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MIGUEL
DE CERVANTES SAAVEDRA 400 Años
del Quijote Víctor Hurtado, un peruano que ha elevado el periodismo al nivel de la literatura, escribió el texto que enseguida publicamos y que forma parte de la segunda edición de Pago de Letras, obra de Hurtado. Lo publicamos con autorización de éste. En esta crónica imaginaria, Hurtado no inventa una realidad; la transfigura. En los días en que el genial Cervantes borroneaba su libro clásico había surgido entre él y Lope de Vega una rivalidad. Los eruditos consideran, incluso, que el prólogo de El Quijote, cargado de sonetos, incluye una burla contra Lope y su exitoso arribismo. Lo cierto es que Cervantes inventó la novela moderna y llenó sus páginas con aventuras que entretienen y hacen pensar. Italo Calvino, el gran escritor italiano del siglo XX, escribió que el episodio de Don Quijote luchando contra molinos de viento es tan memorable que lo conocen y mencionan hasta quienes no han leído el libro. Dicho sea de paso, Cervantes es algo así como el descubridor de las Américas del idioma y el alma de España. El acierto de crear un personaje cuya locura consiste en desfacer agravios y enderezar entuertos, amparando a los débiles, implica un ansia eterna, y desesperada, de justicia. Por otra parte, la creación de Sancho Panza, el gordo de la pareja, homenajea a la gente sencilla que a veces resulta más sabia que sus amos. Pero leamos, mejor, a Víctor Hurtado. (César Lévano).
Escribe VICTOR HURTADO EN 1594, aquel que será el hombre del milenio en España, va por sendas de polvo y sed de su patria. Va ridículo caballero en un asno, de aldea en aldea, durante siete años, entregado al oficio de robar muy legalmente -en nombre de su rey- a los pobres campesinos sus cosechas para alimentar las locuras de la Armada "Invencible" y para que medren el parásito militar y esa otra chusma, la "nobleza". Nuestro hombre del milenio va saqueando y sospechando, a sus cuarenta y siete años, que, al revés de la "pérfida Albión" -a la cual le han enseñado a odiar y que no odia-, en la guerra de su propia vida, él ha perdido todas las batallas menos la primera (Lepanto es su Sol que se hunde en la mañana). Miguel de Cervantes va así como un galeote encadenado a la miseria, degradado hasta la ignominia de ser el pobre que roba al pobre para que coma el rico. El odiado esquilmador ata el rucio a la puerta de un mesón, bajo el sol diagonal de la tarde. Pide un vaso de vino y lo paga con una moneda que nunca es suya pues la jauría de las deudas lo persigue desde que, de niño, vio que encarcelaban a su padre por no pagar a un prestamista. Le han dicho que el pobre va preso por no pagar lo que debe, pero Miguel sabe que el pobre va preso por no pagar lo que le deben. Ya no le importa que los curiosos le miren el brazo izquierdo seco y la mano inmóvil, pero a él le gustaría contarles dónde ocurrió aquello: "En la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes…" ¡Le agrada tanto oír a los demás!: al cura lugareño; al rústico cachigordo, crédulo de una fe increíble; al ventero socarrón, quien nada tiene que ocultar, excepto su pasado… Todo lo escucha Miguel, todo lo graba porque es el idioma su música profunda; y, aunque los aldeanos lo ignoren, ellos, sus víctimas, son su gente, y se odia por ser el látigo de un poder indigno que ha empezado a despreciar. Le gusta contar a los aldeanos acerca del esplendor de Italia; de la
sangre con olor de acero de las batallas; de cinco años de cautiverio
entre los moros; del curiosísimo tío de su esposa, hidalgo
enjuto que se pasa los días de claro en claro, perdido entre libros
de caballería… Habla, y los poblanos lo rodean porque mucho
es el encanto de este hombre crudelizado hoy por la pobreza, quien pagará
a los que lo oyen -y a quienes lo lean- con una alquimia de humanidad
que devuelve, en oro, el hambre, el olvido y las desdichas.
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