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16 de diciembre de 2004

La República del Silencio

EL título no es nada original, e incluso evoca la situación que motivó la celebre frase de Jean Paul Sartre, refieriendose a las virtudes por las que Francia conservó su identidad, durante la ocupación nazi. Aquí el tema no es el silencio bajo una dictadura o bajo un invasor; aquí el tema es el silencio de nuestra propia conciencia.

No me atrevo a decir que sea un escándalo que, según las encuestas, el que calla sea el premiado, pero que el silencio pueda convertirse en una cualidad política apreciable, en medio del bullicio que tiene la enorme dimensión del piteo, parece un indicio enfermo o virósico.

Todo el mundo conviene en preguntarse acerca de lo que puede ocurrir en el 2006, curándose en salud y bajo la idea que basta ya de improvisaciones, coyunturalismos, aventuras casuales, cacharros incásicos u oportunistas.

En otras palabras, si alguna lección nos queda del legado Toledo es, primero, que no se debe poner todos los huevos en una misma canasta; segundo, que unas son las fuerzas políticas tradicionales y otras las que quieren forjar su propia imagen, aún bajo las condiciones de ser acusadas de contribuir al caos.

¿Siempre en períodos eleccionarios se ha reclamado claridad, lucidez, honradez, clarividencia? Ciertamente que sí. Pero en las épocas electorales ocurre lo mismo que en el Año Nuevo: uno promete cambiar, pero eso dura lo que la fulguración del champagne.

Y el peruano elector ha descubierto que los plazos para la lucidez programática, accionaria, de impulso y de cambio son más cortos que los de la representación presidencial o congresal. Otros caminos.

Nos guste o no, el 2006 está signado por la búsqueda de nuevos caminos, que dicho sea de paso ya se trazan a diario en la tremante, volcánica geografía política que los políticos de oficio no leen. Hay analfabetismo político en nuestros políticos tradicionales como en nuestros electores.

Estamos a tiempo, sin embargo, de empezar a discutir en serio lo que queremos como horizontes en los próximos años. Es un poco lo de siempre, si nos empecinamos en la cuestión social: empleo, salud, educación, que en vez del desierto, la pradera sea verde y prometeica. Si buscamos futuro, saber que creceremos y que habrá algún amparo para nuestros hijos, que no sea la visa ni el exilio.

¿Cómo es posible que una tierra antigua, hospitalaria, inspiradora, tamborilera, sea tan solo dispensadora de fugitivos?

Es obvio que como táctica tal vez convenga guardar silencio, cumpliendo con el ligero axioma de las encuestas. Sin ánimo de favorecer el grito extremo -en Venezuela están a punto de prohibir los cacerolazos en pro de la tranquilidad pública- sí ha llegado el momento de elevar la voz y decir lo que se que se puede y lo que se quiere hacer.

¿Es un pedido para los señores Paniagua y Castañeda? Sí, en efecto. No nos engañemos, sobre la base del silencio no se construye mucho. Ni el palabreo, ni la algarada, pero sabemos que con el pretexto de apus, cacharros, un improvisado exitismo exterior y un nativismo bajo interpretación anglo-belga no hemos estado a la altura del desafío.

Para tener un país en forma necesitamos líderes en forma. Y el silencio, que se sepa, no forja líderes, máximo es útil para entierros, pero no para resurrecciones. El Perú está en la obligación, y sus postulantes al poder, de saber decirle basta al silencio. Hay que hablar claro, erre con erre, sin tácticas ni temores. Vencerán, deben vencer, la inteligencia y la transparencia.

 


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