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ARTICULO 9 de diciembre de 2004

Quedó el Cubismo
Toreando firme frente a toros duros, Juan Carlos Cubas pagó con creces el derecho a plaza.

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Por el MARQUES DE VALERO DE PALMA

¡Qué tristeza! Aunque la Feria no ha acabado (queda una última novillada extrañamente descolgada como colofón de la temporada) esta corrida prometía todo y acabó siendo la peor de la serie. Y prometía mucho porque era para tres toreros que lo habían dado todo, y con éxito, en sus actuaciones anteriores. Además se jugaban entre ellos el Escapulario y los toros de Roberto Puga, indudables triunfadores de la novillada de apertura y de la segunda corrida de abono, parecían garantía más que suficiente para esperar un corridón mayúsculo. Pues no fue así. Y aunque el niño sabio Cubas, en el último de la tarde, dio un recital de valor a palo seco, cortando una oreja legal y otra de yapa por aquello de ¡Viva Perú!, el resultado total fue todo un fiasco.

Los grandes protagonistas de esta corrida y los causantes de este resultado fueron los toros en primerísimo lugar, a ratos el Juez de plaza y también la intemperancia de los seudomaestros de lidia que rompen los silencios de Acho convirtiendo a esta catedral de la seriedad taurina en una plaza de pueblo. ¡Ay, esos acheladitos que se pasan la tarde diciéndole al torero lo que tiene que hacer! ¡Párate! ¡Dale el cambiado! ¡Acércate! ¡Mátalo! ¡Despierta!... ¡Dios mío!

Si comparamos esta corrida con la segunda de abono del mismo ganadero, nos convencemos de que en los toros nunca hay nada escrito. Aquella tuvo presencia, dio un gran juego y nos divertimos horrores. Esta no ha tenido ninguna presencia, no ha dado juego y en los cinco primeros toros, absolutamente descafeinados, nos aburrimos horrores. Las antípodas. El cero y el infinito. El ser y no ser. Inentendible.

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  Perera, Escapulario de oro. Roberto Puga se llevó el de Plata. Der.: "Cubitas le echó entrepierna a la cuestión. Pases de castigo por la derecha. Con la izquierda, que es lo suyo, hizo una faena brava, valientísima".
Corrida muy terciadita. Chicos. Sin morrillo, y por tanto en el dintel de la mayoría de edad. Cuando salió el primer toro pensé que se iba a armar el follón y no se armó. Cuando salió el segundo toro, el más chico de todos y cornicorto, pensé "ahora sí se arma", y tampoco se armó. Gran paciencia del público que iba cargando baterías y cabreándose sordamente. Y cuando salió el tercer toro, que era más grande que el anterior y mejor armado de cuerna comparativamente, extrañamente la paciencia se agota y se arma el lío. Ya no quieren más toretes. Piden el cambio a los gritos de ¡Otro Juez! La tarde se pone de color violáceo. Toda la corrida acaba saliendo pareja y terciadita. Los cinco primeros toros tuvieron características comunes: la falta de transmisión, bobaliconería, sosería, falta de fuerzas y extrema lentitud en el recorrido. Embestían, acudían al trapo y repetían, también cargaban contra el caballo, pero a la hora de la verdad parecían santas monjas ursulinas sin hálito de maldad embistiendo a cámara superlenta, con tanta sosería y falta de café que no transmitían absolutamente nada, pero nada de nada, oiga usted: nada.

Ya podía Matías Tejela hincharse a torear bien que los tendidos quedaban fríos como si vieran torear de salón a un dopadito arrastrando la carretilla (los taurinos entienden esta comparación). Ninguna sensación de peligro y nula emoción. Esto fue lo que sucedió. Las faenas clásicas de Tejela basadas en las verónicas y luego en los naturales, derechazos y de pecho con algún que otro adorno, fueron excelentes y se hicieron humo en la atmósfera caliginosa del momento. Para él la estocada de la tarde a su segundo toro. Ya podía Perera intentar torear bien, que a ratos lo hizo, y con temple y hasta dio circulares completos que resultaron descafeinados ya que los tendidos le exigían esa comunicación (en este caso imposible) que tuvo con el público en su extraordinario triunfo de la corrida anterior de Puga. En esa corrida, en la que cortó cuatro orejas con toros que le embistieron con absoluta transmisión y que uno no entiende que fueran hermanos de los lidiados en esta última tarde. En su segundo toro, que se quedó sin picar por culpa de un puyero abominable que ni siquiera le metió la puya (no sangró ni una gota) se llevó una bronca por culpa de un juez estrábico que desde las alturas cambió la suerte mientras Perera buscaba enfrentar al toro con el otro picador. Acabó afligiéndose y tapándose con cierta dignidad para acabar estropeándolo todo con la espada. Ya podía Cubas en su primer toro intentar hacer algo cuando el público estaba de uñas por su falta de presencia y pedía el cambio. Tuvo que abreviar.

Salió el último toro. Entrañaba peligro. Se colaba por el cuerno derecho como un poseso del demonio. ¡Pobre Cubitas! Con la capa casi lo engancha. Coceaba. Salía huyendo de las picas. Mansurroneaba. Se instala el terror en el ruedo. Era un toro complicado pero que embestía con más son y furia y ultrasonido que la extraña laxitud de las cinco santas monjas ursulinas anteriores. La plaza despierta. Peligro. Incertidumbre. La emoción de una corrida de toros vuelve a Acho. La carretilla del toreo de salón se olvida. Cubitas brinda al público por segunda vez y le echa entrepierna a la cuestión. Pases de castigo por la derecha a la distancia que es lo correcto para ahormar al toro. Derechazos incorrectos y a la distancia pues no debió hacerlos porque se la jugó demasiado y el toro estaba para la mano izquierda y después de ésta intentar la derecha. Con la izquierda, que es lo suyo, hizo una faena brava, valentísima, llegando a sacar naturales de muy buena factura y otros no tan limpios, dadas las condiciones de la res. Mató de un cuasi bajonazo, en el rinconcito de Ordóñez, que tuvo efectividad suma al ser cruzada. Dos orejas, excesivas a mi juicio. Y todo el inmenso crédito para este valentísimo muchacho que parió este país y que podría llegar a ser figura mundial si no se aflige. Y después de lo demostrado en esta faena no se entiende que lo haga. Que los toros lo respeten y ¡Viva Perú!

 


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