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Aquí
en la Tierra Como en el Cielo
Escribe MARCO ZILERI HACE pocas semanas la NASA lanzó una tanda de cohetes al espacio desde Kwajelin, una de las islas del remoto archipiélago de Islas Marshall en el Océano Pacífico. Una de las naves llevaba un instrumento de medición elaborado en el Instituto Geofísico del Perú. "Es nuestro mono en el espacio", bromeó Ronald Woodman, presidente del IGP. El instrumento mide una serie de condiciones en el espacio, ciencia en la que el Perú resulta haber desarrollado un auténtico arte, y es motivo de orgullo y prestigio internacional. En la plataforma de lanzamiento figuraba el nombre de las instituciones científicas que participaron en el proyecto: NASA - Instituto Geofísico del Perú -Universidad de Cornell- USAKA / RTS - GSFC - Universidad de Clemson. ¿Cómo es posible que el Perú esté desarrollando proyectos de tecnología punta para la NASA? El Instituto Geofísico del Perú es una de las cenicientas del Presupuesto. En el 2004 se le asignó S/. 7 millones. El truco del almendruco está en Jicamarca, en las afueras de Lima. Desde hace 40 años opera desde ahí uno de los siete únicos radares de su tipo en el mundo. Se trata de un radar extendido sobre nueve hectáreas (el equivalente a nueve canchas de fútbol) para analizar el espacio. "En 1960 el norteamericano Ken Bowles llegó para instalar un radar a la altura del ecuador magnético, que como sabemos pasa a 40 kilómetros al sur de Lima, y eligió Jicamarca por varias razones", explica Woodman. "Por su cercanía a Lima, lo que facilitaba la logística, y porque está rodeado de cerros, lo que lo resguarda de interferencias electromagnéticas de la ciudad". "Cada hora `vemos' miles de meteoritos", sostiene Woodman. "La mayoría son más pequeños que un grano de arena", dice tranquilizándonos. Así de sensible es el radar. ECOS DEL ESPACIO ¿Cómo funciona? ¿Qué es lo que capta? "El radar es como un proyector de cine: si la atmósfera está
totalmente limpia, el haz de luz se proyecta hasta dar con la pantalla.
Pero si alguien fuma, el humo se dibuja en el haz. Hasta cierto punto
las señales que capta el radiobservatorio son el `humo' en el espacio",
explica Woodman. CIENCIA Y CHANCHOS Es frecuente la visita de científicos internacionales en el lugar, aunque cada vez llegar a él resulta más penoso. Hace un mes Woodman debió conducir a una delegación científica por las chancherías clandestinas de Huachipa, porque la carretera de acceso estaba siendo pavimentada por el Ejército, allanando el camino para centenas de camiones de basura que se internan por la quebrada rumbo al basural de un vecino del IGP que ha resultado ser una verdadera perlita: Jorge Zegarra Reátegui. "No sabes la vergüenza", recuerda Woodman, tapándose el rostro con las manos. Hace cinco años el Instituto Geofísico del Perú libra una batalla judicial para expropiar 1,900 hectáreas alrededor del Radio-Observatorio, a fin de garantizar su operatividad y precisión científica. "Es una zona de protección de cuatro por cinco kilómetros que incluye las montañas para mantener el lugar ´apantallado´ de interferencia humana", sostiene Woodman. Sucede que el radar es tan sensible que no sólo el uso de celulares, sino el encendido de luces de neón e incluso la chispa de un motor a combustión interfieren en el registro. Y ya hay problemas crecientes y acuciantes. Cerca de cien camiones de basura diarios transitan por el perímetro rumbo al botadero de Zegarra a la vuelta de la esquina. El Ejército también ha instalado una planta de asfalto cerca. El desértico paraje ya se ha convertido en territorio de coyotes y especuladores de tierras. Zegarra ha echado mano a varios predios, y un par de oficiales del ejército de otros tantos, con el claro propósito de urbanizar el área. Si eso ocurre, el Radio-Observatorio de Jicamarca deberá cerrar sus puertas, y dar por concluidos 40 años de notables trabajos científicos.
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