|
Portada SECCIONES Nos Escriben... Mar de Fondo Culturales Ellos & Ellas Caretas TV Mundo Mezquino COLUMNAS Piedra de Toque Por Mario Vargas Llosa Lugar Común Por Augusto Elmore China Te Cuenta Que... Por Lorena Tudela Loveday ARTICULOS Humala Mansito se Entregró El Factor Ollanta Humala Dixit ¿Führer Chicha? Tuma Ministros Editorial Rebeldes en sus 13 El Milagroso Yuan y la Amenaza china Deshojando a Margarita Lima en Postal Ciudad en Pie Bar Centenario Fuerza Fatal Jean Tonic Tsunamis Peruanos El Zoológico Congresal Foto Carnet 400 Años del Quijote El Arroz está en su Punto "Es Mitómano, Farsante y Ególatra" El Block de Notas Rollo Familiar
|
| ||||||||
|
|
|||||||||
EN la madrugada del 1 de enero, mientras los peruanos celebraban todavía la llegada del nuevo año, el mayor retirado del Ejército, Antauro Humala, y unos ciento cincuenta paramilitares de su movimiento "etnocacerista", capturaron una comisaría en la ciudad andina de Andahuaylas, tomando en rehenes a nueve policías y apoderándose del nutrido armamento que albergaba el recinto. Exigían la renuncia del presidente Alejandro Toledo, a quien acusan, entre otras cosas, de vender el Perú a Chile debido a las importantes inversiones procedentes del vecino país en la economía peruana. La asonada, que duró cuatro días y en la que cuatro policías fueron asesinados por los etnocaceristas y dos civiles perecieron abaleados por las fuerzas del orden, terminó con la captura del cabecilla faccioso y de un centenar de sus partidarios, en tanto que algunas decenas de ellos escaparon por los cerros cuando advirtieron el inminente fracaso de la insurrección. Antauro Humala y su hermano Ollanta, teniente coronel
al que el Ejército acaba de dar de baja -como, al parecer, es
el más despierto de los dos, el Gobierno lo tuvo lejos del Perú,
de agregado militar en París y en Seúl, con un sueldo
de casi diez mil dólares mensuales- se hicieron famosos en las
postrimerías de la dictadura de Fujimori, cuando protagonizaron
también un acto insurreccional pidiendo la renuncia del dictador.
Juzgados y amnistiados, fundaron un movimiento ultranacionalista que,
sin llegar a ser masivo, ha logrado cierto implante en los sectores
más pobres y marginales, principalmente entre los varios cientos
de miles de reservistas diseminados por toda la geografía peruana.
Al igual que en casi todo el tercer mundo, en el Perú sólo
han sido levados y servido en el Ejército los ciudadanos más
humildes -campesinos, marginales, provincianos, desocupados-, el sector
social que precisamente ha padecido más las crisis económicas
derivadas de las políticas populistas, la corrupción cancerosa
y la cataclísmica violencia en los casi catorce años que
duró la guerra revolucionaria desencadenada por Sendero Luminoso.
Los reservistas o ex soldados se cuentan entre las peores víctimas
del paro, la caída de los niveles de vida, el aumento de la delincuencia,
y por eso, entre ellos, es altísimo el nivel de frustración
y de rechazo a todo el sistema político y legal. No es de extrañar
que la prédica de los hermanos Humala haya encontrado un eco
favorable entre estos peruanos enfurecidos y frustrados. Todo esto puede parecer payaso, cavernario y estúpido, y sin duda también lo es, pero sería una grave equivocación suponer que, debido a lo primario y visceral de su propuesta, el movimiento etnocacerista está condenado a desaparecer como una efímera astracanada política tercermundista. Por creer esta simpleza, el Gobierno peruano dejó actuar al mayor Antauro Humala y sus ciento cincuenta secuaces la noche del año nuevo a pesar de que, se ha sabido, los servicios de inteligencia del Ejército advirtieron a las autoridades, dos días antes de la asonada, que había llegado a Andahuaylas esa beligerante formación de paramilitares. También las asonadas que protagonizaron, al principio de su vida política, el teniente coronel venezolano Hugo Chávez y el general ecuatoriano Lucio Gutiérrez parecían unas payasadas sangrientas sin mañana. Pero, ambas, a pesar de la patética orfandad de ideas y el exceso de demagogia e idioteces que exhibían, consiguieron echar raíces en amplios sectores sociales a los que la incapacidad del defectuoso sistema democrático para crear trabajo, oportunidades y la vertiginosa corrupción de la clase dirigente, habían vuelto sensibles a cualquier prédica violenta antisistema. Ahora, ambos militares felones, responsables del peor delito cívico, la insumisión contra el Estado de Derecho, presiden, sin que nadie les tome cuentas, la gradual descomposición de las instituciones y el lento retorno de sus países a la antigua barbarie autoritaria. Aunque terminó pronto, y con pocas víctimas, lo ocurrido en Andahuaylas es muy mal indicio de lo que podría ocurrir en el Perú si las cosas siguen como están. Es decir, si continúa el desprestigio de las instituciones y cada vez un mayor número de peruanos creen, como los insensatos que se alzaron en Apurímac, que no hay espacio dentro de la legalidad y la convivencia democrática para un progreso que no se quede sólo en la cúspide social y alcance también a los millones de peruanos de la base, para que cese la corrupción que cada día delata su ubicua presencia con nuevos escándalos y para que las pavorosas desigualdades sociales y económicas comiencen a cerrarse. Y que sólo la violencia pondrá remedio a todos estos males. Fue inquietante que en muchas ciudades del Perú, como Arequipa, Tacna, Huaraz, Moquegua, Cusco, centenares de personas salieran a las calles a manifestar su apoyo al putch de Humala y que la población de la propia ciudad de Andahuaylas se dividiera, mostrando una buena parte de ella, sobre todo los jóvenes, una solidaridad entusiasta con los insurrectos. Es verdad que todos los partidos políticos condenaron formalmente la asonada, pero también lo es que muchos exponentes de la ralea política nacional, entre ellos un ex primer ministro de la dictadura de Fujimori y Montesinos, se precipitaron a hablar del "patriotismo" e "idealismo" de los jóvenes seguidores del militar insurrecto y a pedir, desde ahora, antes siquiera de que éstos sean juzgados, una "amnistía" que premie su fechoría. Son los eternos despreciables leguleyos de la historia sudamericana, los infaltables rábulas atentos siempre al ruido de los sables para ir a ofrecer sus servicios al espadón que se avecina. Lo que ha puesto en evidencia esta payasada con sangre es la fragilidad de la democracia en un país como el Perú. Ni un solo partido político, ni una sola institución cívica, pensó siquiera en convocar una manifestación o hacer público un pronunciamiento a favor de la democracia, ante la bravata incivil que amenazaba con destruirla. ¿Por qué se abstuvieron? Porque sabían que, probablemente, poca gente los seguiría. Aunque los Humala y sus seguidores etnocaceristas son incapaces por el momento de arrastrar tras ellos a grandes masas de peruanos, el entusiasmo que hace cinco años celebró el retorno de la democracia al país luego de diez años de autoritarismo y cleptocracia se ha encogido también como una piel de zapa. Y, ahora, lo que se oye por doquier, son palabras de desprecio y repugnancia por este sistema ineficiente, que abre la puerta del poder a mediocridades rechinantes y a pícaros de toda calaña, y las encuestas de opinión muestran, en los primeros puestos de la simpatía popular, ¡a Fujimori! "¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita?". ¿Todavía lo preguntas, imbécil? El Perú es el país que se jode cada día. ___________
|
|||||||||
|
|
|||||||||