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EDITORIAL

28 de octubre de 2004


EDITORIAL

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CARETAS cumple 54 años observando con humor rojo y blanco el berenjenal político y periodístico en que vivimos. Es una variante de nuestros ritos tradicionales que invoca el sarcasmo cómplice de los otorongos, pero también invita a la reflexión.

Aquí, ya se sabe, la tendencia es a encumbrar en forma desmedida a los gobernantes nuevos y a lincharlos al salir.

Más aún, según los rigores de los diversos regímenes, el comportamiento de ciertos peruanos se acerca a la terrible descripción de Bolívar. El Perú, dijo, es como "un siervo que jamás alcanza a apreciar la libertad: se enfurece en los tumultos y se humilla en las cadenas".

Aquí, por lo tanto, los golpes de Estado pueden contar con apoyo mayoritario mientras que a los gobernantes democráticos se les va zarandeando en una espiral creciente de improperios. En este último medio siglo, por cierto, dictadores y mandones como Odría, Velasco y Fujimori han terminado saliendo o fugando en medio de condenas, pero con el tiempo han recuperado cuotas de prestigio.

Ahora le está tocando al Chino.

En cambio, los gobiernos democráticos de Prado, Belaunde y García subsistieron o sucumbieron acompañados de todo tipo de bravuconadas que no se ensayaban frente a manos más duras.

La reelección de dos de los aludidos, y sobre todo de Belaunde, quizás demuestre que el pueblo, con el pasar de los años, consideró que el vilipendio que sufrió el arquitecto mientras gobernaba y durante tantos años después no fue justo.

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En estos tiempos abundan los otorongos y algunos prefieren carne democrática.

Con Toledo el asunto se complica. Un vasto sector de la clase política ha encontrado la forma de "rebotar" periodísticamente diciendo las cosas más "fuertes" y a menudo absurdas, y un grupo de medios le sigue la cuerda en el afán no sólo de desacreditar al gobierno de la chakana -que para eso no necesita ayuda-, sino a todo el sistema democrático.

Y en ambos lados de ese mostrador se encuentran vínculos pasados con el fujimorismo. Consciente o subconscientemente, esa camada trata de justificar su pasado y vender la idea de que el Perú sólo puede ser gobernado autoritariamente. A menudo parece que Montesinos sigue dictando las primeras planas, como lo hizo en vivo y en directo con La Razón.

A este esquema se suma una farándula televisiva que, en aras del rating y del interés pecuniario del dueño del canal, insiste en servir una serie indigesta de "destapes" a medio cocinar.

Nadie duda que en todas las circunstancias el periodismo debe ser crítico y exigente con el poder político, y su afán de investigar todo entuerto es perfectamente legítimo. Pero eso de llamar "delincuente" a un ciudadano -sea el Presidente de la República o perico de los palotes-, sin pruebas ni proceso, se pasa de la raya. Y eso de que el propio mandatario tilde de "cobarde" a un periodista también contribuye al envilecimiento cívico.

En estas circunstancias, CARETAS, como tantos otros medios independientes, se precia de mantener un comportamiento editorial que en tiempos difíciles resulta temerario, pero que años de tolerancia, a pesar de sus filos irónicos y revelaciones traumáticas, no abusa de la democracia.

¿Es tan difícil encontrar ese equilibrio?

CARETAS sigue el espíritu de Doris Gibson, la fundadora de la revista, una arequipeña de armas tomar, una amante de la libertad, el ingenio y la inteligencia.

Con esos instrumentos y la búsqueda de la justicia informativa, la prensa está destinada a estimular el desarrollo político del país, no a degradarlo.


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