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ARTES & ENSARTES 18 de noviembre de 2004
Por LUIS E. LAMA

El Poder del Centro
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TOMO el título de Arnheim para referirme a la muestra de Juan Hidalgo en el AECI, pues lo primero que llama la atención es el auspicio oficial brindado a un artista que más allá de sus años realiza una obra altamente revulsiva para un medio que se quiere provinciano como el nuestro.

En esta exposición volvemos a enfrentarnos al poder del centro, entendido en un sentido ideológico debido al respaldo otorgado a Hidalgo por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España, lo que brinda una aureola de respetabilidad a una propuesta contestataria que está lejos de ser una extravagancia dentro de la tradición hispana. Sin embargo es indispensable admitir que sólo un país con una burocracia cultural informada es capaz de asumir el riesgo de organizar la itinerancia de un artista que en algunas plazas pudiera ser considerado políticamente incorrecto. Como en Lima, por ejemplo.

Había visto la obra de Hidalgo en exposiciones y publicaciones, pero es la primera vez que tengo el privilegio de ver su propuesta en un conjunto absolutamente coherente con una continuidad que permite ver el proceso de un artista que ha pasado por diferentes etapas coincidentes con las transiciones históricas de España, de la dictadura al destape, hasta el actual cosmopolitismo europeo donde nada asusta a nadie. La presencia de Hidalgo entre nosotros es prueba de ello.

El catálogo es un lujo. Lo abre Juan Manuel Bonet, el mismo que está descalabrando al Museo de Arte Reina Sofía, con un conservadurismo que no coincide con el desenfado español. Bonet actúa como señora opus de peineta y mantilla, pero además es desmemoriado, porque cierra su discurso citando entre otros a Santiago Sierra, cuya obra impidiera exhibir en su Museo. Rosa Olivares en cambio tiene los pantalones bien puestos. Ella fue factótum de la mejor etapa de la revista Lápiz, la cual dejó para dirigir Exit, sin duda la mejor publicación sobre fotografía que conozco. Ella toma al toro por las astas y habla sin tapujos de qué va la obra de Hidalgo, escribiendo lo más lúcido que he leído sobre él: "Los dos centros de Juan Hidalgo son la mente y el sexo. Mental y físicamente. No estoy haciendo un juego de palabras, todo su trabajo se basa en la inteligencia, en ese sutil conocimiento que se consigue con la observación lenta y constante, y en el deseo. El deseo del otro que pasa inevitablemente a través del amor hacia uno mismo. Juan Hidalgo se quiere, y eso se nota en unos trabajos en los que la ciencia vital ocupa las formas, coloniza el color, y en los que el yo perenne de Hidalgo viene y va, llega, mira y a veces se queda. El roce de la mirada es la esencia de la inteligencia e, igualmente el roce de una mano, de un suspiro, es la energía central del deseo. La mente y el sexo, la mano y el ojo, el cuerpo y por supuesto la carne, la piel, el conocimiento final de la suma de todos estos fragmentos."

El pene -hoy coto de la pornografía a pesar de que la mitad del mundo lo posee- es uno de los principales protagonistas de la subversión de Hidalgo. Se trata de un hombre que rinde culto al deseo a otro hombre. Kavafis también lo hizo, al igual que Jean Cocteau, Andy Warhol y muchos más, sólo que la obra homoerótica de la mayoría de ellos se hizo pública después de muertos, a pesar de tratarse de un secreto a voces. Hidalgo en cambio, es militante de una opción que pudiera ocasionar rechazo en sociedades que viven tiempos en los cuales la imagen del pene repele y difícilmente podría verse uno publicado, digamos, en una revista como ésta, tan obsesionada como yo por los húmedos labios, cualesquiera que éstos sean.

La muestra tiene otras lecturas que exceden la mirada homosexual, elevándose por encima de ese clisé de nuestros abuelitos sesenteros: "el sexo es popular porque tiene una ubicación central". Lo de Hidalgo es político sin atemperar tono alguno, porque él sabe muy bien que vivimos en sociedades falocéntricas y que en nosotros se concentra el poder del centro, por más que estemos empeñados en camuflarlo.


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