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ARTES & ENSARTES 21 de octubre de 2004
Por LUIS E. LAMA

Luciferinas

n

LA Galería de Lucía de la Puente se ha convertido en el más importante centro del circuito limeño. Ahora toca el turno a una versión absolutamente libre de "El jardín de las delicias" en la que constituye una de las aventuras más complejas emprendidas por Leoncio Villanueva. En realidad quien pretenda establecer una relación directa entre Bosch y lo mostrado fracasará en el intento, porque salvo el recurso de los trípticos y una que otra referencia compositiva nada permite establecer un análisis medianamente riguroso entre ambas obras. Basta comparar el paisaje casi tropical de "El jardín del Edén" con la solución otorgada por Villanueva al mismo panel para comprobar que no hay la intención de hacer una reelaboración de la imaginería medieval sino de establecer libérrimas asociaciones que le permiten al pintor retomar parcialmente el mexicanismo de antaño. Pudiera ser que el abigarramiento espacial y las referencias al culto y la muerte (foto) de cierto extraño modo lo relacionen a Bosch, pero sería forzar interpretaciones a una obra cuyo autor aparenta haber tomado sólo como partida para su propio camino.

El panel del centro, por ejemplo, dedicado por Bosch a "El paraíso terrenal" es sintomáticamente transformado por Villanueva a un conjunto de citas a la historia del arte occidental. (Fontainebleau, Rembrandt, Modigliani, et al.) El árbol de la vida de Bosch es reelaborado por un conjunto de personajes entrelazados con la escalera y el paisaje, formando una equis que obliga a la mirada dirigirse en diagonal hacia al fondo superior del cuadro, en una solución eminentemente visual más que una sumisión a los orígenes.

Villanueva evade escrupulosamente el cliché posmoderno de hacer un Bosch al siglo XXI, y es en el último panel donde toma mayor distancia de su original. Para Villanueva el infierno es un espacio melancólico, de mortecina luz limeña, totalmente opuesto a la resplandeciente oscuridad flamenca. Si el de Bosch, para los ojos nuevos, es un rave satánico, infinitamente divertido y pervertido, el infierno limeño es opaco, enclaustrado y vacío, porque a ese infierno lo llenamos nosotros.

El jardín original es uno de los cuadros más complejos de mi vida. Su lectura es inagotable y su misterio se vuelve eternamente indescifrable. Es uno de mis pocos cuadros indispensables pues cada vez que vuelvo a verlo tengo la certeza de que siempre encontraré nuevas remembranzas heréticas que me resultaron ocultas en la visión anterior. El jardín de Villanueva es agobiante y poco queda por descubrir. Sin embargo son los pequeños bocetos, ubicados a lo largo de la pared frente al "tríptico", lo que constituye lo mejor de la muestra. Es en estos fragmentos de papel donde se puede apreciar mejor el combate del artista con sus ideas, el esfuerzo por visualizar un concepto, la lucha por traducir a imágenes una obsesión. Hubieran bastado estas obras frente al tríptico para tener una de las muestras mejor planteadas en lo que va del año. No lo ha sido.

El infierno en cambio lo encuentro en la muestra de Valeria Ghezzi en la misma galería. Ella entela literalmente las paredes con la aparente intención de crear una instalación y apartarse de la tradicional exposición de cuadros. Lamentablemente no llega a ser ninguna de las dos.

La pintura de Ghezzi no necesitaba de estos disfuerzos. Su obra se ha consolidado notablemente hasta llegar a convertirse en una artista camino a su madurez Hay cuados sobresalientes en los cuales sus referencias -voluntarias o no- a artistas como Bleckner o Broodthaers no hacen más que confirmar que nos encontramos ante una artista informada que se nutre de un arte internacional que permanece oculto para una mayoría local deslumbrada por el neopop. Ella se aparta de su generación fusionando el enigma a la nostalgia, obteniendo una obra personal plagada de inteligentísimas referencias a un mundo artístico en el cual uno de los valores más codiciados es la información.

Más allá de los excesos que convierten interior y exterior de la sala en ambientes luciferinos -lo que hubiera podido ser meritorio en caso de haber acertado- la obra de Ghezzi tiene el interés suficiente para ameritar esta nota.


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