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ARTES & ENSARTES 28 de octubre de 2004
Por LUIS E. LAMA

Barcelona, Milwaukee
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HAY que agradecer a Ricardo Ramón haber invitado a Ventura Pons y a Rosa María Sardá, un director y una actriz que han aportado de manera considerable a mi manera de aproximarme al cine, a las artes visuales en general y, por qué no decirlo, también a ciertos aspectos de la vida misma. Este espacio no está dedicado al cine; sin embargo, debo decir que mi interés por Ventura Pons se inicia con "Ocaña, Retrato Intermitente", su primera película, en la cual a modo de docudrama le sigue el rastro a un contestatario, digámosle performer, que realizaba acciones sexualmente revulsivas en Las Ramblas. Fusionando la subversión ideológica con la acción artística, la obra es un espléndido testimonio premovida que permite comprender mejor a la claustrofobia hispánica y a lo que Almodóvar -sobre todo el de Pepi, Luci y Bom...- haría después.

Ocaña -como Ventura Pons- es ineludiblemente catalán, contestatario y altamente sospechoso para la moral imperante en la provinciana España de la época. Sus acciones, descontextualizadas, pudieran resultar ingenuas, pero basta pensar las agallas que se hubieran requerido para retar al sistema y a la moral imperante, para comprobar que por lo menos este transexual sí tenía más cojones que los poderosos chicos Opus de esos tiempos.

Las ultimas películas de Ventura Pons son un durísimo ejercicio de crueldad en el cual pocos personajes emblemáticos se salvan. Si bien desilusiona su incursión internacional -una infamia homoerótica llamada "Manjar de Amor"- su última película, "El Gran Gato" es entrañable y en cierta extraña manera completa el círculo que iniciara con Ocaña.

En cuanto a Rosa María Sardá es poco lo que se pudiera añadir. Es una de esas mujeres capaz de concentrar toda la atención con su presencia. Permanece en mi disco duro como mi Anita (no pierde el tren) o mi Betibú (sic) en El Embrujo del Shangai, un insufrible bodrio de Trueba al que se encarga de insuflarle vida. Tiene mi edad, pero ella será siempre eternamente joven.

Ernesto Gutiérrez integró la promoción del 63 de la Escuela de Bellas Artes. Era la época que se iniciaban aquellos artistas que luego se encargarían de formar nuestra historia del arte en el siglo XX. Tilsa, Shinki, Nieri, Galdos y muchos más compartían con él preocupaciones comunes. Ya antes de egresar Gutiérrez había expuesto en Art Center y uno de sus paisajes limeños resultaría ganador del Concurso del ICPNA. Destacaban el espléndido uso del color, una factura impecable y una refinada visión de la urbe.

Eran los 60 de Acha y Arte Nuevo. Pero un joven egresado de Bellas Artes, con la formación de Ricardo Grau, bajo la batuta de Ugarte Eléspuru, tenía ideas muy precisas de lo que debía de ser el arte de la época, por lo que en el 72 decidió buscar nuevos rumbos no en París como sus compañeros, sino en Estados Unidos, previa Beca Fulbright.

Marchó a Milwaukee, donde recibiera el Master de Fine Arts tres años después. Inició así una carrera que abarca la pedagogía y la práctica de la pintura que rápidamente mereció acogida en el conservador ambiente de Wisconsin. Paulatinamente su cubismo comenzó a transformarse en ondas voluptuosas que convertía en reminiscencias de su sierra lejana. Las exposiciones comenzaron a sucederse con frecuencia y Gutiérrez derivó del paisaje andino a sus habitantes y de allí a las corridas de toros en una pintura cuyos rasgos escultóricos en cierta forma pudieran emparentarse a Botero, pero al mismo tiempo con una marcada personalidad, porque entre otras cosas, digamos que la luz de Huancayo es radicalmente distinta a la de Bogotá.

Los hijos deciden nuestros rumbos y Gutiérrez marchó a Florida como residencia preliminar a su regreso a Lima, no tanto para abrirse paso en el alicaído mercado peruano, sino para trabajar en y sobre el Perú, para luego exhibir sus resultados en las galerías internacionales que lo representan. Ahora prepara una futura retrospectiva en el ICPNA.

Como era previsible, Ernesto marchó con Sérvulo Gutiérrez, su hijo menor, a Bellas Artes, para mostrarle la Escuela en la cual se formó. El ingreso le fue prohibido y quizás allí comenzó a comprobar que la nostalgia no siempre es una buena consejera de la realidad. Bienvenido a Lima.


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