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La Lección de
los ¿Qué entender por política cuando, como ha ocurrido con el cronista, se ha andado por comarcas lejanas y al mismo tiempo próximas a los diversos tiempos del Perú? Reconocer el territorio físico y humano del Perú es conmovedor. ¿Cómo puede ser que una naturaleza tan bravía, yerma, polvorienta y a veces lunar, súbitamente se torne placentera en valles que parecen milagros, recodos de ríos camaroneros, albuferas discretas, casas de adobe prolongando el terral, hombres, mujeres y niños entre el aliento del polvo, el abrigo del algarrobo, los contentos menores de una pelotita humilde, una soga saltarina o un mango que parece una joya esplendorosa? Y luego del bullicio de las ciudades al borde de la carretera, con comercios pletóricos, casas antañonas cerradas para el futuro, locales de baile, academias, materiales de construcción, dulcecitos magros, mercados lánguidos. Hace poco, a los 25 años de su lúcido libro sobre el desborde popular, José Matos Mar reivindicaba este hervor urbano, desigual como un mecano entre infernal y creador, para reconocer que el Perú proyecta un auténtico revuelo cuyo destino hoy no reconocen las fuerzas tradicionales, ni las instituciones, ni los gobiernos, ni los políticos. Se dice siempre que se va a provincias qué desolador parece el panorama del Perú visto desde Lima y cuán elementales e infecundas las grandes cuestiones políticas al trasluz de un país que brama, se pacifica y protesta, se aletarga y se equivoca pero que, sobre todo, quiere progresar. La verdad es que los caminos de hoy del Perú son una trama compleja pero que pasan poco por lo que creemos el país institucional, formal, legal, constituido y unitario. Tras ese desorden y esas fuerzas anarquizantes, se vive, se ama, se procrea, se estudia, se construye, se monta a duras penas, con heridas en las manos y desalientos prolongados, el lugar que a cada uno le ha tocado en el mundo. Trabajo, salud, educación, seguridad, bienestar, ¿es tan difícil tener eso? ¿Qué sociedad es ésta que no puede dirigir todos sus esfuerzos a ello? Como los políticos saben de estas urgencias, cada seis años ofrecen el oro y el moro (quedándose las más de las veces con el oro), pero eso también parece ser ya inútil. Los pueblos, los peruanos de abajo, los urgidos y al mismo tiempo insistentes en creer en su patria, en su trabajo y en su legado han descubierto otros circuitos para hacer política y para hallar a los que son líderes confiables. Están siendo testigos de la autodemolición de instituciones caducas y de la necesidad de fuerzas y creaciones nuevas. ¿Es un horizonte a largo plazo, tanto como los arenales, los tablazos y los restos arqueológicos? La perplejidad y la desazón que causa entre los políticos limeños el no saber qué pasará el 2006, especialmente por la apatía y la decepción de los ciudadanos está demostrando, por el contrario, que ya ha comenzado una profunda remoción de las bases políticas en el Perú; si los partidos importantes no lo advierten no les irá muy bien en las urnas y, lo que es peor, no tendrán muchas probabilidades de asegurar gobernabilidad y eficacia. Esas son las profundas lecciones de los polvorientos pero dinámicos caminos del Perú de hoy. Ha surgido una malévola tendencia a culpar a la impaciencia social y al ruido político de la profunda crisis que se vive. En verdad el gobierno y las estructuras institucionales no están hechos para hacer frente al Perú insurgente que lo único que quiere es trabajar, un mejor destino para sus hijos, no tener que marchar a tierras hostiles ni dedicarse a actividades ilícitas. Esa gente común está cambiando la política y eso no sólo hay que satanizarlo como se hace a veces con ceguera, sino aprovechar ese empuje para restaurar al Perú democrático.
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