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EDITORIAL TODOS analizan el episodio de Andahuaylas como un hecho aislado. Para CARETAS, su solución singularmente positiva sólo vuelve a evidenciar ciertas curiosas características nacionales. En primer lugar, demuestra que Dios es peruano. Antauro Humala resultó ser un inestable fanfarrón con rasgos penosamente cobardes, y se entregó mas rápido de lo que canta un verdadero gallo. Traicionó así a sus "tropas" y éstas, sin convicciones reales, se rindieron también. Otra habría sido la situación si Humala hubiera mostrado la tozudez de Néstor Cerpa y su banda de emerretistas en la embajada del Japón. De no ser por las trágicas muertes y lesiones inferidas, el asunto no habría pasado de una comedia punible. Gracias, en todo caso, Señor Todopoderoso. Otra verdad nacional es que aquí a veces salen mejor las cosas en ausencia de una dirección integrada y del todo comprensible. Tomemos el caso del vóleibol peruano. Nuestras jugadoras deslumbraron al mundo cuando no entendían ni jota de lo que les decían sus entrenadores coreanos. En el caso reciente, y bromas aparte, el presidente Toledo encarnó una acefalía extrema en el crucial 1º de enero en Palacio. Recién llegado de Punta Sal, sólo alcanzó a balbucir unas palabras agónicas. Los que se presentaron con él tampoco dieron la impresión de estar al mando de la nave. La Fiscal de la Nación tenía cara de espanto; Antero, de vacaciones interrumpidas; Lechuzón, de pájaro de mal agüero, y el Primer Ministro, de maestro que ha equivocado su lección. Felizmente, los actores directos, los que entraron a la cancha, respondieron con destreza y sagacidad, y ese Félix Murazzo, el comandante general de la Policía Nacional, se merece los laureles deportivos. Murazzo no sólo midió bien a Humala, sino que actuó con coraje y serenidad frente a otra peligrosa peculiaridad nuestra: el tumulto entusiasta con que a veces compartimos un acto de violencia. Nada de eso sucedió. No se disparó otro tiro ni se derramó más sangre, y casi todos los alzados terminaron en chirona. Así desembocamos entonces en un aspecto central de nuestro comportamiento político. Nos cuesta aceptar las buenas noticias, sobre todo si atañen a un gobierno al que le hemos agarrado tirria, y mientras mejores son, peor nos parece. Pocos dudan ahora de que las quejas legítimas contra el actual régimen pueden llenar una guía telefónica, y los trapitos sucios que están saliendo al aire son alarmantes. Pero interpelar a tres ministros por lo de Andahuaylas resulta realmente insólito.
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