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Edición Nº 1843 |
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| Portada |
Por JAIME BEDOYA
Para dos amigos y maestros en la música: Agustín Pérez Aldave y Luis Delgado Aparicio. ESTÁ probado. La música es lo más parecido al amor. Lo avalan desde Marley hasta Bobby Capó1. No en vano somos remedos de ella. Moléculas en vibración que al encontrar alguien o algo en igual frecuencia miramos diferente al mundo y a todos sus charcos: no estamos solos en esta cuesta. Por eso no hay mejor compañía que la que entiende sin palabras. Cuando aparece cantamos bajo la lluvia, sobre las brasas y entre la mierda. A dúo. Pero aún así no aparezca el coro cada canción es un hogar temporáneo. Un refugio sonoro que cobija y hacemos propio redecorando de momentos que sin música desaparecerían por higiene mnemotécnica y dignidad sentimental. Nada queda de lo que pensábamos nuestro. Pero ahí estuvimos y ahí volvemos, por oído. Hay canciones pequeñas, de un piso, personales. Muchas al borde del ridículo2. Y hay mansiones sonoras, con jardines, amplios estares, donde sí hay cama para tanta gente. El bolero ha sido siempre la casa de todos. De los que busca la policía y de los que el amor no recoge. Y siguen llegando. Será por su rítmico dos por cuatro. Será por la
sola loseta que su ejecución demanda. Será por su origen
entre España e Indias, Africa mediante y Cuba imperante. Será
porque -como el blues, el fado, el tango- no le hace asco al amor cuando
duele, que es cuando se va, dolorosa costumbre que repite con fruición
(temerario cretinismo el del que se supone, blandiendo babosa sonrisa,
sentimentalmente a salvo). Como escoltas de la partida, Javier Solís
vierte desde su yugular un inacabable caballito de tequila3,
o el maestro Lara4 cultiva rosas en
un burdel veracruzano con la fineza de un invernadero holandés.
Nadie se salva, todo pasa. Pero como un bálsamo invisible, la canción
queda.
Son tiempos miserables, qué duda cabe. Mezcla de pereza y asco da estar permanentemente al tanto de la vergüenza ajena. Así, dadas las cosas, más trascendente que las previsibles groserías políticas resulta siendo el simple hecho que dos personas canten en la ciudad. Un cubano y un gitano. Uno, Chucho, hijo de Bebo Valdés, leyenda viva de nobilísimo linaje musical. Chucho hizo una fiesta solo para creyentes cuando en 1986 Irakere se presentó en un concierto en el Municipal, sin quemar y semivacío, dentro de una de las escasísimas buenas ideas del gobierno aprista, el Sicla15: traer músicos que nos distrajeran para que ellos pudieran seguir robando en paz. Ramón Jiménez se llama Cigala desde que El Camarón16 le pusiera así. Ahora sólo quiere ser Dieguito, su nombre de barrio. Rescatando la esencia del flamenco se arrima a Cuba, al Brasil, al tango, para encontrar la verdadera pureza, que contrariamente a lo que se cree Lima, es la de la mezcla. Esto es sólo un concierto. No le va a salvar la vida a nadie. Pero aquel que quiera aprender a vivir, que escuche. ___________ 2 "Hey", Julio Iglesias, 1980. 3 "Sombras Nada Más". Solís murió con 33 años. 4 "Piensa en Mí", 1940, canción suya. 5 "Inolvidable", canción suya. 6 "La Tarde", canción suya. García Lorca lo llamó El Gran Faraón de Cuba. 7 "Toda una Vida", 1943, canción suya. 8 "Contigo a la Distancia", 1946, canción suya. 9 Oír "Dos Gardenias", 1947, canción suya. 10 "No Vale la Pena", canción suya. 11 "Allí donde tú Sabes", canción suya. 12 "La Ultima Noche", 1946, canción suya. 13 "Nosotros", 1943, canción suya. 14 Moría cuatro años después de cáncer al pulmón. 15 Semana de Integración Cultural Latinoamericana. 16 Una cigala es como un langostino.
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