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Perú
Sale en TV DAVID Carey, vicepresidente de la influyente revista The New Yorker, describe Perú: The Royal Tour, como un gol de media cancha en relaciones públicas, digno de incitar la envidia de otros países. Durante la recepción del avant premier en Times Square, Carey añadió que los cuatro millones de suscriptores de la revista -que viene promocionando el documental desde hace algunas semanas- suelen no ver mucha televisión en general y comparten el perfil de ser los líderes, en distintos rubros, de sus comunidades. ¿Quién lee el New Yorker? Henry Kissinger, por ejemplo, que bien pudo haber sido parte de la audiencia potencial de 300 millones de televidentes mundiales, estimada por Discovery Channel, para este último martes por la noche. ¿Quién ve Discovery? Una audiencia refinada y ávida de viajes, ya que Perú: The Royal Tour está hecho casi por encargo de ellos, siendo éste uno de los destinos que más desean conocer. "Probablemente nunca antes en la historia tal cantidad de gente alrededor del mundo haya visto un programa sobre Perú", explica el director y creador de los Royal Tours, John Armstrong, quien opina que esto no tiene nada de frívolo y que en términos de inversión -aproximadamente, un tercio de millón de dólares de producción más gasolina, helicópteros y personal peruano en contrapartida- es redonda, si lo que se quiere es atraer turismo. Invalorable, el entusiasmo de un presidente más asequible humanamente que sus homólogos de Jordania y Nueva Zelanda. Antropólogos y sociólogos, absténganse. Con una audiencia tan amplia y tan poco tiempo, hay que ir por el país, como con una carretilla de compras en un establecimiento a punto de cerrar. Esta obra está hecha para correr al teléfono tarjeta en mano, aterrizar en Jorge Chávez, y seguir corriendo de Machu Picchu a Cabana, a caballo de paso, de totora, mototaxi, pequepeque y procesar la experiencia, luego. La fórmula mezcla un excelente trabajo de cámara, intensidad y encuadres del turismo de aventura, la irreverencia del cinema vérite, suficiente rigor informativo, a un extenuante ritmo impuesto por la edición, interrumpido sólo por momentos de epifanía y reflexión, desde lo alto de un avión sobrevolando la Amazonía. Alejandro Toledo, en su faceta más lúdica, invita al reportero Peter Greenberg, a un país de retos para el cuerpo y la imaginación, donde la bolsa de viaje y la seguridad nunca son un tema, pero sí la calidad espiritual del pueblo anfritrión. Donde Machu Picchu convive con el huaico y la pobreza de Aguas Calientes, hay pisco en Pisco, un prófugo en Japón, una boa en la selva y un dibujo en el desierto que parece un astronauta. Si hay que impulsar el flujo turístico a estas tierras y su consecuente impacto económico, bienaventurado todo aquel dispuesto a arriesgar la vida, (y el sentimiento de lípoli), en un arenero a mil por hora sobre una duna crepuscular, y siga haciendo cualquier acrobacia para logralo. Ojalá la infraestructura turística se mueva al mismo compás sin obviar el buen gusto y las necesidades de los que pueden llegar y de los que viven aquí. (Desde Nueva York Vera Lauer).
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