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ARTICULO

5 de noviembre de 2004

Un Torero y Nada Más
Esplá se echó a la espalda una plomiza tarde para el olvido.

n

Por el MARQUES DE VALERO DE PALMA

LUIS Francisco Esplá es torero de sabor antiguo. Torero de ritos que se nos aparece, en la arena y en todo instante, consumando el sacerdocio de la liturgia de las formas. De corte clásico y muy apegado a lo tradicional aquilata y colecciona sustancias eternas del toreo de siempre. Torero, por tanto, de mucho sabor que penetra con profundidad en la apreciación del mejor aficionado, de aquel que más entiende, de aquel que está mejor capacitado subliminalmente para comprenderlo. No es torero de espectadores ya que lo que escribe en el ruedo es lectura apta en su integridad para lectores consumados.

A Luis Francisco Esplá no hay que analizarlo por partes, no hay que verlo solamente enfrentado al toro, enfrascado en sus tandas de naturales, derechazos, afarolados o de cualquier otro pase de su largo repertorio sino que hay que verlo en su integridad, en el conjunto de la lidia de sus toros e incluso en la lidia perteneciente a sus compañeros, porque es su capacidad de estar en plaza, en cada y en todo momento, lo que lo distingue de casi todos los toreros que pululan por el orbe taurino. Es el director de lidia perfecto y el torero que, desde el paseíllo inicial hasta la despedida final, mejor sabe moverse en la arena, con funcionalidad y sentido de la lidia. Desde esta óptica su actuación en esta primera corrida y segundo festejo de abono fue, sencillamente, magistral.

En sus dos toros estuvo muy por encima de sus contendores. Fue mucho, muchísimo más. A su primer toro lo lanceó con mucho gusto y sabor por navarras, le puso tres pares de banderillas impólutos, exponiendo en el segundo una barbaridad al terminarlo al hilo de las tablas y poniendo el tercero de forma "fandiana" al violín. Le ganó la partida al burel en todo momento con la muleta a base de naturales y derechazos y tras estocada y descabello escuchó palmas. El público estaba frío. Dio una gran lección de lidia en su último toro. Con la capa destacaron unos afarolados de a pie, torerísimos, que es suerte que no se prodiga hoy día y casi no se ve desde los tiempos de Belmonte, Rafael El Gallo y, después, Marcial Lalanda (es el farol de rodillas lo que hoy priva). También torerísima fue su forma de llevarse el toro al caballo dejándolo a metro y medio de la raya externa para que éste se arrancase de lejos demostrando (cosa que no hizo) su bravura. Y también, cultor siempre de detalles históricos, fue muy torero el propiciar la faena de muleta con la montera puesta, porque el torero no tiene que destocarse si no hay brindis del toro. Luego sucedió una faena diferente a las que estamos acostumbrados a ver, una faena muy torera con los dos pases de siempre y sus remates de pecho ejecutados con mucha hondura y verdad pero, ¡he aquí el detalle! picoteada acá y acullá, con recortes, desprecios y orfebrería taurina de la mejor ley. Y siempre en torero. Estocada hasta el puño. El torero le ve la muerte al toro y despeja la plaza de peones retirándose él a la barrera cayendo el toro en solitario. Oreja. Para los espectadores en una tarde fría. Pudieron ser dos sin que hubiesen rechistado los aficionados entendidos y cabales. Estupendo reencuentro con la afición limeña y garantía para ocupar alguno de los puestos vacantes en próximas corridas.

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A Esplá no hay que analizarlo por partes. Hay que verlo enfrentar al toro. Es director de lidia perfecto.

"Un torero y nada más", se titula esta crónica. Vayamos al nada más que son los toros y sus compañeros de terna.

Juan Diego quedó inédito en su primer toro ante el cabreo del público que estimaba que había que devolverlo por cojo. Defecto éste que fue mínimo, muy mínimo pero que al ir acentuándose (aunque tampoco en demasía) en el transcurso de la lidia originó un escándalo supino. Con masas airadas no se puede torear y, de hecho, Juan Diego no toreó aunque mató, desentendiéndose del problema, con una gran estocada, quizás la mejor de la tarde. Pero en su segundo ya no quedó inédito, equivocándose de plano en la lidia del toro. Éste, el de más presencia de la tarde, repetía y repetía pero se quedaba en el pase. Tenía medio pase y algo más. Era de esos toros que hay que hacerse con ellos y mandarlos muchísimo para acabar luciéndose con ellos al torearlos desde la distancia normal y dejarlos en jurisdicción para enlazar nuevamente el pase. Ni en largo ni en corto. Pero esto es lo más difícil y eso no lo supo hacer Juan Diego. El recurso lógico que le quedaba estaba cantado. Había que encimarse con él, meterse en la cara del toro y sacar pases citando al pitón contrario. A lo Ojeda. Era la forma clara de conseguir el triunfo, porque el toro reclamaba esa lidia. Pero se arrugó, se empeñó en torearlo a distancias canónicas y el toro pudo más que él. Aburrimiento. Media estocada. Y Juan Diego se esfumó en la tarde gris de Acho oscureciéndola aún más.

Ignacio Garibay. Todo un recital de hacer como que hago pero sin hacer. Todo un recital de trampitas y poses. Daba un pase, lo finiquitaba y se retiraba dos o tres pasitos para buscar colocación óptima para el siguiente abusando en ocasiones del viaje del toro. De esos toreros que componen figura antes de embarcar al toro a cabalidad. Pasitos atrás "allways", "toujours" y "siempre". No ligó dos pases seguidos sin moverse del sitio aunque parecía que se esforzaba constantemente en ligar faena. Pero no hubo faena. No hubo nada. Inanición total. Para los estrábicos. Estocada a su primero y pinchazo y estocada a su segundo. Y a la tarde gris le salieron oscuros reflejos plúmbeos.

Los toros de San Pedro y San Simón, el primero, segundo y quinto con algo de presencia. Los otros tres no daban en absoluto esa presencia necesaria para pisar la arena sin ofender la majestad de Acho.

¡Uf!

Podremos, creo yo, resarcirnos del sinsabor de esta tarde, más que sobradamente, sigo creyendo yo, el próximo domingo. Toros de Roberto Puga que si, salvando las distancias, tienen la presencia y el juego en plaza de los novillos de la primera de abono, podremos divertirnos. El fenómeno de Miguel Angel Perera (tres orejas en San Isidro) y el de Sebastián Castella (el Escapulario del año pasado), dos toreros hambrientos de ganas de triunfo, que están en su mejor momento de comer toro con voracidad y gula manifiestas, unidos a un Finito de Córdoba que este año ha emergido en España como torero clásico de grandes faenones, así me lo hacen ver. Estupenda corrida en ciernes.


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