, que es muy coherente que el último acto de su vida sea un encogimiento de hombros. Entonces siente la presencia. Lo extraño es que no le da la impresión de que alguien haya entrado en el baño de improviso -su madre seguramente sigue roncando; además lo probable, pese a su condición, es que hubiera gritado-. Más bien es algo progresivo, como el cambio en la luz exterior que nos lleva al día o a la noche. Tránsitos. ¿Será eso? ¿Ella, guadaña y todo? Abre los ojos. Lo ve. Ulises García, tan desvaído y gris -salvo por el hoyo escarlata en la sien- como cuando estaba en vida, la observa, sentado al borde de la tina, con aire de compasión, reproche y, quizás, una sombra de deseo.
Vale un Perú EL Museo Metropolitano de Arte de Nueva York presenta, del 29 de setiembre al 12 de diciembre del 2004, una gran exhibición, `Los Andes Coloniales: Tapices y Platería, 1530-1830. Allí se muestran más de 170 obras de arte, sobre todo vestimenta inca y colonial, tapices y platería casera y ritual, fruto del sincretismo de dos tradiciones artísticas: la andina y la europea. Desde 1532, en que llegaron los españoles a América del Sur, la sociedad y el panorama cultural andino se transformaron drásticamente. En menos de una generación, se modificaron sociedades que se habían desarrollado durante miles de años. Y, a través del arte, los primeros artistas de la colonia exploraron nuevas posibilidades de expresar la identidad andina. Buena parte de la muestra proviene de museos, iglesias y colecciones privadas de América del Sur,Estados Unidos y Europa. Y otros fueron recién recuperados del navío Nuestra Señora de Atocha, que naufragó en las aguas de la Florida en 1622. Por ejemplo, "una copa contra venenos" hecha en oro, diseñada para sostener una piedra bezoar (un cálculo biliar que se forma en el estómago de los camélidos) al que se le atribuía el poder de absorber y neutralizar venenos.
Ida y Vuelta
PUJANTE necesidad del ser humano aquella que lo impulsa a reunirse en torno a un objetivo o motivo común con el propósito de intercambiar emociones o puntos de vista y acercarse a la felicidad, la paz o el sencillo bienestar. Ciertas manifestaciones artísticas, de alguna manera, se nutren del mismo principio. Entre ellas la danza. Ya sea de una o de varias personas sobre el escenario, la presencia de más de un involucrado en el acto, incluido el público, supone la concordancia en gustos, códigos y aspiraciones. Morella Petrozzi, prolífica y talentosa bailarina, parece impulsarse de esta premisa y presenta Potlatch!, propuesta que se inspira del término que la nombra. Principalmente entendido como `fiesta', `potlatch' es utilizado para denominar diversos tipos de ceremonias o festividades. Además, para las tribus indias del noroeste americano el término encierra el ciclo de dar para recibir y volver a dar. Sucede así que el espectáculo refleja sentimientos y emociones de gente que, reunida, adora a un dios, a una idea o a sí mismos. Los bailarines dejan sobre el escenario lo que los espectadores recogen e interpretan para devolverles luego a través de aplausos, pifias, lágrimas, guiños, proposiciones, despedidas... Danzan para que el `potlatch' exista entre ellos y los otros, para que todos sean lo mismo. Y la sensación se reparte entre el cuerpo, y la pantalla. Aparece entonces Alfonso Casabonne a cargo de música y video, recursos que acompañan, sustituyen o complementan. Una vez más, Petrozzi, junto a nueve bailarinas, se apropia del espacio para sentir, expresar y, finalmente, bailar. (RM)
El Cuy en Europa De la serie de caricaturas, historietas y viñetas de humor gráfico, que Juan Acevedo (derecha) viene publicando en revistas y diarios peruanos desde 1969, el personaje del Cuy, qué duda cabe, destaca por originalidad y perseverancia. Hasta el 5 de octubre Acevedo está en Alemania cumpliendo un programa de actividades académicas que incluye el dictado de charlas y talleres. También será jurado del concurso que organiza el `Comicologischer Congress' de Munich y dictará un taller con los ganadores. Luego partirá a España, donde presentará el libro: `Historia de Iberoamérica desde los niños'.
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