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9 de diciembre de 2004
Por AUGUSTO ELMORE

APROVECHANDO lo que los españoles denominan "puentes", es decir esos días feriados de entre semana que sirven para tomarse libres todos los demás, o casi todos los demás, para irse a pasear a donde se quiera (que es cuando Madrid se queda vacío -como creo que ya lo he comentado más de una vez), quien suscribe ha aprovechado para caerle de visita a un amigo en Berlín, la más o menos recientemente nombrada capital de la República Federal de Alemania. Y aunque hace de verdad hielo y el cielo está permanentemente nublado, ha sido una buena cosa tomarse estos cuatro días del puente llamado de la Constitución, denominado así porque coincide con el aniversario de la Carta Magna española, a la que por desgracia, creo, hay quienes ahora la discuten.

Berlín no se parece nada a Madrid -que es en verdad una ciudad única-, porque aunque está llena de bares y cafés casi tan bulliciosos como los madrileños, la vida es otra, mucho menos relajada que la española. Una experiencia de novato que no sabe el idioma local es subir al metro y poner cara de quien entiende cuando por los parlantes informan cualquier cosa (mientras no sea un incendio en una estación vecina) y poner cara de entender lo que dicen. Uno se convierte así en un usuario más, no importa que se pase la estación a la que íbamos sin que nos demos cuenta.

He estado aquí en otras ocasiones, antes y después de la caída del Muro -comentario que se hace obligado y que no dejan de preguntarle a uno-, y la ciudad no parece ya la misma, aunque subsiste esa avenida de nombre tan hermoso, Unter den Linden (Bajo los tilos), que fue el alma máter del sector entonces comunista. La diferencia es que en esa época era una avenida empobrecida, con locales comerciales que no tenían nada que vender y ahora en ella brillan los negocios más lujosamente occidentales, a los que acude la gente a borbotones, aunque dice el comentario de la calle que entran en ellos y no compran nada. Ahora es exactamente lo contrario de lo que era entonces, con la RDA, los anaqueles están llenos, pero nadie compra. Es que parece que la oferta ha superado largamente a la demanda, que anda atrasada, como suele suceder en todos los países en crisis, como lamentablemente dice la gente que le ocurre a la Alemania actual. Claro que, como sabemos, Alemania saldrá adelante, como lo ha hecho tantas veces en circunstancias mucho pero mucho más difíciles.

Las que sí funcionan muy bien son, cáiganse, las ferias navideñas, que parecen réplicas de las limeñas, en las que artesanos de toda clase ofrecen sus productos a precio bajo: pequeños papanoeles, estrellitas de lata para el árbol, pesebres rústicos, y toda clase de chucherías, desde chales de lana para protegerse del frío, gorros para lo mismo, galletas navideñas, y un gran etcétera. Muy parecido al Rastrillo, esa gran venta de beneficio que hacen en Madrid (y creo que en Lima también), pero aquí utilizan las plazas públicas más centrales, en las que se hace difícil caminar. Aunque ayudan (¡y cómo!) los vasos de vino caliente con ron que venden para aplacar el frío nocturno.

Como ahora hace en verdad mucho frío no me he encontrado (no se si para bien o para mal) con los grupos de música folclórica latinoamericana que suelen abundar en otras épocas del año, con los que me topé cada vez que visité Berlín y Alemania en años anteriores. El frío los mantiene alejados de las calles, aunque no a grupos de niños alemanes que alegran con villancicos las ferias que he mencionado. Es como si la gente sólo quisiera escuchar canciones navideñas y no cantos del Ande, ni salsa o cumbia, que sí se escuchan con intensidad en los centros nocturnos.

Me encuentro otra vez en Berlín con Esther Andradi, periodista argentina que fue colaboradora de CARETAS cuando quien escribe era su Editor/ Jefe de Redacción, y para quien guardo una entrañable amistad de cuarto creciente, como la Luna. Está ahora casada, bien casada esta vez, y tiene una linda hija, y como es trabajadora que no descansa acaba de publicar un libro bello, en el que recuerda su infancia y su juventud argentina -con algunos episodios peruanos-. Es el libro de una mujer madura que observa su vida. Se llama Sobre Vivientes. Y trata de eso: vivencias que sobreviven dentro de ella. Über lebende, en alemán.

En el avión de KLM que me trajo desde Madrid me encuentro con la revista de a bordo en la que leo un artículo auspicioso sobre el Perú, que trata sobre el cultivo del café en nuestro país. Y es así que me entero que el Perú ganó la 31ª. Competición Internacional del Café realizada en París, y que se ha convertido en el segundo más importante productor de café orgánico del mundo. ¿Alguien lo sabe en el Perú?

 


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