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Edición Nº 1843 |
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ME podrán llamar troglodita, pero no estoy de acuerdo con aumentar el presupuesto de la educación pública. Al menos, no hasta que vea un uso efectivo de ese dinero. En apenas cuatro años el gasto por alumno en educación básica ha aumentado en 23%. Me pregunto cuál ha sido el beneficio que ese gasto adicional ha significado para los alumnos, especialmente los más pobres. Una parte se dedicó a disminuir los alumnos por clase. Cada maestro de primaria que en 1993 tenía en promedio 29 alumnos, hoy tiene sólo 26. Menos trabajo para el profesor, pero según toda la evidencia internacional una clase más reducida no beneficia en nada al aprendizaje. Corea del Sur y Japón lograron resultados educativos sobresalientes con clases de 40 alumnos por maestro. La eficiencia del maestro sí depende directamente, más bien, de la disponibilidad de cuadernos, textos, tizas, mesas, sillas, y techos sin huecos. ¿Se ha usado el mayor gasto para equipar mejor las aulas en los últimos años? Al contrario. El gasto en materiales y reparaciones ha disminuido. Si copiáramos la eficiencia japonesa y coreana podríamos ahorrar un tercio de las plazas de docentes, y con el ahorro resultante elevar sueldos y doblar el gasto en materiales de enseñanza, reparación y construcción de aulas. La falta de textos y materiales afecta en particular a los alumnos de las escuelas rurales, que por aislamiento y pobreza no cuentan en sus casas con material de lectura o escritura. Y encima, esos materiales se entregan con un retraso aún mayor que en las ciudades, llegando a veces a manos de los alumnos después del 28 de julio. De varias maneras, los alumnos más pobres son los más penalizados. Luis Crouch, experto educativo y consultor del Banco Mundial, ha medido el grado de penalización, o sea, el sesgo antipobre que tiene el sistema de educación. Crouch estudia cómo se distribuye el atraso educativo peruano, entre los menos y los más atrasados. En los estratos altos, por ejemplo, el atraso es de 15 % con relación a México, pero en los estratos más bajos éste es de 75 %. La educación pública, que en otros países contribuye a reducir las desigualdades, en el Perú hace lo contrario. Mientras no se tome conciencia de las verdaderas prioridades de la educación en el país y no se corrijan las causas de su ineficiencia e inequidad de poco servirá gastar más.
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