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Edición
Combustible
MUERTE en el Pentagonito, sustancial edición de 477 páginas que acaba de publicar el periodista Ricardo Uceda, ha puesto sobre las brasas del escrutinio público ciertos nuevos aspectos de la actuación del Ejército en el campo de los derechos humanos y la guerra contrasubversiva. El informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) ya había tocado los nervios castrenses, pero el libro de Uceda aborda otros hechos, algunos espeluznantes y otros sorprendentes. Investigador paciente, Uceda ejerce el periodismo desde 1974. Como director de la revista Sí, en 1993 ubicó los restos de los diez secuestrados de La Cantuta y, años después, dirigió el equipo de periodistas de El Comercio que descubrió y documentó las actividades de la fábrica de falsificación de firmas que condujo a la inscripción ilegal del grupo fujimorista Perú 2000. Ganador de premios internacionales como el María Moors Cabot de la Universidad de Columbia de los EE.UU., en el 2000 fue uno de los 50 periodistas de todo el mundo al que IPI otorgó el título de Héroe de la Libertad de Prensa (CARETAS 1618). El libro es producto de siete años de investigación, según Uceda. Escrito con una prosa ágil -aunque según algunos excesivamente novelada para este género de denuncias- Muerte en el Pentagonito alude a crímenes atroces ejecutados presuntamente en el propio Cuartel General del Ejército, conocido como Pentagonito, y llevados a cabo por escuadrones semiclandestinos del SIE (Servicio de Inteligencia del Ejército), como el Grupo Colina. Llama la atención la extensión de los diálogos entrecomillados y la descripción de ciertas escenas, pero Uceda explica que "los sucesos, entre éstos los del fuero interno de un personaje, como pensamientos o sensaciones, fueron referidos por un testimonio confiable". Dicho testimonio le pertenece fundamentalmente al ex agente de inteligencia EP y miembro del Grupo Colina, Jesús Sosa Saavedra, a quien se le conocía como Kerosene. Sosa es el testigo clave, el colaborador eficaz del periodista. Y su versión, como personaje central, es el hilo conductor de las historias que se cuentan en el libro. Uceda ha explicado que no sólo logró obtener la versión de Sosa, quien se encuentra en la clandestinidad, sino que contrastó cada una de sus palabras. Algunos capítulos difundidos por diversos medios de comunicación, como la desconocida desaparición y presunto asesinato en el Pentagonito del sargento primero de la Fuerza Aérea de Ecuador (FAE) Enrique Duchicela, en 1988, acusado de ser un espía, han causado revuelo y conmoción general. El hecho, tal y como está relatado en el libro, es escalofriante: Duchicela y uno de sus informantes peruanos habrían sido torturados, muertos y calcinados simultáneamente en un horno del sótano del SIE, donde, además, en 1992 habrían sido cremados dos estudiantes. Oficiales de las fuerzas armadas han cuestionado la versión. (Ver recuadro) A su vez, el ex presidente Alan García negó haber tenido conocimiento de la desaparición de un militar ecuatoriano en Lima y dijo que en 1989, cuando visitó Ecuador como jefe del Estado -hecho importante ya que era la primera vez que un presidente peruano era recibido allá desde la guerra de 1941- ningún funcionario del país vecino le informó sobre la desaparición del sargento Duchicela. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores Luis Gonzales Posada añade que nunca hubo un reclamo al respecto.* COLINA EN EL DESIERTO Pero Muerte en el Pentagonito abunda en otros detalles inéditos y reveladores. Un capítulo interesante e incluso divertido es el 18: "Un cuartel en el Desierto". La historia empieza en 1994 con una cita secreta en el despacho del coronel EP Enrique Oliveros Pérez, entonces jefe del SIE. El caso La Cantuta se había convertido en una piedra en el zapato para el gobierno fujimorista y el jefe del SIE era uno de los llamados a solucionarlo. La identidad de Oliveros Pérez no era desconocida en ese entonces. CARETAS lo había fotografiado en 1991 mientras observaba entre el público una audiencia del juicio que Vladimiro Montesinos había entablado contra el director de esta revista, Enrique Zileri Gibson. Al llamado de Oliveros, acudieron a "La Fábrica" -es decir, el cuartel general del SIN en Chorrillos- cuatro ex agentes de Colina: Jesús Sosa, Nelson Carbajal, Julio Chuqui y Hugo Coral Goicoechea. Se especulaba que los miembros de Colina serían procesados por el caso La Cantuta, pero ellos consideraban remota dicha posibilidad. Creían que el alto mando del Ejército los iba a proteger. Oliveros les dijo que iban a ser trasladados a un lugar seguro. Quería convencerlos de la necesidad de estar fuera de circulación por razones de seguridad. Sosa pensó que iban a detenerlos. "Que tal cabrón", susurró. La escena es tensa. Oliveros quiso sacar cuerpo del problema y les permitió ir a sus casas esa noche. Al día siguiente, los cuatro militares, acompañados del mayor Carlos Pichilingue, volvieron donde Oliveros en el Pentagonito. Éste les dijo que el entonces jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dinte), el general Juan Rivero, sería recluido en el cuartel Bolívar. Todos los Colina, mientras tanto, se reunirían con el mayor Santiago Martin Rivas en el Batallón de Municiones de Pisco. Sosa estaba nervioso. Su foto, como la de Martin Rivas, ya había salido publicada en CARETAS. Ellos querían hablar con el comandante general Hermoza Ríos. Esperaban su respaldo. Pasaron el día matando el tiempo a la espera del traslado cuando aparecieron dos helicópteros MI-17. Algunos pensaron que llegaba Fujimori y otros Hermoza. Las naves, en realidad, había venido por ellos. Al subir después de pasar por un cordón de policías militares, Sosa se percató que a él y sus compañeros no les habían quitado la pistola y gritó en medio del estruendo de los motores: "¿Por qué no nos dejamos de huevadas y nos llevamos este cacharro al Alto Huallaga?". Nadie, aparentemente, le escuchó. ¿Los esperaba un campo de concentración en el desierto? No necesariamente. A continuación extractos del capítulo después de la llegada:
Colina en el Desierto
El propio jefe de batallón les había salido al encuentro, a su descenso del helicóptero, y los llevó hasta los dormitorios de los oficiales. Allí los alojaron a todos, con gran gentileza para los agentes, pues para dejarles sitio a Sosa, Chuqui y Carbajal, los propios oficiales del cuartel tuvieron que mudarse a dormitorios del personal subalterno. Luego, en la cena, Talavera hizo el primero de varios brindis: -El Batallón de Municiones 513 se siente orgulloso de alojarlos. Los oficiales y el personal del cuartel harán todo lo posible porque tengan una cómoda estadía aquí. ¡Salud! Daba gusto encontrar gente así, pensaban los visitantes. ¿Visitantes? ¿Detenidos? Si eran tratados con tanta estima era difícil sentirse presos. El Batallón de municiones 513, en la zona denominada Pampa Cabeza de Toro, tiene su sede a trescientos kilómetros al sur de Lima, entre arenales y cerros. Pese al aislamiento, la vida podía ser simple y confortable, gratificada con la caballerosidad de Talavera. Podían esperar ahí los nuevos hechos con toda tranquilidad. Y tenían libertad de movimientos. Por la mañana, después de desayunar, tomaban la camioneta Nissan de doble cabina que Martin había traído consigo y se iban a Pisco a traer los periódicos. En el cuartel los leían hasta la una de la tarde. Podían almorzar ahí o, de cuando en cuando, ir a comer un cebiche al balneario de Paracas, complementándolo con un bistec de tortuga y unas cervezas. En la tarde jugaban fulbito o ponían una película en la videocasetera, y por la noche, sin falta, encendían el televisor para enterarse de las noticias. Los fines de semana recibían a sus familiares. Algunos viajaban a Lima subrepticiamente y volvían el domingo por la noche. Las Navidades las pasaron allí, en beatífica hermandad. Y en Año Nuevo pudieron escaparse para sus fiestas respectivas. La vida parecía perfecta en Pampa Cabeza de Toro. O parecía serlo, hasta que una mañana se presentaron estrepitosamente quince policías militares al mando de un teniente. Su misión, según lo explicó éste al comandante Talavera, consistía en mantener a los detenidos en sus habitaciones y garantizar que en ningún caso abandonaran su pabellón. Eran órdenes del jefe de prebostazgo, el general Juan Pita Montoya. ERA evidente que había trascendido la deferencia con que Talavera trataba a sus huéspedes. Para comenzar, lo había advertido el espía que envió Oliveros a su cuartel, disimulado en un relevo de soldados, y que fue descubierto porque merodeaba demasiado por el pabellón de los oficiales. Oliveros sabía, pues, cómo eran las cosas en Pisco, y después pudo comprobarlo cuando fue allí. Sólo encontró a Chuqui y a Carbajal. El resto estaba en Lima. EL comandante no se inmutó cuando el teniente le comunicó sus órdenes. El teniente no conocía el fondo de las cosas. -Teniente- le dijo-, por el momento no podrá cumplir su misión. Considérese un alojado más del cuartel mientras yo hago un viajecito a Lima. Vamos a tener que aclarar esto. Y, de inmediato, Talavera tomó un auto y se fue al Pentagonito, a pedir una cita con el Comandante General del Ejército. Cuando regresó, le dijo al teniente que no iba a haber vigilancia especial para los alojados. Los detenidos se enteraron de la entrevista de Talavera con el general Hermoza porque el comandante les contó algunos detalles. Resultó que Talavera había recibido del propio comandante general instrucciones sobre la forma en que debería tratarlos. Por eso, cuando éste supo que había policías militares en Pampa Cabeza de Toro, llamó al general Hugo González, jefe del Servicio de Material de Guerra, y delante de Talavera le dijo algunas frases desagradables. Hermoza se enojó más porque el preboste no le había consultado antes de enviar a los policías. Y dejó claramente establecido que la gente del SIE no estaba allí en calidad de detenida. Por supuesto, el comandante general no se refería a la formalidad judicial. Unas semanas antes los del Grupo Colina habían firmado un documento en el que aceptaban su calidad de reclusos con fecha atrasada. Formalmente, pues, estaban presos, pero en realidad eran hombres inmunes. Eso lo disponía Hermoza y lo afirmaba Talavera. ¿Por qué diablos no lo comprendía también el general jefe de los penales del Ejército y el general jefe del Servicio de Material de Guerra? Este último, por cierto, descargó todas sus iras contra el comandante porque había ido a hablar con Hermoza pasándose por encima de él. Al día siguiente llamó por radio a Talavera y lo increpó ferozmente, demostrando que el tirón de orejas le había ardido en el alma. Talavera recibió a los pocos días una papeleta de castigo. Caían por tierra sus esperanzas de ascender a coronel. -¡Despierten! ¡Hemos ganado la contienda de competencia! En la madrugada, el Congreso había acordado una ley que, a lo bestia, enviaba al fuero militar el caso La Cantuta. La ley, aplicable a contiendas de competencia en curso, establecía que ya no se requería una mayoría calificada de cuatro vocales en la Corte Suprema para definirla, sino solamente mayoría simple. Como la votación estaba tres a dos a favor del fuero militar, el problema había sido resuelto. _______________
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