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ARTICULO 10 de febrero de 2005

Un Hidalgo y un Fantoche
Homenaje al libro que Unamuno llamó Biblia de España.

n
"Don Quijote toma por asalto la libertad del vivir más allá de la edad y la voluntad".  

El siguiente es el discurso que el gran escritor español Francisco Umbral pronunció en Alcalá de Henares, cuna de Cervantes, al celebrarse los 400 años de la aparición del Quijote.

Escribe FRANCISCO UMBRAL

Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme". Esta gentil declaración de Voltaire encierra, me parece a mí, la más fina y sutil interpretación de Cervantes. Porque Don Quijote no está loco y Cervantes mucho menos, eso lo sabemos desde el principio del libro. Don Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado a ese ápice de la vida, decide pegar el salto cualitativo y cambiar la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, mucho más palpitante y vibrátil que lo meramente escrito.

Don Quijote principia, o casi, por hacer realidad una metáfora, los molinos que se parecen a los gigantes, y arremete contra una realidad literaria que le desbarata, como tantas otras le van a desbaratar a lo largo de su nuevo camino. Pero aprendamos esto: que Don Quijote nunca se enfrenta sino contra metáforas del vivir, desface alegorías y yangüeses, o se reposa en unos duques, de modo que la locura empieza con la realidad y no antes. Voltaire vio bien que el hombre en madurez o pega ese salto que digo o le coge ya la postura a la vida, que es la muerte, y no dará más de sí. Don Quijote acierta con ese momento en que se cambia de vida, de cabalgadura, de compañía -Sancho Panza- de curas y bachilleres, de dueñas y sobrinas, del mismo sol en las mismas bardas. Los libros que leía le estaban hurtando a la poesía de la acción con la poesía poética y mala de la dicción. Así que incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una nueva pasión amorosa, una moza lejana que viera en el mercado, dejando que el propio amor la ascienda a princesa.

Es la primera lección que Cervantes nos da en su libro. La vida tiene una segunda parte que se correspondería con la tercera juventud de Aristóteles. Es él, Cervantes, quien rompe con la mediocridad de su vida, pálidamente enaltecida de glorias bélicas, para emprender un libro donde está su rabia por el mundo, su energía al fin liberada al servicio de sí mismo, no ya la energía domeñada y servil del alcabalero y otras suertes. Cervantes es irónico por anacrónico. Ha empezado tarde su aventura y lo sabe. El Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido, y no nos pone a su personaje como ejemplo de nada ni hidalguía de nadie, sino como caso singular de hombre que se decidió a pegar el salto y ese salto quien lo pega es él mismo en figura de Quijote, e incluso se lo hace pegar a un pobre borriquero hecho de perezas y conformidades, siendo así que Sancho nunca pierde el sentido, ese inútil y pobre sentido común del pueblo, pero tampoco pierde la ironía y la distancia para burlarse de su amo con todos los respetos. Don Quijote entra en su nueva edad como un escándalo y Sancho pasa todas las aduanas como un saco de centeno. Tenemos, entonces, el salto desdoblado en tres. Cervantes que roba la fama con un libro, Don Quijote que toma por asalto la libertad del vivir más allá de la edad y la voluntad. Sancho, que primero a regüeldo y luego a pleno pulmón, vive vida de caballero andante sin haber leído tales libros. Es la primera rebelión española del intelectual aburguesado, la primera revolución burguesa del hidalgo antecedente y el primer motín del castellano pueblo, un motín de uno solo, Sancho, que vale por todos los que vendrán. Aún hoy, y hoy más que nunca, el hombre que no hace esa revolución interior, que no pega ese salto vecinal, será comido por el poder, amortajado por lo establecido y muerto de asco.

España dio el salto quijotesco, porque Don Quijote es la metáfora de España, sí, pero no en el sentido festival y dominical en que lo dicen quienes suelen. España se inventa pasiones para sobrevivirse a sí misma, para ser algo más que una majada bien regida y una provincia del latín que llamaremos castellano. La pasión de América, la pasión del Imperio, la pasión de Europa, la pasión del mundo mueven Españas y nos ponen a la cabeza del siglo, de los siglos. Hay una luz monárquica y difusa alumbrando las batallas, y hay una luz popular y ambiciosa embriagando a las gentes. España todavía no tiene agujetas de Imperio sino que quiere llegar a Carlos V, quiere escorializarse en Felipe II, quiere parir su gran Barroco, del que viene preñada, porque la pasión de España, antes que mística o ambiciosa es una pasión creadora, un movimiento de plebes y reyes hacia la expresión tectónica y violenta de eso que Stendhal definiría como el último pueblo con carácter propio que le queda a Europa. (...)

Siempre ha habido en estos países europeos una cultura de pícaros que ha tenido como rehén al buen burgués perezoso. Esta continuidad en lo mediocre la rompe el barroco, la rompe Cervantes, la rompe el 98, la rompe el 27, la rompe siempre una juventud venidera, y el heroísmo irónico de Cervantes está en hacer él solo la revolución de los jóvenes cuando ya es un viejo. Admitamos prudentemente que España es un país de clases medias, también en lo intelectual, y con ellas pacta el escritor o el artista por conveniencia, supervivencia y acomodo. Este pacto es lo que explica la tardanza de nuestro país en algunos momentos de la historia, pero ya vemos que esa tardanza se resuelve de pronto con un libro, con una espada, con un caballero andante. Cervantes, sí, viene a romper el compromiso burgués de la novela de caballerías, abriendo brecha para una nueva literatura, que es la de Quevedo, Torres Villarroel, etc. El público de Lope era la plebe de los corrales de comedias. El público del novelista eran los hidalgos o feudales en decadencia que tenían letras y leían malos libros. Después de Cervantes, no siendo él barroco sino renacentista, el barroquismo no es ya sólo una figura sino también una corriente, y en ella están Góngora, los citados Quevedo y Torres, el teatro de Calderón y la imaginería religiosa que levanta una Contrarreforma tardía históricamente, pero madura y otoñal en Berruguete y en toda la lujuria católica de un ritualismo que se ha quedado vacío y por eso puede dedicarse gratuitamente a la forma por la forma, cosa que ya no podemos sino llamar modernidad.

He ahí la herencia de Cervantes, el hombre que puso España patas arriba, vio arder la cultura vieja y murió con sol en las bardas como su personaje. Cervantes es la modernidad por todo lo que se ha dicho y por sus dos máquinas de guerra: un hidalgo y un fantoche llenos de sol y viento. Con sólo esa artillería pone en píe las Españas, deja la revolución por donde pasa, un rastro de justicia, de ley, de reinado, que serviría de regocijo a los lectores, pero ese regocijo es curativo y predispone, como vemos, a mayores mudanzas. El hombre que se inventa pasiones para ejercitarse, encuentra luego en la vida que esas pasiones son reales, que Dulcinea existe, siquiera como Aldonza, y que la renovación personal y total hay que hacerla en serio. Cervantes empezó ejercitándose contra sí mismo y acaba por ejercitarse contra los demás, trastornando todas las vidas por donde pasa e incluso escribiendo una segunda parte de su libro porque follones y malandrines se lo piratean y porque la España oficial u oficinesca le resta el prestigio ganado e ignora la validez de su reforma. El autor se inventa un segundo libro sobre el que ya escribiera, como se inventa una segunda vida erguida y atroz, por sobre su vida de soldado, alcabalero, palaciego frustrado y pobre hidalgo manchego. Antes que los grandes de su siglo rompe con el compromiso burgués de la literatura y saca una novela que Unamuno llamó Biblia de España. Cervantes es vanguardia, como vanguardia es rebeldía y como rebelde deja herencia. Nadie en nuestra entraña progresista ha renegado de él, aunque muchos lo hayan utilizado como tintero de oro de sus escribanías inquisitoriales.

 



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