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Edición Nº 1843 |
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Torero
de Cante Jondo
Por: EL MARQUEZ DE VALERO DE PALMA DE todos los toreros que vienen este año a la Feria del Señor de los Milagros hay uno que destaca, a mi juicio, de forma muy especial: Javier Conde. En él radica la esperanza máxima que puede tener la afición limeña de encontrar un torero a su medida. Y digo torero a su medida porque esta afición especialísima sabe degustar el arte en un momento dado, en un trallazo, de sopetón, con un solo pase vestido de arte, duende y misterio. Muchas veces una corrida transcurre anodina y vulgar encerrada en los dos pases con repetición monótona y triste, porque esos dos pases (natural y derechazo), se repiten con corrección plúmbea pero sin ángel, sin muleta baja arrastrada por la arena, sin emoción y sentimiento porque no se carga la suerte, sin arte que aflora aunque pueda tener esa faena, ciertamente pesada, técnica aceptable. Muchas, muchísimas veces ocurre esto, y cuando ocurre, si la faena está bien refrendada por la espada, los espectadores y el usía otorgan la orejita consabida sin anuencia de los buenos aficionados de fuste y sin que sobre Acho se derrame la bendición de los dioses del Olimpo taurino. Pero otras veces, cuando el torero siente la emoción de poder gustarse a sí mismo, con un solo pase, un trincherazo maravillosamente ejecutado, un ayudado por bajo largo y profundo acompañando al toro (cargando inmensamente la suerte) hace que todo cambie, que estalle el júbilo y se levante la gente de los asientos sacudiéndose la modorra, que la concurrencia, el torero y el toro se encuentren a sí mismos en una comunión espiritual y casi espeluznante que da paso a las faenas antológicas que guardamos en el baúl de los recuerdos. Porque ese pase suelto, ese tirón del arte, ese trallazo o latigazo, va a propiciar en el torero, por la respuesta colosal del público de Acho, el único camino posible de recorrer, a partir de ese instante, que es el del arte. Los ilustres aficionados que admiro saben lo que estoy diciendo. Javier Conde es malagueño, o sea que su lugar de nacimiento está muy cerca de Ronda, que pertenece a la provincia de Málaga. Ronda. Nada más y nada menos. Antonio Ordóñez, la esencia del toreo rondeño. Ese toreo rondeño que siempre ha luchado en las preferencias andaluzas con el sevillano de Paco Camino, Curro Romero o Pepe Luis Vázquez. Las dos vertientes del toreo andaluz contrapuestas al toreo castellano lleno de verdades absolutas como las de José Tomás, por ejemplo. A Javier Conde, andaluz, malagueño, lleno de esencias gitanas tampoco se le puede catalogar como torero de la escuela rondeña. Es diferente. Pero también es inmensa y desaforadamente andaluz. Es, probablemente, el torero más andaluz que haya existido en la historia. Esto hay que entenderlo. ¿Toreros andaluces? ¿Andaluces de verdad? ¿Absolutamente andaluces? Yo diría que, los más grandes, son tres, solamente tres: Curro Romero, Rafael de Paula y Javier Conde. Hay que poner aparte el andalucismo de Paco Camino y Antonio Ordóñez que no es un andalucismo integral si no transportador y ecuménico ya que llevan su andalucismo al toreo del mundo ancho y ajeno, abandonando sus falibilidades, supersticiones y roturas síquicas en beneficio del toreo total basado en sus técnicas prodigiosas y en su conocimiento del toro.
Pero lo fantástico de Conde es que es torero de hoy y puede citar y clavarse en la arena y dar el pase con temple y no girar (¡atención, no girar!) y cambiarse la muleta de mano y volver a pasárselo sin haberse movido ni girado cinco centímetros de donde tiene las puntas de los pies en la arena. Y esto puede hacerlo tres o cuatro veces aunque parezca imposible. Y si esto lo hace en Acho, si los malos "farios" no lo obnubilan en Lima, la plaza se va a romper en sus cimientros. Porque si lo hace veremos a Paco Ojeda (recuerden su faena antológica en Acho) y veremos también el duende más auténtico del andalucismo extremo. Anda despacio. Anda de puntillas delante del toro, cuando quiere dejarse ver y colocarse. De repente empieza el cante jondo y se pone a bailar como Joaquín Cortés, acercándose al toro de puntillas, con fuerza, con zapateta, queriendo clavar las puntas de los pies con rapidez de bailarín gitano, marcando el compás de un ritmo interior de soleares. Una forma de interpretar el toreo sui géneris y absolutamente bella. Porque después no abandonará el ballet y toreará levantando los tacones en cada pase volviendo a pararse sin salirse un centímetro del sitio. He visto dos faenas de Conde de este fuste. Me ha encantado. Me parece un torero único. Pero lo hará si quiere. La atención del buen aficionado, de aquel que lo haya podido ver bien, va a estar muy presente el día de su presentación en Lima. Las probabilidades de que estalle el arte inconmensurable del cante jondo más sentido fusionado con el toreo en faena de este calibre, no son muy grandes. Evidentemente. Que no se quiebre. Que se sienta. Que Lima, que en cierto sentido tiene mucho de andaluz, sea fuente de su inspiración. Hay posibilidad, cierta posibilidad de que esto sea así. Y si esto sucediera, ¡Dios mío!, por unos cuantos minutos sabríamos todos lo que es dormir un rato en el cielo.
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