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UNO estudiaba quinto año de secundaria en un colegio
privado de elite. El otro, en un colegio estatal. Era Lima, 1962.
Ambos contestaron una "encuesta de valores" aplicada por el sociólogo
norteamericano William Whyte. Sus respuestas y las de 507 compañeros
de clase quizás ayuden para entender el camino que sigue
el país desde ese año.
Los jóvenes tenían un rasgo en común, la
desconfianza. Ante la pregunta, ¿se puede confiar en la gente?
sólo 34% contestó afirmativamente. De un grupo comparable
en los Estados Unidos, 79% dijo que sí. Otro rasgo compartido
en las escuelas elite y nacionales era el rechazo a las carreras
manuales. Casi todos optaban por el estatus de un profesional o
empleado, incluso ganando menos.
Pero otras preguntas pintaron un dramático contraste entre
los valores y las actitudes de los jóvenes de los colegios
elite y los estatales, como se aprecia en el cuadro siguiente.
A decir de esta encuesta, y por boca propia, los alumnos provenientes
de "las mejores familias" eran tramposos, flojos o poco interesados
en el aprendizaje, poco perseverantes y prestos a utilizar la vara.
¿Y qué pensar de su identificación con animales
salvajes, que viven del uso de la fuerza o de las ventajas con las
que fueron dotadas? Por contraste, los alumnos de los colegios estatales,
seguramente provenientes de familias pobres, se revelaron más
honestos, más dispuestos al estudio, perseverantes y más
dispuestos a depender de sí mismos que a buscar la vara.
Y, ¿con qué animal se identifican preferentemente?
Nada menos que con la hormiga trabajadora.
Los alumnos de los colegios elite eran los herederos. A partir
de 1962 recibirían de las manos de sus padres las rentas
y las riendas del país -el poder económico, el político,
y los privilegios de raza y de clase social. ¿Para qué
esforzarse entonces? Y los valores que confesaban, ¿acaso
no habían valido bien a sus padres?
Pero, ¿un potro salvaje o tigre iba a construir una nación?
Más bien, en las siguientes décadas serían
las hormigas que se ocuparían de poner la creatividad, el
ahorro, la perseverancia y el duro trabajo necesarios para levantar
asentamientos y centros comerciales, crear industrias, redes de
transporte y universidades, y forjar las cooperativas y las organizaciones
sociales que han permitido, si no un gran salto adelante por lo
menos la sobrevivencia de la población.
Con frecuencia decimos que en el país faltan valores. No
es cierto. Sospecho, además, que el contraste entre los grupos
sociales de 1962 no se repite tan marcadamente entre sus hijos y
nietos. Pero queda el reto de asegurar que los mejores valores coincidan
con el liderazgo.
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