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ARTICULO

11 de noviembre de 2004
Paginas 72 y 73 de la edición impresa.


Dos toros, cuatro orejas. Excelente presentación como matador de Miguel Angel Perera en Acho encendió la Feria. Der.: Baile distante entre Perera en hombros y Cecilia Puga, hija del ganadero.

El Corridón
Tarde de pintura gracias al arte de Miguel Angel Perera. Gloriosa segunda de abono.

n
Finito, usualmente conservador en la arena, aquella tarde se entregó. n

GRAN corrida. Estupenda corrida. Nos divertimos en grande. La Feria del Señor de los Milagros está en alza. Gran suceso. Y como en todo gran suceso hubo un héroe connotado que entra por derecho propio en los anales de Acho: Miguel Angel Perera. Para el baúl de los recuerdos.

Finito de Córdoba, sin estar con gula insatisfecha y ganas de comerse al toro (sabemos de su conservadurismo) hizo que el público de Acho lo corease con olés en sus dos faenas ya que nos mostró la hondura de su toreo de muleta y el buen son de su toreo de capa. Recibió a su primero con buenas verónicas con cierto sabor añejo rematadas por una media belmontina, dibujadísima, que fue un auténtico primor. Con la muleta, tras un toreo por bajo muy bello, pero también excesivo para un toro que ya se sabía que no iba a tener mucho gas, se encerró en los dos pases y los remates de pecho que entusiasmaron a los amantes del clasicismo a palo seco aunque lleno de jugosidades intimistas, permítanme esta antinomia. La faena iba para orejita si la hubiera rematado con un estocadón de efectos rápidos. Pero no hizo la cruz tirándole la muleta con la izquierda allá abajo, a las profundidades infernales, volcándose en el morrillo, y por no hacerlo así pinchó. Y volvió a pinchar. Y vuelta a lo mismo. Y lo que había estado muy bien quedó en nada. Pero la gente, observen, se divirtió mucho en este toro con el toreo macizo de Finito.

Muchos olés. Diversión.

Lances moviditos de recibo el segundo. Mucho pasito atrás. El toro no le gusta. Lo adivino en sus gestos y en su cara cuando se acerca a las tablas a recoger la muleta. Con distancia cautelar empieza a probar al toro, a sobarlo, a ver qué pasa con él, sin arriesgar un alamar. Y de repente se da cuenta que el toro le va entrando a la muleta por arte mágico de birlibirloque y empieza a estirarse con él en tandas de derechazos que van siendo mejores a través de la lidia. Otra vez diversión. Corifeos y olés. Da unos naturales impresionantes, profundos, llenos de hondura y los olés suben en decibelios. Estocada bien señalada y el toro tarda en morir. Por lo hecho en sus dos toros y el sabor clásico que nos dejó en el paladar, debió haber dado la vuelta al ruedo ya que torear, lo hizo, toreó. Lo vimos. Sebastián Castella tuvo pésima suerte con sus dos toros. Su primero era bravo, bravísimo. Lo mataron contra el burladero ya que se arrancó de lejos con velocidad y codicia sumas y se pegó un topetazo inmenso contra las tablas (casi las arranca de cuajo) por desconocimiento de la asignatura del peón de turno. El equivalente a dos puyazos importantes. El toro volvió a la lidia escuchando pajaritos. A pesar de esta merma entró a la capa de Castella por derecho para que éste se luciera con verónicas muy dulces y desmayadas, aunque sin cargar demasiado la suerte. Nuevos olés. La tarde sigue divirtiendo. Se ven cosas. El toro entierra los cuernos en la arena y se da una vuelta de campana que lo desloma equivaliendo a un tercer puyazo. Luego se va contra el caballo y allí se deja, contra las gualdrapas, las pocas fuerzas que le quedan. Puso voluntad Castella con la muleta pero ya se había quedado sin toro. Pésima suerte. Estocada. Ovación y salida al tercio.

Si el dicho taurino es que "no hay quinto malo", en este caso no funcionó para Castella, ya que su embestida no fue nunca clara y se aplomó en demasía. El toro no permitía lucimiento y Castella se metió entre los pitones, arriesgando una barbaridad e hizo una faena encimista, metido en la cara del toro, de características temerarias, en las que el valor para sacar los medios pases tuvo ribetes tremendistas como los de aquellos toreros de antaño a lo Chicuelo II, que escalofriaban. La estocada de la tarde, con efectos fulminantes. Y yo me pregunto: Si el toro era prácticamente intoreable, si el torero lo hizo todo, si se jugó la vida y si propinó un estocadón hasta la bola, ¿por qué no se le permitió dar la vuelta al ruedo? Pues no lo entiendo a total cabalidad. ¿Entonces..?

Miguel Angel Perera. Dos faenas diferentes y disímiles la una de la otra, con corte de sendas orejas en ambas, nos lo acreditan como torero sabio y centrado a pesar de su corta edad.

Con el capote en su primer toro destacan una tanda de, llamémosle, largas cordobesas con la capa liada y poca superficie de cite, que son un primor de mando y de saber torear. Chicuelinas ceñidísimas. Brinda al público. Se planta en el centro del ruedo. Sabemos todos, intuimos, que viene el pase cambiado por la espalda. Pero lo que no sabemos es que a este cambiado por la espalda le van a seguir otros sin moverse del sitio. ¿Tanda de cambiados por la espalda? ¡Diantres! ¡Quién ha visto eso! El follón en los tendidos es monumental. Ha conseguido con tanto valor, impavidez y aguante asustar al toro y a la concurrencia. Ha hecho ir y venir al toro exprimiéndole la velocidad. Y ya este niño sabio ha comprendido que lo tiene que torear con cuentagotas, dejándolo respirar, espaciando las tandas, mimándolo, para apoderarse de él y llegar al objetivo final de templarlo con circulares, como si el toro estuviese pegado a la muleta. Y para alcanzar este "tempo", este "clímax" final, va a tener que torear previamente tanda tras tanda y respiro tras respiro para ir metiéndolo en la muleta más y más a través de los pases fundamentales del toreo que son los derechazos y los naturales rematados, dibujándolos, con los de pecho de pitón a rabo. Llegó el momento. El toro está entregado y absolutamente domeñado por ese parar, mandar, templar y cargar. Y llegó el momento de terminar la faena con esos circulares sui géneris basados en el temple más que en la disposición geómetra del pase que hacen que la plaza se ponga en pie. Faenón. Bernardinas. Delirio total y estocada levemente tendida de la que el toro tarda en morir. Un aviso. Dos orejas.

Su segundo toro no se presta al lucimiento con la capa. Pero este niño sabio se lo deja entero al enfrentarse con el caballo. Enterito. El toro tiene mucho recorrido. El torero lo ha visto. Y el toro va entrando a la muleta por las afueras, porque así es su condición, aunque va estrechando el círculo y cerrándose con el torero, que es lo que éste busca. Y aquí surge una faena limpiamente canonista, clásica, de puro temple y pases largos propiciados con un mando estupendo que permite ponerlo en jurisdicción perfecta para el siguiente pase, en todo instante. Faena muy ligada que entusiasma a los degustadores del toreo hondo. Olés. Delirio. Regusto en los tendidos. Estocada hasta la bola y nuevamente el toro tarda en morir. Pero la gente le espera. Y otras dos orejas y salida triunfal a hombros.

Los toros de Roberto Puga, excepto el quinto, dieron un estupendo resultado. Repetitivos y bien presentados. Esto es muy bueno. Esta es la antítesis de la Feria del año pasado. Todos felices. Y San Miguel Angel Perera ha quedado canonizado en Acho.

 


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