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7 de octubre de 2004

PP y Gobierno del Saca Manteca al Desmadre

PARA casi todo el mundo, los progresos hacia la autodestrucción de Perú Posible y la pérdida de estatura del Presidente Alejandro Toledo son parte de un guión ya conocido.

Poco importaría que tal ocurriera en un fuero soterrado, pequeño y en una casa como las que se utilizaron, según se dice, para fabricar firmas, prestamente avaladas por el aparato del montesinismo.

Desgraciadamente, lo que se arrastra es un escándalo tras otro, una media verdad tras otra, y un horizonte aún más oscuro que hace que la cuesta arriba que significa mantener al toledismo en el poder por convicción democrática sea cada vez más un fardo pesadísimo de sobrellevar.

El Presidente Toledo está cosechando lo que sembró. Forjó una agrupación anómala, sin ideología clara, compuesta por elementos disímiles, angurrientos, desconcertantes y las más de las veces incultos. Cada quien tiraba para su molino, ¿por qué iban a dejar de hacerlo cuando conocieran la pecuniaria delicia del poder? Con la chakana llegaba la chabacanería, el oportunismo y, lo que es peor, la infraternidad.

Tampoco ha sido claro el Presidente Toledo con sus colaboradores inmediatos en los sucesivos gabinetes ministeriales. Si uno escuchara a los primeros ministros que fueron pagando pato por su sincero afán de hacer algo, comprendería más que volando que quien usó de su influencia mudable y esquinera para que salieran, magullados y decepcionados, fue el propio Presidente. Todas las sangres prestamente pasó a ser, en la práctica, todos los trucos, los engaños y la trapacería palaciega.

Los defensores del régimen, y en especial los peruposibilistas, alegan que el gobierno yace en la lona porque en el Perú se ha reconstituido la mafia fujimontesinista, empalmando de nuevo con mercenarios de la prensa, de la oficialidad militar y la corruptela burocrática. En el caso que esto fuera cierto, ¿quiénes son los han abonado para que el actual régimen apele a las tácticas de la pasada dictadura, a los vicios, triquiñuelas y concordias? ¿Un caso como el de César Almeyda y sus negociados viene de la oposición, de la mafia pasada o de las filas interiores del toledismo? ¿El caso Mufarech lo fabrican en San Jorge, en Alfonso Ugarte o en el SIN supérstite fuera de Chorrillos?

En ese remolino maloliente, la renuncia de Luis Solari ha alcanzado, como nos consta, una preeminencia fundamental. Se va porque no quiere verse involucrado con la corrupción, con la inmoralidad, con el falseamiento de los principios que según él se enarbolaron en algún momento de esa agrupación hoy hecha pedazos. Solari no suscita precisamente simpatías políticas; tozudo, dogmático, imperioso cuando debía ser elástico, pero su gesto deja de lado cualquier duda acerca de su honradez. Tal como van las cosas en el Perú, con ser bueno y honrado uno puede sentir que le está haciendo un servicio al país.

En este desfile de impropiedades e improperios, que por supuesto de la cabeza del partido, como es el Presidente Toledo, contagia a todas las esferas de PP, se expande a casi todos los partidos, llega a la prensa y nutre a la baja estofa recostada en las instituciones por el aliento de la segundilla oficialista, vuelven a surgir las sombras alarmantes que piensan en el relevo presidencial.

¿Por qué? La corrupción avanza y no ceja, toda vez que ya muy pronto se acabará la mamadera. Lo poco que levante el ánimo -obras, inversiones, recepción en el exterior- con su correspondiente alguito para el Presidente, se viene al suelo con las palabras impropias de Toledo, con las luchas caníbales en su partido, con la conducta ciega de sus parlamentarios. No parece posible seguir aceptando tanto descontrol dentro del régimen, especialmente porque está, ahora sí y a todas luces, desacreditando a la democracia, favoreciendo la nostalgia del increíble Fujimori, arrasando con la credibilidad en los partidos y las instituciones. Una experta conducción hacia el abismo. La sociedad peruana tiene, cívica y democráticamente, que reaccionar.


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