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No es Cierto que un País Pueda Perderse ¿Cuándo se acaba el suspenso, vale la pena continuar con una película de terror o de misterio? Eso es exactamente lo que viene ocurriendo en el país con la languideciente y problemática administración de Alejandro Toledo. El tono de reproche y hartazgo, sin embargo, no afecta ya al propio régimen, que ha terminado por acostumbrarse al repudio con la sanfazón del inconsciente, sino a toda la clase política -que ha gastado sus baterías igualmente al punto de ser una especie de sheriff desdentado y soporífero- y al país, condenado a que se le diga que diariamente se hunde cada vez más. Las crisis hondas tienen esa catadura: no parece haber salida y lo que es causa de una administración desastrosa se confunde con el destino histórico de un país acostumbrado a que se le endilgue un desierto yermo y perdurable como escenario. El ramalazo peor ha sido dado por un dirigente endeble y loco, en la lejanía de Andahuaylas, al que sin embargo han seguido jóvenes desesperados, que no acertaban a explicar sus actos y que no tenían nada por delante sino la visión milenarista y la violencia del que cree que siquiera en el azar puede que algo gane. Antes que la visión del rostro estupidizado de Antauro Humala -hijo de una tremebunda intoxicación ideológico-política-, lo más impactante de la asonada apurimeña han sido los rostros de esos jóvenes en su gran mayoría de fuertes rasgos indígenas que nos conducían a la pregunta: ¿qué sociedad es ésta que no les da a sus hijos un mínimo margen para sentir confianza en su futuro y que, por el contrario, los expulsa al infierno, al extranjero y al nihilismo? Todos han sentido el impacto de lo imposible que vive el Perú, e incluso hemos aceptado a medias que parte de responsabilidad nos cabe a todos, pero esa retórica no resuelve el impasse, la sensación de disloque y quietismo en nuestro quehacer político superficial, ni tampoco brinda muchas respuestas a la ola creciente e imparable de un Perú pobre y traumatizado que emerge cambiando la faz del país, social y políticamente. Andahuaylas ha sido para el Perú democrático un tsunami y hay que saber responder al mismo. ¿Basta que arrecien el insulto y el descrédito contra Toledo y su pequeña y logrera casta que lo rodea? ¿De qué sirve remover sus noches locas que precedieron a su candidatura y que nos indican la endeblez de su matrimonio, que nos previnieron acerca de sus andanzas amatorias? Refritos, insultos, acritud que se esparce al conjunto de la sociedad, ¿de qué sirve exagerar en lo menudo, cuando los problemas y las exigencias son mayúsculos y exigen cordura y pensamiento claro? Vacancia, se oye por doquier, que se vaya cuanto antes, que renuncie. Los ministros y el Primer Ministro también son víctimas obvias. Pero cualquier cura catártica alivia poco en esta hora donde parece ser urgente que los políticos se pongan de acuerdo en un gabinete de ancha base, concordado y de salida, blindando esta vez de verdad al Presidente desventurado que repite -como los desolados príncipes de palacios fantasmales- me recordarán en los años futuros por lo que crecimos, por la estabilidad, por el respeto que suscito en el exterior. No creo que el enfermo sea todo el país, cuyas muestras de cordura se pusieron de manifiesto al unísono tras la aventura descabellada de Humala y sus huestes. El Perú hierve y se manifiesta pero no quiere que se termine todo, al contrario, día a día teje sobrevivencia, respuestas, empuje y trabajo. Le dice, como cualquier ciudadano a quienes detentan el poder: basta al abuso, a la corrupción, al desgobierno. Basta de Toledo, pero no basta de democracia; una política económica que no ahorque, que dé trabajo, pero no demagogia ni infantilismos de izquierda. Política sí, pero de otra catadura y bajo otros dirigentes. Quien reconozca esto, podrá preparar el terreno del 2006. Necesitamos un conductor que nos saque del desierto y nos haga construir la tierra que necesitamos.
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