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Edición Nº 1846 |
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Portada
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Cartelera
Jalohuin
EL peruano se caracteriza por haber asimilado lo monstruoso como parte de la mundanidad. Éste es el poco comprendido legado de una esforzada clase dirigente. De ahí que no sorprenda las similitudes ocurrentes entre la política peruana y las películas de terror. Ambos productos culturales producen, de acuerdo a desempeño, las mismas consecuencias: miedo y risa (humores que dependen del estado de ánimo del peatón votante). Éste no es, sin embargo, el único espacio de convergencia entre los productos menos logrados de la industria cinematográfica norteamericana del siglo pasado y los actuales funcionarios públicos mandados a procurar el bien común. La condición "B", con el perdón del gran Boris Karloff, es otra atadura que liga Momias, Frankensteins y Dráculas con Toledos, Garavitos y Solaris. Claro, con el atenuante para los engendros fílmicos que ellos apenas aspiran a llantos y gritos de niños asustadizos y féminas adolescentes, mientras que sus pares nacionales generan un pavor muy democrático, que llega sin discriminación a todos con escalofriante cabalidad. Pero las coincidencias son más que las diferencias. Tanto el cine de terror como la política peruana avivan la fantasía y originan la ambición de mundos distintos, producen estrellatos efímeros y rozan, no se sabe si intencionada o inconscientemente, la caricatura con una frecuencia deslumbrante. Sólo hay un punto de distinción final. Mientras los filmes de horror duran máximo dos horas y se ven cuando uno quiere, la política peruana tal cual se entiende hoy es un acto infinito que no se sabe cuándo terminará. De ahí que sea imperativo, al menos en Halloween, aprovechar esta proyección de terror continuo para echar mano del humor a fin de hacer menos indigesto el trance de asimilar tanto espanto. Que traigan canchita.
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