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5 de noviembre de 2004

Dejémonos de Vainas

DENTRO de ese conjunto de expresiones gastropolíticas (la verdad de la milanesa, la madre del cordero, en todas partes se cuecen habas, basta de perro muerto, de tripas corazón) la recientemente usada por el presidente Toledo "déjense de vainas" denota molestia, y al mismo tiempo nos remite a la duda de por qué vainas.

¿Se refiere quizá a la funda de las espadas, o a las vainitas?¿Por qué a ellas y no a los frejoles, a los rocotos o a los carámbanos, mucho más detonantes?

Se le ha reprochado que ha usado un lenguaje impropio, lo cual no es justo, puesto que los peruanos repetimos la frase con frecuencia cada vez que estamos hartos por situaciones intolerables, y retrucamos con esta expresión comportamientos ajenos que nos son enojosos antes que los nuestros (difícilmente oiremos al presidente Toledo decir, por ejemplo: ahora, de verdad, me dejaré de vainas).

Parece hablar de camionero o de taberna impropia o de pollada luciferina, pero está ya plantado en el malhumor nacional como el que nos atenaza desde hace semanas. Algo se va acentuando subterránea y persistentemente en la presente administración que nos contagia a todos y nos hace creer que este malestar, la protesta por quítame estas pajas, forma parte de nuestra manera de ser. Y que así, oh paradoja, se resuelven las cosas y marchamos, ardorosamente, al desarrollo.

Alcaldes, autoridades regionales, instituciones sacras y non sanctas, políticos y autoridades, policías y militares, hasta curas y encomendados, fiscales o doctores son materia de reproche y podrían, si es que una relativa decencia burguesa no lo impidiera, ser agarrados a tomatazos o ser llevados por la calle de la amargura, en esta especie de tribunal antojadizo y violento que las masas erigen en muchos puntos del accidentado territorio social que nos asombra y paraliza.

¿Falta de liderazgo únicamente, falta de autoridad, instituciones que están vueltas de cabeza como si viviéramos un irremisible Pachacuti (el mundo al revés)? ¿Por qué, además, esto ocurre en democracia? Como sabemos el Presidente y su entorno se quejan de la injusticia manifiesta de echarles la culpa de este descontrol, al que en el primer año de gobierno, lo atribuyeron a los complots fujimontesinistas.

Según muchos analistas, en cambio, el agravamiento de la protesta y la violencia se debe a la impericia, el desasosiego y, finalmente, la piel dura, con que el gobierno trata los contenciosos políticos. Ya todos sabemos que para obtener algo, hay que dejarse oír "pacíficamente" como alegan los que queman locales públicos, toman carreteras, impiden trabajar a los demás, exigen el respeto a la ilegalidad. De inmediato se crean mesas de diálogo y, las más de las veces, se aceptan pedidos y presiones no siempre racionales ni factibles en el corto plazo. Este círculo vicioso ha degenerado en la sensación de desgobierno y anarquía que aumenta con el correr de los días y deja poca esperanza a vaticinios positivos para el 2006.

Frente a la atronadora acción de la impaciencia, surgen otras actitudes igualmente con sabor a retirada: hacer poco, presentarse en público lo menos posible, hablar lo indispensable. Truenan los chicharrones, por ejemplo, en el Poder Judicial, envalentonado en las últimas semanas, tomando una iniciativa inédita de no dejarse pisar el poncho, pero los otros poderes prefieren el blindaje y los partidos políticos en general están aprendiendo la táctica soberbia del silencio altivo, como diciendo esto no va conmigo.

De modo que asistimos a un renunciamiento de ciudadanía que no es buena para nadie. Los cuestionados toman la delantera -en especial el prófugo Alberto Fujimori-, los demócratas se agazapan en espera de no se sabe qué oportunidad, y todos observamos la quemazón y la violencia como si ese fuego nos redimiera de algún mal. O los defensores de la democracia salen a dar su voz rectora que endereza entuertos y alcanza luces a los exasperados, o estamos hipotecando seriamente la recuperación nacional a partir del 2006.


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