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Edición Nº 1848 |
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Portada
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Midas
Esta obsesión con el paso del tiempo se aprecia también en la serie de los tubos de ensayo en cuyo interior, a modo de úteros cristalinos, flotan hombres desnudos de diferentes edades. El autor se incluye en el centro rodeado de las generaciones que lo precedieron -padre, abuelo- y de quienes lo sucederán. Ignoro si las copias exhibidas hoy mantienen las mismas dimensiones de las presentadas en la Miró Quesada donde la instalación se ajustaba perfectamente a un espacio pintado de negro que enclaustraba al visitante. Las altas paredes blancas del ICPNA empequeñecerían la propuesta de no ser por una sensación ilusoria que hace exceder ampliamente el tamaño real de estas obras debido al impacto emocional que ellas causan. Huarcaya ha hecho varios aportes a la fotografía contemporánea en el Perú. Quizás el más notorio haya sido el uso del color en tiempos aún renuentes a alternativas distintas a la severidad del tradicional blanco y negro. Quizás en ese entonces su opción hubiera podido ser cuestionada, sin embargo, el tiempo terminó dándole la razón, permitiendo a las nuevas generaciones penetrar de manera decidida en el ámbito cromático, el cual estaba lejos de ser exclusivo de la pintura como el dogma de la época mandaba. Huarcaya además fue el primero en trabajar la narración visual con obras memorables como la del diván del psicoanálisis, las que suelen llegar a su nivel más alto en la nebulosa sexualidad de "amaos los unos a los otros". Ambas series permiten apreciar una etapa definida por la investigación, que finalmente lo condujera a un conmovedor trabajo en interiores psiquiátricos y, con posterioridad, a los retratos en los cuales registraba las distintas caras de los oficios del Perú. Tanto el carácter narrativo como los textos que acompañan a la imagen pudieran citar a un fotógrafo tan distante como Duane Michals para elaborar este valioso documento local. Cabría señalar además el uso de la caja de luz en el campo del arte, siendo pionero entre nosotros de un recurso hasta entonces reservado para la publicidad, en momentos en los que fotógrafos tan trascendentes como Jeff Wall no recurren también a un procedimiento similar para expresarse a través de sus fotografías meticulosamente construidas. La muestra se completa con las propuestas que Huarcaya hiciera para la Bienal de Lima, donde reiteraba el proceso del tiempo esta vez a través de planos detalles de un ojo cuyo propietario iba envejeciendo. Sin embargo, es la obra final realizada para su exposición en Buenos Aires, y resumida en tres grandes formatos, la que mejor permite apreciar su largo itinerario hacia la sabiduría. En ella Huarcaya transforma la chatarra en oro y nos lleva a una dimensión superior, a un mundo distinto donde la magia todavía puede ser posible. Y es allí donde desbarra la teoría tradicional en torno a la fotografía: Aquí no hay más el instante congelado ni el fragmento de la realidad. Se trata del trabajo de un artista que construye su propio universo y lo registra, fotografiándolo. El largo camino de Huarcaya lo ha llevado a frutos espléndidos. Sin ánimo de ser peyorativo o de hacer pun alguno, podría aseverar que él ha pasado a ser de un fotógrafo que hacía arte a ser un artista que recurre a la fotografía para decir lo que siente. Y este deambular vital es, nada más y nada menos, lo que tenemos la excepcional oportunidad de ver.
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