Edición Nº 1860


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10 de febrero de 2005

Por LORENA TUDELA LOVEDAY

Pucha, Treinta Congresistas y yo

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AY chola, el aeropuerto estará de lo más aputamadrado con los cambios que le han hecho, pero déjame decirte que si se siguen equivocando al momento de decirte la puerta de embarque por la que te vas, pues nada, seguiremos igual que en el aeropuerto de Moyobamba. Es que eso fue exactamente lo que me pasó el sábado, chola. Yo me iba por tres diítas a Washington a conversar con Jóse Ugaz (porque si una no practica me vuelve a dar la influenza) y regio, me dijeron que la gate era la 6 y obedientísima me senté a esperar, leyendo las obras completas de Freud, que donde voy cargo con los doce tomos en el equipaje de mano si no muero.

Bueno, en esas estaba cuando veo que se acerca una horda primitiva con pitos y flautas que me hizo acordar al último día de La Candelaria en Puno, hija, solo que cada cosa en su lugar, yo sé que tú me entiendes. Era una treintena de bañistas tipo El Silencio en domingo de febrero, con latas de chela los caballeros y las damitas echándose Rayito de Sol en los mondongos del cuello, que yo pensé, "estos se ganaron La Tinka en Maranga y se van todos a festejarla a Miami". Respiré hondo, recité mentalmente el OOOOOOOMMM y me dispuse a meterme en mí misma, cuando en medio de la cuchipanda veo a mi primo Javier Diez Canseco... ¡con un flotador de pato en la cintura!

Hija, too much, me puse los lentes de sol, me amarré en la cabeza una pashmina, no fuera que Javier me reconozca desde su otra identidad y metí la cara dentro del libro lo más que pude. Así estábamos, cuando de repente ese congresista que tiene burdeles en Pucallpa, el mismo que se ha hecho una casa en Barranco que parece la tina de Pamela Anderson y que se llama Valdez, dio la prima: se paró y comenzó a cantar "Santa Martha, Santa Martha tiene tren, Santa Martha tiene tren pero no tiene tranvía..." Bueno, fue cosa de segundos que se armara el trencito. Detrás de Valdez iba una gorda con cuerpo de tamal envuelto a la apurada, una a la que le encanta vestirse de lila y creo que se apellida Chuquival (lo recuerdo porque tengo mucho de etnóloga), moviendo los hombros y haciendo tsch tsch con la lengua y los dientes. Por su lado, cómo te explico, Elvirita de la Puente, con esa cara que tiene de no sé qué pasa en el mundo, pucha, le agarraba el morongote a otro aprista que creo que se apellida Pastor, chola, y que alguien le ha dicho que es churro. Bueno, el churro se zangoloteaba como un flan sin molde que te podías morir.

Lo bueno vino cuando, ya bastante achispado porque chupaba de chata, un cholo cara de champa se abre del grupete y se me acerca, "hi baby, mi name is Hildebrando Tapia, would you dance with me?" Ay, no me aguanté, hija, y se lo dije en castellano de Totoritas: "Joven, hace años que dejé de comprarle mentas a los del Centro Victoria", y volví a hacerme la que estaba leyendo, mientras una señorita con cara de Santa María Goretti recién salvada de la violación -luego la vi en el periódico y se llama Fabiola Morales- se lucía en medio de una ronda con un tal Ronnie que te lo juro, o sea, lo miras dos veces y entiendes por qué en Lima ya no hay afiladores, qué quieres que te diga.

Pucha, de solo pensar que me iba a embarcar con semejante trouppe, cómo te explico, estuve a punto de regresarme a mi camita y que Ugaz escriba la carta a mano, yo sé que tú me entiendes. Felizmente, hija, llamaron de American que mi puerta era la 8 y me fui volando. Lo último que vi fue a Javier bailando perreo con Maruja Alfaro y vi también la corona de la familia rodando, rodando y rodando y rodando y rodando... Chau, chau (Rafo León)

 



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