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La Suerte
Nacional
Por el MARQUES DE VALERO DE PALMA EN estos festivales, que la empresa actual embute entre las corridas y novilladas de feria, está presente la suerte nacional. Así, como el año pasado, volvió a suceder este año siendo Flavio Carrillo el encargado de reproducir en la arena de Acho una muy somera y "delgada" síntesis, por decirlo así, de lo que pudo ser esta histórica y olvidada suerte que debería estar grabada a fuego, culturalmente hablando, en las mentes de los aficionados peruanos. Suerte nacional. Suerte del Perú. Made in Perú. Suerte que tuvo momentos imponentes y llenos de fulgor y belleza en siglos pasados. Carrillo, como hasta hace poco Telmo Bustamante, intentaron mostrarnos algo de lo que fue. Hay que agradecerles esto. En 1780, con el advenimiento del Virrey Jáuregui no se dan corridas virreinales en la Plaza Mayor (puramente ecuestres) por la rebelión de Túpac Amaru, pero sí se dan en Acho. Con lo cual esta suerte, que había nacido a mediados del siglo XVIII en la Plaza Mayor, pasa a incorporarse a Acho intercalada en el toreo de a pie. Y nació en la Plaza Mayor como resultado de una huelga de picadores españoles importados que no estaban dispuestos a dejarse matar por unos toracos inmensos que eran superiores en volumen y alzada a los que estaban acostumbrados a enfrentarse en España. Porque estos picadores estaban contratados para recibir al toro y "bajarlo" en su poder y dejarlo en franquicia para los toreros de a caballo. Así que salía el toro y el topetazo solía ser casi mortal para el piquero. Entonces se vio la conveniencia de correr los toros con caballos muy ágiles para quitarles pies y cansarlos, primero a cuerpo limpio y un poco después con las capas arrastrando para hacerse el quite si el équite resultara desmontado. En la corrida virreinal no habían toreros de a pie. El riesgo de matarlos, con lanzas primero y garrochones después, era muy grande y se necesitaban caballos de gran envergadura para aguantar los encontronazos. Así que estos caballos finos, corretones y ágiles de los futuros capeadores a caballo que tratan de cansar al toro, son el antecedente primero de la suerte nacional.
Por lo tanto, los fantasmas de Acho, disfrutaron ectoplasmáticamente dentro de sus auras misteriosas, con esta pequeña muestra retro de Flavio Carrillo, quien muy sucinta y austeramente trató de resucitar esta suerte olvidada. Una intención fantástica que debe proseguir en el futuro, recibiéndose a toros de esta guisa en novilladas de postín. No debió banderillear. Esto es cosa de rejoneadores modernos. A pie se defendió con un excelente trasteo, algún que otro pase de calidad y sin suerte con la espada. Festival. ¿Qué decir de un festival? ¿Toreros aficionados? Salvando a Fernando Roca Rey que, como plato fuerte, lo colocaron al final por ser el único profesional puesto, hecho y derecho, que pisaba plaza, todos los que intervinieron demostraron en mayor o menor grado ser grandes frecuentadores de tientas y tener la técnica precisa para sobresalir en éstas y dar pases de su gusto y afición en ese tono menor que alegra a unos tendidos dispuestos a tragar todo. Trasteos, pases sueltos, alguno que otro impecable, alguna tanda bastante apreciable, pero nunca una faena completa y dirigida por la mente para sacarle al animal lo que lleva dentro. Y... ¡Madre mía, qué buen encierro nos deparó Roberto Puga y familia! Todos se dejaron torear. No hubo ninguno que sacara malas intenciones, que se rajara o que dejara de repetir. Toritos bravos... ¡Y olé! Fernando Roca Rey, la joyita y la esperanza taurina de la tarde se perdió las dos orejas y la salida a hombros deseada por todos los presentes al no encontrar la muerte de su toro. Había estado realizando óptimamente lo que se esperaba de él: recibir al toro a portagayola, lancear de capa con muy buen son y fabricar una faena de muleta, poniendo de su parte una afición desmedida, valor y calidad que se le ve crecer día a día. No dudó esta vez y ligó los pases de derecha e izquierda haciendo vibrar a los tendidos. Muy buena faena. Pero intentando un pase por la espalda fue cogido por el toro, sin consecuencias fatales, gracias al Cielo. El toro era muy noble y tenía pases para largo rato cuando (¿estaría conmocionado?) se equivocó cogiendo la espada para matar. El toro, si se trataba de abreviar, necesitaba un par de tandas de doblones por bajo, castigándole los riñones, para ponerlo en franquicia y matarlo. O torearlo más y cansarlo en su acometividad, cerrando con pases por alto. No cuadraba bien, el toro pedía más, y Fernando perdió la ocasión de poder tumbarlo certeramente y salir a hombros. ¡Lástima! Hay torero. Tenemos torero. Hay que meterlo en compromisos mayores y tirar el cuentagotas. A partir de ahora debe beber con botijo mirando al cielo y al gallo, a chorro limpio, tragando y sin mancharse la camisa. Este festival, ¡diablos!, nos partió en dos la temporada.
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