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Edición Nº 1847 |
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Portada
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Un Torero
y Nada Más
Por el MARQUES DE VALERO DE PALMA LUIS Francisco Esplá es torero de sabor antiguo. Torero de ritos que se nos aparece, en la arena y en todo instante, consumando el sacerdocio de la liturgia de las formas. De corte clásico y muy apegado a lo tradicional aquilata y colecciona sustancias eternas del toreo de siempre. Torero, por tanto, de mucho sabor que penetra con profundidad en la apreciación del mejor aficionado, de aquel que más entiende, de aquel que está mejor capacitado subliminalmente para comprenderlo. No es torero de espectadores ya que lo que escribe en el ruedo es lectura apta en su integridad para lectores consumados. A Luis Francisco Esplá no hay que analizarlo por partes, no hay que verlo solamente enfrentado al toro, enfrascado en sus tandas de naturales, derechazos, afarolados o de cualquier otro pase de su largo repertorio sino que hay que verlo en su integridad, en el conjunto de la lidia de sus toros e incluso en la lidia perteneciente a sus compañeros, porque es su capacidad de estar en plaza, en cada y en todo momento, lo que lo distingue de casi todos los toreros que pululan por el orbe taurino. Es el director de lidia perfecto y el torero que, desde el paseíllo inicial hasta la despedida final, mejor sabe moverse en la arena, con funcionalidad y sentido de la lidia. Desde esta óptica su actuación en esta primera corrida y segundo festejo de abono fue, sencillamente, magistral. En sus dos toros estuvo muy por encima de sus contendores. Fue mucho,
muchísimo más. A su primer toro lo lanceó con mucho
gusto y sabor por navarras, le puso tres pares de banderillas impólutos,
exponiendo en el segundo una barbaridad al terminarlo al hilo de las tablas
y poniendo el tercero de forma "fandiana" al violín. Le ganó
la partida al burel en todo momento con la muleta a base de naturales
y derechazos y tras estocada y descabello escuchó palmas. El público
estaba frío. Dio una gran lección de lidia en su último
toro. Con la capa destacaron unos afarolados de a pie, torerísimos,
que es suerte que no se prodiga hoy día y casi no se ve desde los
tiempos de Belmonte, Rafael El Gallo y, después, Marcial Lalanda
(es el farol de rodillas lo que hoy priva). También torerísima
fue su forma de llevarse el toro al caballo dejándolo a metro y
medio de la raya externa para que éste se arrancase de lejos demostrando
(cosa que no hizo) su bravura. Y también, cultor siempre de detalles
históricos, fue muy torero el propiciar la faena de muleta con
la montera puesta, porque el torero no tiene que destocarse si no hay
brindis del toro. Luego sucedió una faena diferente a las que estamos
acostumbrados a ver, una faena muy torera con los dos pases de siempre
y sus remates de pecho ejecutados con mucha hondura y verdad pero, ¡he
aquí el detalle! picoteada acá y acullá, con recortes,
desprecios y orfebrería taurina de la mejor ley. Y siempre en torero.
Estocada hasta el puño. El torero le ve la muerte al toro y despeja
la plaza de peones retirándose él a la barrera cayendo el
toro en solitario. Oreja. Para los espectadores en una tarde fría.
Pudieron ser dos sin que hubiesen rechistado los aficionados entendidos
y cabales. Estupendo reencuentro con la afición limeña y
garantía para ocupar alguno de los puestos vacantes en próximas
corridas. Ignacio Garibay. Todo un recital de hacer como que hago pero sin hacer. Todo un recital de trampitas y poses. Daba un pase, lo finiquitaba y se retiraba dos o tres pasitos para buscar colocación óptima para el siguiente abusando en ocasiones del viaje del toro. De esos toreros que componen figura antes de embarcar al toro a cabalidad. Pasitos atrás "allways", "toujours" y "siempre". No ligó dos pases seguidos sin moverse del sitio aunque parecía que se esforzaba constantemente en ligar faena. Pero no hubo faena. No hubo nada. Inanición total. Para los estrábicos. Estocada a su primero y pinchazo y estocada a su segundo. Y a la tarde gris le salieron oscuros reflejos plúmbeos. Los toros de San Pedro y San Simón, el primero, segundo y quinto con algo de presencia. Los otros tres no daban en absoluto esa presencia necesaria para pisar la arena sin ofender la majestad de Acho. ¡Uf! Podremos, creo yo, resarcirnos del sinsabor de esta tarde, más que sobradamente, sigo creyendo yo, el próximo domingo. Toros de Roberto Puga que si, salvando las distancias, tienen la presencia y el juego en plaza de los novillos de la primera de abono, podremos divertirnos. El fenómeno de Miguel Angel Perera (tres orejas en San Isidro) y el de Sebastián Castella (el Escapulario del año pasado), dos toreros hambrientos de ganas de triunfo, que están en su mejor momento de comer toro con voracidad y gula manifiestas, unidos a un Finito de Córdoba que este año ha emergido en España como torero clásico de grandes faenones, así me lo hacen ver. Estupenda corrida en ciernes.
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