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ARTICULO 10 de febrero de 2005

Sí Hay Vacantes
Pero no todas las vacancias presidenciales son iguales. La más vergonzosa es la de Fujimori.

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Raúl Alfonsín, que presidióel retorno de la democracia, renunció seis meses antes de que concluyera su período. Der.: Fujimori, a la izquierda, le dio la espalda al país. Billinghurst (arriba), ejemplo de honradez, fue destituido por golpe civil-militar. Abajo: Abdalá Bucaram, el Congreso lo destituyó. Fernando Collor de Mello fue desalojado del poder ante pruebas abrumadoras de corrupción.  

A las 8:40 de la mañana del domingo 19 de noviembre del año 2000, Federico Salas, presidente del Consejo de Ministros, dio la buena nueva (mala para él): Alberto Fujimori acababa de renunciar, mediante fax, al primer puesto de la nación.

Fujimori había partido el lunes 13 a Brunei, a una reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico; pero, sin que mediara razón de Estado alguna y antes de que terminara la cita, partió a Japón.

En el Perú, entretanto, crecía la cólera contra el régimen que él presidía en alianza con Vladimiro Montesinos. La ira ciudadana se había acrecentado por la aparición del vídeo Montesinos-Kouri, que mostraba la entraña corrupta del fujimontesinismo.

En vista de la cobarde fuga, el Congreso declaró la vacancia de la presidencia por incapacidad moral.

En América Latina ha habido, por cierto, numerosos casos de vacancia, sobre todo producida por la fuerza: golpes de estado militares. En el Perú el caso más dramático es el de Guillermo Billinghurst. Billinghurst, que había subido al poder en olor de multitud, y se mantenía en él con fuerte apoyo popular, se vio obligado a renunciar por una conjura civil-militar encabezada por los hermanos Javier, Manuel y Mariano Prado, y por el entonces coronel Oscar R. Benavides.

En este caso, la vacancia presidencial se produjo por renuncia obligada: "En vista de la actitud asumida por la guarnición de Lima, dimito la presidencia de la República", escribió el mandatario. Y, por presión de Benavides, añadió: "ante el Ejército".

Caso trágico fue en Brasil el de Getulio Vargas, mezcla de caudillo dictatorial y populista. En 1954, luego de haber sido reelegido, se suicidó, dejando estas líneas: "Yo sigo el destino que me es impuesto. Después de años de dominación y saqueo por los grupos económicos y financieros internacionales, yo me hice jefe de una revolución incontenible. Inicié una obra de liberación e instituí un régimen de libertad social. Fui obligado a renunciar".

Dos de sus sucesores, Janio Quadros y Joao Goulart también renunciaron debido a presión castrense. Años después, Fernando Collor de Mello tuvo que renunciar por archicorrupto.

Bolivia tiene una historia dolorosa de renuncias presidenciales. Germán Busch, héroe de la guerra del Chaco y presidente a los 33 años de edad, se suicidó ante maniobras de la "rosca" agraria y minera. Hernán Siles Suazo, elegido en 1982, renunció en 1985. Gonzalo Sánchez de Lozada fue destituido por un levantamiento popular, en el 2003.

Ecuador no está exento de salidas dramáticas. Abdalá Bucaram fue enjuiciado y depuesto por el Congreso en 1997. Jamil Mahuad, elegido en 1998, hubo de renunciar el 2000.

Un caso doloroso para la experiencia democrática de América Latina es el de Raúl Alfonsín, elegido tras una larga y sanguinaria dictadura militar. La crisis económica y las conjuras militares debido a los castigos para los violadores uniformados de los derechos humanos, lo obligaron a dejar el cargo el 8 de julio de 1989, seis meses antes de que terminara su mandato. Se hizo cargo del poder Carlos Menem, aliado con poderes económicos y castrenses, y con caudillos provinciales. En los días de euforia por la recuperación de la democracia, nadie hubiera previsto ese triste final.

 



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